𝗧𝗪𝗜𝗦𝗧𝗘𝗗 𝗦𝗔𝗟𝗩𝗔𝗧𝗜𝗢𝗡.
Establecí una rutina estricta para mantener la mayor parte de mi mente ocupada. Anteponía a mis seres queridos y a las personas más cercanas a mí, procurando ser el primero en estar ahí cuando más me necesitaran. Me refugiaba, inmóvil, en uno de los rincones de la mansión donde solo encontraba algo de paz al encender el dispositivo y ponerme a jugar a la Switch. Forjé una máscara tan aparentemente irrompible que cualquiera habría pensado que mi interior estaba vacío. Me reía, hacía chistes, expresaba emociones como cualquier otra persona, pero en cuanto algo tenía que ver conmigo, me frenaba, me limitaba o impedía que esos sentimientos llegaran a desarrollarse por completo. Escondía ese malestar durante las noches, lo justificaba con circunstancias que podían encajar perfectamente… aunque quizá era simplemente mi cabeza intentando encontrar siempre una explicación para todo.
Fue en aquella época cuando me di cuenta de que me daba miedo volver a sentir. Cuando me pareció mucho más fácil encariñarme de alguien que afrontar el hecho de tener que dejarlo ir. Porque cuando te arrancan de golpe aquello que formaba parte de tu día a día, el vacío que queda después es difícil de volver a llenar. Pero hay cosas que no puedes controlar. No puedes elegir aquello que te remueve por dentro, que te lleva al límite y te deja contra la espada y la pared. No puedes controlar lo que rompe tu rutina por mucho que te esfuerces en intentarlo.
Y fue entonces cuando empecé a exigirme estar bien cuanto antes. En ese punto, la razón y la emoción comenzaron a tomar caminos completamente distintos. Por un lado, las ganas de vivir, de descubrir nuevos límites; por otro, la sensación constante de tener un agujero negro instalado en el pecho. Me pregunté muchas veces si realmente merecía volver a ser feliz. Si merecía abrirme al mundo otra vez de la misma manera. Por qué era incapaz de ver ese mundo lleno de color que sí parecían ver quienes me rodeaban.
Mi primer salvavidas apareció en aquella etapa. Sabía exactamente todo lo que callaba sin que tuviera que exigirle o pedirle nada. Empezó a cargar con mi dolor como si fuese suyo y me llevó a extremos que ni yo mismo era capaz de sostener entre las manos. Despertó en mí sentimientos que creía enterrados, emociones que me había jurado no volver a abrir jamás. Me arrolló el incendio de su impulsividad, su arrogancia, esa verdad que desprendían sus acciones y que no me permitía caer. Empecé a obsesionarme con la adrenalina que me hervía en la sangre cada vez que lo tenía cerca. Incluso su aroma era capaz de ponerme en alerta. Despertó a golpes un instinto de supervivencia al que yo mismo había renunciado y que, en el fondo, necesitaba desesperadamente.
El segundo salvavidas llegó después. Compartíamos el mismo caos. La revolución constante de una mente inquieta que nunca sabía si salir corriendo o quedarse hasta descubrir todos los entresijos. Era un espacio conocido; un hogar perdido que había regresado de la noche a la mañana por culpa de un infortunio, aunque con el tiempo terminé considerándolo destino. Fue estabilidad y calma cuando todo a mi alrededor daba vueltas. Fue el refugio que había perdido y que, por mucho que intentara reconstruir con pintura y muebles caros, jamás se parecía a ningún otro lugar. Todo era tan distinto que empecé a ver color donde antes no existía nada. A exteriorizar la parte más oculta de mi cabeza sin miedo a las consecuencias.
Experimenté una manera de sentir completamente distinta a la de mi primer salvavidas. Ambos quedaron marcados sobre mi piel putrefacta, pese al tono bronceado que le daba el sol. No sabía que alguien vacío pudiera volver a llenarse de formas diferentes. No sabía que la vida iba a darme otra oportunidad. Que podría experimentarla desde otros lugares sin necesidad de mantener un control absoluto sobre todo lo que me rodeaba. No sabía que mi inestabilidad acabaría necesitando ambas partes como una necesidad latente.
Porque ellos no llegaron para salvarme de una forma limpia o perfecta. Llegaron como un desastre. Como dos incendios distintos arrasando todo lo que yo había construido para sobrevivir. Uno me obligó a sentir aunque doliera. El otro me enseñó que incluso alguien roto podía seguir teniendo un lugar al que llamar hogar.
Se incrustaron bajo mi piel de una manera brutal, enfermiza, irreversible. En mis pensamientos. En mis impulsos. En la parte más podrida de mi cabeza que siempre creí imposible de tocar. Y cuanto más intentaba convencerme de que podía vivir sin ellos, más evidente se hacía la verdad: ya no sabía existir en un mundo donde no estuvieran.
Se convirtieron en mi ruina y en mi necesidad. En la calma después de la violencia y en la violencia después de la calma. En dos mitades completamente opuestas capaces de destrozarme con la misma facilidad con la que conseguían mantenerme respirando.















