( feliz navidad, folks. les quiero un montón. les dejo este regalito. –aleu )
Pequeño detalle curioso fue que, a pesar de ser dueño de uno de los clubes nocturnos más famosos del área y uno de los adolescentes más desastrosos del sur, ahora a sus jóvenes veintiséis años de edad, lleva un muy, muy buen tiempo sin una gota de alcohol ni un buen cigarrillo. Hace un tiempo atrás que dejó de ser algo esencial en su vida, cuando su nana se enfermó y él tuvo que pagarlo todo porque sus hijos de sangre ya tenían su vida y su familia y deudas por llenar. Su nana era todo lo que Navin tenía, y ahora, a las diez de la noche encerrado en la oficina trasera en el Sens, tres meses después de su muerte, aún no se ha podido despedir de ella. Tal vez la manera en que trataba de acercarse era la incorrecta: frente a su casa. En su habitación. En la iglesia. Y ahora en una botella de tequila.
Tal vez también era incorrecto, con toda razón. Hay un niño en casa esperándole, pero estaba también su novia allí, cuidaría bien de él. Estaba completamente solo, era un día inactivo del club, solo él y las miles de facturas por sellar en la oficina. Pero la decisión tuvo que hacerse cuando se estaba volviendo loco entre las letras y los números y el papel y los pensamientos y las emociones y las lágrimas por desbordarse de sus ojos. No le costaba nada –o bueno, un par de botellas por pagar– tomar un poco del líquido dorado dentro del cristal. A lo mejor y le ayuda a olvidarse de porqué quería llorar desde el inicio… o a lo mejor solo termina el sólo frente al teléfono, enojado, llamando al número de su hermano. Navin resulta impredecible si está ebrio.
De vuelta al álbum, la línea del tiempo va así: Reneé, la nana de Navin, tuvo tres hijos: Kevin, Raphael y Clarissa, quienes se llevan todos dos años entre sí, siendo Kev el mayor y el más estricto de todos en lo que a Navin respectó durante años. Entre ellos hay 24 años de diferencia, casi doblando la edad actual del chico. Siempre le trató como si fuera una escoria. O bueno… así siempre lo vio el chico cuando era solo un niño. “Navin el adoptado es igual a Navin la decepción”. Su nana siempre se lo negó, sin embargo, siempre está ese sexto sentido… y éste no lo defraudó cuando su nana murió y Kevin le acusó de no haberle puesto la suficiente atención a su madre y volvió a todos sus hermanos contra él.
Números… ugh. Cuando uno está ebrio son solo garabatos divertidos que si los tecleas de memoria te trasladan con la voz de un ajeno– ¡wow! Que tecnología. Eso es lo que cruza por su mente cuando marca el único número de teléfono que recuerda ahora, ahogado en alcohol, creyendo que le marca a Kevin.
“¿Bueno?” Todavía ni levantan la llamada cuando comienza a musitar. Que pendejo. Se ríe un poco, pero ya estaba llorando, así que cuando atienden, solo se oye un extraño sollozo suyo. “¿Por qué no levantabas el teléfono?” Reclama en cuanto se oye que una voz femenina contesta al otro lado. Y desde allí, a Navin, el que nunca habla, no le para la boca… y se le entiende poco, igual. “¿Sabías que eres un hijo de puta, Kevin? Yo cuidé a mi mamá mucho tiempo y ahora tu quieres reclamarme que fui un mal hijo. Fui mejor hijo que tu. Yo quería a mi nana y tu solo mandabas cheques que no alcanzaban ni para la renta. Yo, que manejo un club nocturno, gano más que eso. Y me mantuve a mí, a un niño y a mi nana unos meses y aparte me sobraba dinero para ahorrar y tu mandabas un cheque de mierda. ¡Yo era más su hijo que tú!” De repente está gritando. De repente está llorando escandalosamente. De repente el número de teléfono era del apartamento de Navin y de repente era Anika quien contestó, y ni la había dejado hablar. “Los hijos no son de sangre, ¿sabías? Mi nana era más mi mamá que la tuya, tu sólo fuiste un imbécil. Yo quería a mi nana. Yo la extraño, ya no sé que hacer sin ella, ¿quién me va a decir que tengo que hacer con mi vida? No puedo criar a un niño. No puedo ni mantener a mi novia feliz. A duras penas mantengo de pie este estúpido lugar. Extraño la navidad… ¿no te acuerdas cuando nos juntábamos en familia? Y ahora es navidad y yo no he llegado a casa porque tengo una botella de quien-sabe-qué aquí conmigo. ¡Feliz Navidad Kevin!” Ya no sabe ni que incoherencia está diciendo, y sorpresivamente, vuelve al hilo. “Tu no eres mi familia. Anika y Erick son mi familia. Los hijos no son de sangre porque yo quiero a Erick y mi nana me quería a mí y yo no quería a esa puta que era mi mamá– ¿sabías? Era una estúpida prostituta. Y hace unos años cuando tenía veintidós la encontré en un motel y ¡era igual a mí! Los lunares y los ojos cafeces, era igual a mí. Era igual. Y le metí una bala en la cabeza y me reí. Y le robé sus pertenencias y vendí unas joyas que tenía y con eso abrí mi club. Debería estar en la cárcel, Kevin. ¿Por qué no estoy en la cárcel? La maté. Y me reí cuando salí corriendo en la calle y estaba frío, estaba nevando, ¿no te acuerdas de esa navidad? Era navidad. Y llegué tarde a la cena. Es navidad hoy y llegaré tarde a la cena con Anika. Es… es navi… es navidad…” Piensa dos veces sus últimas palabras, era verdad: era noche buena. Y le estaban esperando en casa y ¿qué estaba pensando cuando se tragó como una botella y media de tequila? ¿qué estaba pensando cuando pensó que podría ser un hombre normal y tener una familia normal?
¿Qué estaba pensando cuando pensó que podría ser papá y podría casarse con Anika alguna vez?
Navin se fuerza a sí mismo a colgar de golpe y se da cuenta que aunque ya no está llorando, está de nuevo enojado. Él legítimamente pensaba que hablaba con Kevin todo el tiempo. Se levanta de su asiento y ve las paredes blancas de la habitación silenciosa: tan vacía, tan llena. Las paredes se juntaban y la habitación parecía inmensa, entonces se acerca a una de las esquinas, buscando refugio, pero no lo encuentra. No encuentra la salida a la habitación tampoco, ni la salida a sus problemas. No encuentra. Y desesperado, lanza con violencia la botella que tenía en sus manos y se quiebra en el piso alfombrado, mojándolo. Y va y tira lo que está arriba del estante enseguida de él y va y tira lo que está en el escritorio, y va y tira el teléfono y se rinde. Y termina echo bolita en la esquina de la habitación, y allí, se queda dormido.
Tiene un sueño que no va a recordar cuando despierte. Una cena navideña con Anika y con Erick en donde no comen nada navideño pero comen pizza y ensalada y spaguetti. Y se ríen, y se abrazan, y de repente son una familia. ¿Cuándo sucedió? ¿Cuándo de repente sintió que estaba bien que estuvieran los tres juntos? No lo sabe. Pero, en sus sueños, tiene el presentimiento de que eso, en un tiempo, se va a convertir en deja vú.







