6 Octubre, 2021

seen from Australia
seen from China

seen from China

seen from Malaysia
seen from United States

seen from United States
seen from Russia
seen from United Kingdom
seen from Russia
seen from United States

seen from United States
seen from United States

seen from Sweden
seen from United States

seen from Malaysia
seen from United States

seen from Russia
seen from China
seen from United States

seen from Malaysia
6 Octubre, 2021
Gélido nervio, La manche.
Las lluvias ya habían pasado y cuando los dos salieron de la estación vieron golondrinas surcando el claro cielo de verano. La plaza delante era ahora mucho más grande y el anciano Takayanagi alzó la vista hacia los altos edificios que la rodeaban, comentando que la ciudad estaba muy cambiada.
—Pero claro, hará treinta años que no vienes, papá —dijo Asako.
Viéndola abrir la sombrilla para resguardarlo del fuerte sol parecía demasiado joven para ser su hija. Se la hubiera tomado por su nieta. Asako se veía tierna por demás con su vestido y sus zapatos blancos, con la cara encendida y brillante como una fruta que ha embebido el sol estival. Pero en el ambiente fresco del taxi con aire acondicionado sus mejillas recobraron su habitual lustre blanco de porcelana. Su cabeza enhiesta sobre los frágiles hombros apenas se viraba mientras parecía observar atentamente con sus grandes ojos las hileras de casas que pasaban a ambos lados. Takayanagi miró el perfil de su joven hija y por un instante sintió que miraba el rostro de alguien perfectamente desconocido. Se dijo que aquél era el rostro una muchacha que era a la vez su hija y su nieta.
Asako se volvió a mirarlo y le preguntó: —¿No hay problema en ir allí directamente?
—En absoluto. Nagasawa se ha ocupado de todo. No tenemos más que instalarnos.
Takayanagi llevaba ya varios años planeando comprar una casa en su ciudad natal para pasar allí varios meses al año. Pero como le resultaba un fastidio ir él mismo a buscarla o hacer levantar una, le había encargado a un par de conocidos suyos que la compraran si se presentaba la ocasión. Su único requisito era que estuviera en la parte oriental de la ciudad, al norte del río, cerca del estuario. Quería morir allí. Y aquel año se había puesto en venta una casa que cumplía las condiciones. Anteriormente había formado parte del complejo de un restaurante, pero la propiedad había cambiado de dueño y el gran anexo con su vasto jardín se había transformado en hotel por horas, para parejas; sólo la casa principal, que era agradablemente recogida, había sido puesta en venta. Takayanagi había decidido comprarla y había confiado la operación a un antiguo compañero que conocía desde la primaria, un cierto Nagasawa, médico ya retirado que le había dejado la consulta a su hijo.
El taxi giró hacia un puente y luego subió una pronunciada cuesta, luego torció a la izquierda y recorrió por un rato una carretera en terraplén que corría junto al río. El río mismo todavía no era visible, una interminable sucesión de edificios, en su mayoría albergues y restaurantes, lo ocultaba a la vista.
Cuando el conductor encontró la casa vieron que estaba rodeada de una cerca de bambú, y había un portal a la antigua con su tejadillo, aunque pequeño. Ya estaba inscrito el nombre del nuevo propietario. Nagasawa estaba allí esperándolos. Salió al porche y fue señalando los diversos árboles y arbustos del jardín: «Aquello es un árbol de Júpiter, eso una paulonia, y aquello alto de allí es una rareza, una aralia, creo. Luego hay nísperos y azaleas, todos trasplantados del jardín antiguo. Todos menos la sófora».
Como el jardín no se adaptaba a las necesidades del nuevo hotel, habían ocupado todo ese espacio con una ampliación. «Pero la verdad, parece que no tienen vida. Y tampoco es porque las hayan trasplantado. El aire de aquí no es bueno... será por la cosa esa que han puesto allí.»
