CW: Escorbuto
Creo que una de las ambientaciones más comunes en Hetalia, o al menos en historias relacionadas con España, Portugal e Inglaterra —tanto juntos como por separado—, es la de pirata.
Marineros, botines, cañones, barcos de todas las épocas, etc.
En los últimos meses, yo he desarrollado un problema hacia esas ambientaciones, sobre todo porque lo que más rige en Hetalia para mí no es el canon, sino la Historia. Las travesías marinas, y sobre todo las que involucran a las tres naciones que he mencionado al principio, no han sido nunca solo eso.
Vale, sí, ha habido batallas marítimas. Yo misma estoy escribiendo en estos momentos una historia que involucra una de las más... malentendidas. Podía haber asaltos piratas, sí, pero ese nunca fue el problema principal para los marineros que tenían el valor de cruzarse un océano en barco.
No era a lo que solían enfrentarse, vaya.
No era lo que solía acabar con sus vidas.
(O al menos no en el tan afamado siglo XVI).
En Hetalia hay un especie de consenso sobre que las enfermedades contagiosas —cuyo origen es un determinado patógeno—, sobre todo en su época de mayor expansión, afectan a las naciones.
Yo comparto ese headcanon, según lo hago notar tanto en Lo que concluyó en Compiègne como en la anterior publicación sobre la Peste Negra, pero pienso que podríamos ir a más. ¿Por qué no también las enfermedades que se desarrollan debido al déficit de determinados nutrientes en la dieta?
Porque no considero que, en la mayoría de ocasiones, las naciones tuviesen acceso a una dieta ideal y completa. De hecho, personalmente, creo que una de las afecciones que más sufrieron fue la anemia, tanto por la pésima alimentación como por sus frecuentes heridas, aunque pronto empezarían a obviar la mayoría de sus síntomas hasta el punto de prácticamente no notarlos.
[Los síntomas físicos, como la piel pálida, ya serían más difícil de ocultar durante estos episodios, pero había épocas en las que ni siquiera se tenía en cuenta como una señal de alarma.]
Otra de esas enfermedades sería, por supuesto, el escorbuto, que empezaría a atormentarles desde el momento en el que pusiesen un pie sobre un barco y se alejasen de la costa.
El escorbuto, para que os lo imaginéis, se presenta debido al déficit de vitamina C, una sustancia antioxidante y esencial para el correcto funcionamiento de diversos procesos del organismo. Si bien está asociado a los marinos, realmente cualquiera que no presente una dieta que le proporcione suficiente cantidad puede manifestar la enfermedad, aunque esté en tierra.
La razón por la que esta enfermedad era frecuente en los marineros era la incapacidad de mantener en los principales alimentos que la proporcionan, como son la naranja y el limón, la vitamina en perfecto estado durante aquellas largas travesías.
[Pongamos como ejemplo lo que se suele decir sobre el zumo de naranja, que tienes que bebértelo rápido para que consumas todas las sustancias beneficiosas que contiene.
Aunque si bien no es que se quede sin vitamina C a los treinta segundos, el zumo de naranja en presencia de oxígeno, como todo lo demás, se oxida, y la vitamina C, al ser una sustancia antioxidante, se gasta en mantener el zumo en perfecto estado.
Después de más de 12 horas, el zumo ha perdido todas sus propiedades y es prácticamente inútil. Y, como suponéis, no basta con ponerle un taponcito al tarro].
El síntoma más conocido es la inflamación y sangrado de encías, pero producía también una dificultad a la hora de cicatrizar, reapertura incluso de antiguas heridas, hemorragias internas, fácil aparición de moretones, incapacidad para aumentar de peso, fiebre, dolor e inflamación en las articulaciones, fatiga, etc., y podía llegar al punto de ocasionar el fallecimiento de los individuos.
[Aunque, en mi headcanon personal, las naciones no pueden morir de esta clase de afecciones, sí que presentan todos los síntomas hasta el extremo].
Una de las profesoras a la que le debo más en esta vida, la de biología, dijo que el secreto mejor guardado de la Royal Navy había sido el conocimiento de que los limones podían evitar el escorbuto, y, por tanto, había sido la causa de la derrota española en la batalla de Trafalgar.
Si bien no tengo información suficiente para rebatir ese último argumento, sí que es verdad que puedo asegurar que, si una nación tuvo primero en sus manos la solución —o al menos un atenuante—, al problema del escorbuto, no fue Inglaterra.
[A pesar de los gazapos históricos que podía meter en uno que otro tema, a la mujer se la quiere].
Es cierto que la cura del escorbuto se asocia con el médico escocés James Lind, que, en un intento de solventar el problema del escorbuto, y después de darle a probar a varios marineros afectados distintas sustancias, determinó que el limón debía tener propiedades que lo curasen.
