El dolor volvió y ya dejé de preguntarme cuándo voy a estar bien. Hola, de nuevo. No me gusta esto de decirte “hola” otra vez porque se supone que ya te habías ido. Pero, bueno, qué bien que estés aquí, hay algunas cosas que contigo quiero hablar. Pasa adelante, ponte cómodo. Mira, oye, sé que no es necesario que lo diga pero, me estás hostigando la vida ¿sabes? No me mal entiendas, hace mucho que aprendí a convivir contigo y a dejar crecer de ti raíces que ahora me hacen más fuerte. Pero, en ocasiones, me tomas desprevenida y me haces sufrir. Eres el dolor más intenso que conozco y el más silencioso de todos, el más sutil. El que realmente nunca se va, simplemente se esconde por un tiempo, pero sigue estado ahí. No eres desesperante, más bien eres acogedor cuando uno llega a acostumbrarse a ti. El problema no es que estés, el problema es lo que me haces. Me dañas, me duele el cuerpo y no sé por qué, me duelen recuerdos de muchos años atrás que ya no deberían doler y todo gracias a ti, me duele la cabeza, migrañas de día y noche que no me dejan dormir. Las palabras, esas voces por Dios, las voces sonando en mi cabeza, repitiendo lo mismo una y otra vez, diciendo cosas que lastiman y que no me dejan en paz hasta que me las creo. Migraña otra vez, ansiedad, las uñas, me las como de nuevo, migraña, dolor, pensar, todo el tiempo pensar, pasar en el celular sin hacer nada realmente, escuchar a mi mamá y desespérarme cuando ella no tiene la culpa, sufrir, sufrir en silencio que es lo peor. Migraña, dolor, cansancio, desgaste emocional. Todo eso y más eres. Me hostigas la vida, vete por favor o escóndete otra vez.
Elizabeth, o sea yo.













