Pongo un vaso y una flor en la mesita atestada junto a su cama, pero él no los mira. En realidad lo hago para mí. La vida todavía debe ser para mí, el viento que insiste en abrir la ventana aún puede dejar un poema en la escudilla. La crueldad de haber arrancado la flor a su madre planta, para mi egoísmo – verla morir en un escenario sórdido – es un anzuelo limpio (carece de rencor).
Paulina Vinderman













