"¡Arriba, Marmota, que son las 7!", me gritó, mientras sacudía la puerta. "¡Hoy no tengo clases!", le retruqué, al tiempo que trataba de enfocar un almanaque con los ojos recién abiertos: SÁBADO 20. JUNIO. 2009.
Más golpes. "¡Mirá la fecha y no molestés!", renegué. "¿Qué fecha, ni qué fecha? -se quejó-, atendé el teléfono ya". Preocupado por tanta insistencia, me levanté y le dije: "2009, Viejo. Llevás una década muerto".
Y desperté, con la Marcha Peronista. "¿Quién es?", disparé, mientras me incorporaba. "Anotá: Posadas, Haedo, ministro, Salud. Tu contacto se llama Rubén. En el hall, a las 8.30. El cronista tiene fiebre; vas vos. Perdón". Cortaron. Quería detalles, pero era tarde. Salí corriendo, mientras pensaba en ese último "Perdón".
A las 8.07, cruzaba la frontera entre Ramos y Haedo cuando tuve que reprimir un flashback bolichero: "La Croix, Mall". Bajé.
Miré la fachada del hospital e hice lo mejor que sé hacer: pasar desapercibido. Me colé en una caravana de funcionarios que me asumieron como personal del nosocomio, al contrario de los médicos, que me consideraron parte de la visita. Saqué fotos hasta que me echó una joven tipa de Gobernación. No pude entrevistar. Fracasé.
Me retiraba cuando volvió a sonar la marcha. Eran las 8.30. Atendí: "Soy Rubén, pibe, girá la cabeza". Ahí estaba el caradura, igualito a Jack Nicholson. Batía sus manos como un demente.
"Paciencia, nene, el ministro tiene que salir -me sermoneó-. Mientras, matemos unos churros". No tenía nada que perder. Luego de que el tipo saludara a media docena de doctores y de que se hiciera el lindo con suficientes enfermeras, fuimos al buffet. Pedimos.
- "Hace 40 años que soy periodista..."
Noté que parloteaba, pero quedé medio hipnotizado cuando bañó su bigote en café. O cuando se sacó la dentadura.
Terminó de cotorrear, pagó y canchereó: "Guardá la guita, pibe".
Chequeó un reloj pulsera gigante: "¡Se va el ministro!", gritó. Mientras corríamos hacia el hall, noté que se palpaba el traje. Se detuvo y me miró. Ostentó una sonrisa siniestra y dijo: "Huy, dejé los dientes".
"¿Qué?", respondí. "Sí, en la mesa, ¿vas?", sugirió. Y sentí que se lo debía.
Llamé al mozo y le pregunté: "¿Vio unos dientes?". No habló, pero me señaló la barra. Allí, el que parecía dueño del negocio me entregó la asquerosidad envuelta en servilletas. "Llevale a tu amigo", ordenó. Al parecer, en el hospital, todos lo conocían de otras veces en que "vino a operarse del corazón", según contaban.
Finalmente, alcanzamos al ministro. Una vez dentado, mi "amigo" no perdió chance de retratarse junto a él, mientras le entregaba una especie de diploma con la leyenda "Camaradas de Rubén". Yo me fui conforme. Tenía la entrevista, otro personaje y una nueva clase de mentor.