Me encuentro actualmente en un bloqueo mental increíble y creo que es mi deber notificarlo a quien me lee. Mi mente se fue en blanco, total desconcentración. Todo se ve nublado… Más allá del hecho de que esté lloviendo. Mis pensamientos se fueron de vacaciones en medio de una onda tropical y ahora todo está brumoso.
Sentarme 13 minutos a esperar por el tren me obliga a abrir la aplicación que no tocaba hace unos días; par de días que, en realidad, parecen una eternidad. Cualquier idea que se pudiese estar tratando de asomar por mi mente, se fue corriendo más rápido de lo que saldría corriendo yo de la fila de una montaña rusa. Desafiar la gravedad de esa manera no es lo mío. Mejor continúo con mi idea de tirarme con paracaídas. Sé lo que dirán, pero les presento mi estrafalaria manera de pensar. Decido entonces, en busca de no sé qué, abrir la libreta que siempre llevo conmigo. La última página escrita, llena de tachones, es cómplice de mi frustración al no encontrar la palabra correcta para terminar el último verso de un poema. Una frustración casi del mismo nivel que mi frustración por no encontrar trabajo. Supongo que si hay momento para confesar es este y confieso, más a mí que a cualquier persona, que me está comiendo por dentro esa situación. Con una ojeada final, cierro la libreta.
Al parecer no pude evitar volver a abrir la aplicación, porque aquí me encuentro escribiendo. Ahora siento que acabo de crear mi propio “Inception”, pero solo de manera escrita y, lamentablemente, sin Leonardo DiCaprio. Un sonido en las vías del tren me hace regresar a la realidad; solo me dan ganas de quedarme aquí a esperar por el próximo y seguir escribiendo. No tengo prisa y en estos momentos no tengo destino en específico, aun así entro.
“La vida es un carnaval” cantaba en mi oído hace unos minutos, de manera acertiva, Celia Cruz, mientras un carro pasaba por mi lado a las millas y sin cuidado alguno, salpicando en mí un poco de todo el agua que había en la carretera. Al menos no se mojó el sobre que protegía con toda mi vida, como si el mismo presidente me lo hubiese encomendado. En efecto, la vida es un carnaval y hay que vivir cantando. Alguien que me quite los audífonos, me vivo la película y de acuerdo a la canción cambio mi manera de mirar por la ventana del tren. Por tercera vez, se escucha- “Próxima parada: Universidad” y, por tercera vez, no me bajo del tren.
“TATO Y KENEPO” grita, internamente, mi lado de niña pequeña al ver un niño entrar con un libro de caricaturas. Tenía par de esos libros. No me pregunten cuáles, no recuerdo. Solo sé que los tenía y que me gustaban. También sé que el tren se está tardando demasiado en volver a arrancar y mi batería no es eterna. Claro está, como a propósito, como para callarme la boca porque nadie me mandó a dar vueltas en el tren, como lección de vida divina, justo después de haber escrito dicho comentario, escucho el tan esperado- “Cerrando puertas”.
Una hora después, luego de al fin haber comido y de estar en proceso de cargar mi celular, me doy cuenta de que he estado escribiendo puro adefesio. A ambos lados de mi silla hay otros jóvenes. Los del lado izquierdo hablando de juegos de cartas, los del lado derecho hablando de Pokemon GO. En el medio está una tímida impulsiva, la irónica mezcla, escribiendo en su celular como si no hubiese mañana. Quiere irse a su casa, quiere cambiar su “look”, quiere actuar pero no se atreve y quiere abrazar a alguien. Quiere trabajar, quiere gritar o llorar, quiere borrar par de números de su celular y quiere terminar de escribir lo que está escribiendo. Dentro de sus opciones al momento, solo hace una cosa. Le da una última leída a sus palabras y, como si hubiese terminado de correr un maratón, con cansancio escribe la oración final para así compartir un poco de lo aleatorio que pueden ser sus pensamientos. Borra, reescribe y… punto final.