Aunque el espolón de la ribera ocultaba la vista, desde las ventanas de arriba pudieron ver un portentoso panorama que abarcaba ambas márgenes del río y al fondo el mar. Takayanagi se quedó boquiabierto. No parecía real; era como si sus ojos se hubieran velado o estuviera ciego y viendo una alucinación. Aquel era el entorno en el que había crecido y que había visto en sueños cada vez más a menudo al hacerse viejo. El río atravesaba la ciudad y allí donde de pronto se ensanchaba y desembocaba en el mar debía haber un yermo, vestigio de lo que una vez fuera el delta, con manchones de hierba brotando del terreno arenoso, y al extremo una larga restinga, como una lengua entrando en el mar, que las ondas lamían blandamente. Cuando era muchacho solía correr entre la hierba veraniega o escarbar la arena suelta en busca de conchas en primavera. En verano los chicos de la ciudad nadaban río arriba, pero cuando bajaba la marea Takayanagi a menudo se dejaba llevar por la corriente, pasando bajo un puente tras otro, y nadando casi hasta la salida al mar. Y cuando su cuerpo encallaba en la arena del bajío, se quedaba allí tendido como un bote varado, con el sol abrasando la cubierta de su espalda, y esperaba el cambio de la marea. Por fin el agua salada entraba otra vez del mar y la corriente empezaba a tornarse contraria. Nadando río arriba a favor de la corriente a veces las agudas espinas de los peces palo le cortaban las piernas.
Ahora casi todo el estuario había sido terraplenado y en el terreno ganado se había construido una refinería de petróleo y una planta química: un reluciente amasijo de depósitos y tuberías de plata. Al anciano le parecía una ciudadela de metal, y con todo pensó que quizás no podía ser de otra manera, quizá incluso era la clase de vista que uno debía enfrentar al final de un largo viaje. Siendo viejo, no pretendía encontrar allí lo que había conocido de niño. El sentimentalismo de aquella búsqueda, la obsesión de querer indagar qué habría o qué no, ya hacía tiempo que lo habían abandonado. Pero la visión que se abría ante sus ojos estaba tan alejada de su experiencia que su misma improbabilidad, la extrañeza de todo el estuario, parecían convertirlo en una morada de los dioses. ¿Era aquél el escenario que necesitaba para acabar sus días? Si así era, lo aceptaba.
Kurahashi Yumiko
Natureza e cidade se misturam. Video dessa foto nos stories. . . . #013 #SantosCity #PontaDaPraia #Estuario #Beach #Sunset #Sun #SãoPaulo #Brasil #Sea #Santos#Ocean #Caiçara #viveremsantos #juicysantos#MelhordeSantos #EntardecerEstadao#Instagramers #Instagood #Instamood #Statigram#PictureOfTheDay #Instahub #Nature #City #Sky #EnjoyTheLife #ParaOndeWeiss (em Santos, Sao Paulo, Brazil)
This tiny estuary seahorse ‘almost hopped’ from one bit of bouncing natural debris to the next, bobbing around on a reef near Sumbawa Island, Indonesia. As a brisk surface wind picked up, the seahorse took advantage of something that offered a stable raft: a waterlogged plastic cottonbud. Finalist 2017, The Wildlife Photojournalist Award: Single Image
Photograph: Justin Hofman/2017 Wildlife Photographer of the Year
Amanecer en el Río de la Plata #costaneranorte #rio #river #estuario #buenosaires #argentina #ig_buenosaires #ig_argentina #travelgram #fotosdebuenosaires (en Costanera, Norte)
el placer de ser espectador de la 💓💫 biodiversidad de los estuarios 💫💓
Anclado en la mitad de mis sentidos, corazón, eres barco solitario; cuéntame el inefable itinerario de los amores y los tiempos idos. Velámen roto y mástiles vencidos; flotando en el refugio del estuario, tú quisieras un ímpetu corsario para encontrar océanos perdidos.
Dora Castellanos