Y luego determinó que la mejor forma de conservarlo era hervirlo para conservarlo. Cargándose la vitamina.
[Aunque, para su defensa, no, ellos no sabían qué causaba el escorbuto, ni mucho menos que el limón contenía vitamina C. No se descubriría hasta finales del primer tercio del siglo XX].
Después de que abandonase la Royal Navy, su discípulo, Gilbert Blane, descubriría que añadiendo un poco de alcohol destilado —en forma de ron o ginebra—, el zumo conservaba sus propiedades. Tras esto, en 1795, se haría obligatorio que en los buques se distribuyesen 21 centímetros cúbicos de zumo de naranja o limón entre cada uno los tripulantes.
Los precios prohibitivos de estas frutas hicieron que, en su lugar, se utilizasen las limas, lo que dio origen al apelativo de «limeys» para los marinos ingleses.
[Y sí, me puedo imaginar que una, o varias, de las botellas de ron que Inglaterra podía cargar en sus barcos era zumo de limón —lo veo más de cosas agrias—, conservado en alcohol para sobrellevar todo el tiempo que se tuvo que pasar en un barco durante el siglo XIX. No sé, llamadme loca.]
Pero... ¿el secreto mejor guardado?
Bueno... En el 1980, se descubrió en el Archivo de Indias que, en el Galeón de Manila y en las flotas españolas que allí operaban, se trataba la enfermedad con naranjas y limones a principios del siglo XVII.
Por ejemplo, en el 1617-1618, se cita que, en la flota del mando de Don Francisco de Tejada, se embarcaron nada menos que 44 fresqueras de « agrios de limón», cinco barriles de «agrio» y una cantidad indeterminada de «jarabe de limón».
Como un pequeño detalle, se menciona que la práctica era normal, y desde hacía mucho, en los buques españoles que surcaban la «Mar del Sur» [uno que, según mis headcanons, atravesaban con bastante frecuencia España, México y Filipinas, ya fuese en un sentido o en otro, entre finales del siglo XVI y principios del XIX. Y, bueno, sí, Portugal también].
El que había llegado a la conclusión de que aquel era un tratamiento eficaz había sido Pedro García de Farfán, nacido en Sevilla en torno a 1532, y fallecido en Ciudad de México en 1604.
Estudiaría Medicina en las universidades de Salamanca y Sevilla, donde concluiría sus estudios en 1552, pasando cinco años después a la Nueva España, donde ejercería su profesión en Pueblo, Oaxaca y la misma capital, doctorándose en Medicina en dicha universidad en 1567.
Dos años después fallecería su esposa, y eso le haría entrar en la Orden de los Agustinos con el nombre de fray Agustín Farfán [¿y quién entró también en esa misma Orden? Ah, sí, Urdaneta. Es bastante gracioso si lo pensáis].
Después de una oportuna dispensa, fray Agustín Farfán seguiría ejerciendo la medicina, y en 1579 publicaría su «Tratado breve de anatomía y cirugía... de algunas enfermedades que mas suele haber en esta Nueva España», donde se recomendaba el uso de naranjas y limones para el tratamiento del escorbuto.
La obra tendría un maravilloso éxito —sería reeditada con algunas modificaciones en título y texto en 1592 y 1610, incluso después de su muerte.
A la hora de preservar el zumo, cometieron los mismos errores que Lind haría en un futuro; lo envasaron sin aire, dando lugar a los llamados «agrios», o lo calentaron a baño maría, resultando en el mencionado «jarabe». Estos remedios evitaban que el zumo se estropease (jarabe), o bien lo retrasaban (al vacío), pero la vitamina C se terminaba perdiendo (jarabe) y el zumo se pudría en largas travesías (al vacío), por lo que no encontraron exactamente la solución.
Sin embargo, esos métodos lograban retrasar o incluso paliar la aparición de la enfermedad, por lo que cumplieron su propósito de salvar vidas o evitar secuelas.
[Probablemente, España conocería de la técnica, y la utilizaría durante los siglos posteriores para paliar los efectos de la enfermedad, incluso después de que quedase olvidada, como un método que, a pesar de no ser una solución definitiva, sí que lograba cumplir el objetivo principal
Y no creo que, en travesías que compartiría en cierto momento con Portugal o Irlanda —esta última solo por el Atlántico—, no les hiciese conocedores de la práctica. Aunque, ya en el final del siglo XVIII, no quedase ni un rastro de orgullo sobre ello. Y Portugal conectaría luego los puntos cuando Inglaterra le desvelase su método].
Pero esa es otra historia.
Una que, la verdad, prefiero guardarme hasta otro momento.













