Lo inaceptable de ser gente
Han pasado demasiados vientos desde que publiqué por última vez... literalmente. Los he podido ver un poco desde ambos lados y me revuelcan todos los sentidos.
A mi trabajo he recibido llamadas de familiares de personas en las islas vecinas preguntando, con miedo genuino, si todo está bien en Puerto Rico, porque necesitan saber que sus familias estarán llegando a un lugar seguro. Engancho, después de escuchar historias parapelos, y contesto otra llamada proveniente de uno de los cuartos ya ocupados “¿Por qué el cable sigue sin funcionar? ¿Cuándo lo van a arreglar?” La pregunta retumba y hace mil ecos, hasta remontarme en Hotel Verdanza, donde ofrecí mis dos manos por una que otra hora cuando al fin encontré tiempo libre. La mayoría de esas conversaciones venían mas bien de personas que estaban en las islas temporalmente: turistas y estudiantes. Hablaban de la prisa, de lo incierto, de la maldad, de sus pensamientos, de lo perdido. Así se fueron... Sin nada más que par de motretes que ni si quiera llevaban sus nombres hasta que les fueron donados, algunos traumados y jurando que no regresarían a ninguna isla nunca. Caigo en tiempo con mis oídos reventando... Aquí me están casi peleando porque El Yunque está cerrado. “Cuestiones de seguridad” que para nada importan.
Nada de esto es aceptable. Ni el cable, ni El Yunque, ni la vela que prendí porque me la dio la vecina, ni el calor -que no es ideal, pero más soportamos.- No es aceptable.
Lo mínimo que podía hacer era pagarle el taxi a una pareja que solo estaba cansada de perder tanto y pedía a gritos cerrar sus ojos por unas horas antes de tomar su vuelo. Pedido sencillo. Pero aquí nada es aceptable y si alguna noche volvimos a ser gente, alguna otra noche creo que lo dejamos de ser.
Cristina










