Yasuke era el tercer hijo varón de los Kanzaemon. Eran una familia pobre. Aunque suene como que nosotros fuéramos ricos, también eramos pobres. La diferencia estribaba en que la familia de Yasuke tenía muchos hijos, más gastos y en consecuencia eran mucho más pobres. Kanzaemon y Okane, sus padres, eran muy trabajadores. Yasuke nació a final de otoño de 1899. Okane estaba una tarde de faena en un bancal apartado de Tanida, recogiendo legumbres, cuando le vinieron los dolores del parto. Las campesinas entonces trabajaban hasta el último momento, no podían ingresar en un clínica y parir con ayuda de una enfermera o una matrona, como hoy. Cuando Okane sintió los dolores se abrazó la barriga y salió camino de la casa, en Okada. La encontró vacía, Kanzaemon era carpintero y probablemente había ido a ayudar en alguna obra. Por el camino Okane, con la barriga entre las manos, se encontró con Shōzaemon.
Al ver venir a Okane cubierta de seboso sudor y con las venas hinchadas, le preguntó: «¿Es el niño ya, Okane? ¿Quiere salir?». Sin responder, Okane cayó de rodillas al borde del camino. Los dolores arreciaban.
—Okane, ¿qué vas a hacer con tantos muchachos? —preguntó Shōzaemon—. Ya tenéis dos varones. ¿Cómo vais a criar otro más? ¿Te ayudo? Que sea hijo del moral. Déjalo en el moreral y reza para que que sea feliz en el otro mundo.
Aquel anochecer no había nadie por la carretera de la sierra. A Okake tuvo que que parecerle que Shōzaemon era el mismo Buda cuando éste la ayudó a incorporarse sosteniéndola por detrás.
«Shōza, ayúdame por favor. Haz lo que te parezca bien.» Okane no dejaba de gemir de dolor mientras hablaba. «Muy bien», asintió Shōzaemon. La ayudó a tenderse en la hierba a la vera del camino, le aflojó la faja, y comenzó a frotarle la tripa. El bebé salió enseguida con un chillido. Okane, agarrada a unas raíces de bananera, se desmayó de extenuación. Cuando volvió en sí mucho después, Shōza y su mujer la habían acostado en el almacén de su casa. El niño no estaba por ninguna parte. Al ver que había abierto los ojos, Shōza le dijo: «Ahora ya es un niño del moral. Lo dejé en un moreral. Si mañana está muerto, lo enterraré. No te preocupes. Yo me encargo de todo.»
No sé cuándo empezó la costumbre. Por entonces muchas familias criaban gusanos de seda para tener una ganancia extra, y había moreras en muchos campos lindantes con el pueblo. Recuerdo que cuando echaban las hojas los campos se cubrían de verde, y cuando caían, los morerales semejaban el Monte de las Agujas del infierno. Okane parió a Yasuke a final de otoño, cuando las anchas hojas de morera bailaban con la brisa del mar. Muchas veces me metí de niño por aquellas moraledas. Cuando maduraban las rojas moras —¿por Mayo?— me atiborraba de ellas. Los niños de la aldea rondaban los campos de la mañana a la noche en busca de los frutos más dulces. Una vez me topé con un hoyo, y me llevé un susto. Si recuerdo bien, estaba en el centro de un campo, lo más alejado posible de los senderos que lo cercaban. Tenía forma de urna, con los lados cuidadosamente apisonados con mazo. A primera vista parecía de hecho que una urna había sido hundida allí en la tierra. El agujero sería de un pie de ancho y bastante hondo; me tuve que echar al suelo y asomarme por el borde para ver el fondo. Podía distinguir muchas cosas que parecían cabos de soga, resbalosos y brillantes. Seguramente eran ratas y comadrejas que habían bajado a beber el agua de lluvia acumulada allí y luego no pudieron subir por las lisas paredes. Había un olor raro... sí, como el de un perro o un gato muerto. Los niños le tenían miedo a aquellos hoyos. Cuando veían uno gritaban: «!Un hoyo de tochinampin!», y salían corriendo. En nuestro dialecto un tochinampin es una ardilla voladora gigante. Cuando vi aquel hoyo del moral le pregunté a mis padres para qué era y me dijeron lo mismo: «El tochinampin guarda dentro ratones y gatos para comérselos en invierno. No te acerques. Si te caes dentro no podrás salir. Y el tochinampin te comerá».
Todos los niños comían moras y todos preguntaban a sus padres por los siniestros agujeros. Y siempre les respondían que eran de los tochinampin. La triste verdad era que Okane, con ayuda de Shōzaemon, había abandonado a su tercer varón en el moreral. Dicho de otro modo, lo dejaron en el agujero del tochinampin.
Pero la historia no acaba ahí. Como dije al principio, un hijo del moral era un niño nacido de la moraleda. Esto es: un niño que salía arrastrando del agujero donde lo habían dejado. A la mañana siguiente de exponer a un recién nacido, alguien de la familia iba a ver si había muerto. Y cuentan que en ocasiones había algún niño lo bastante fuerte para lograr salir del hoyo, y se lo encontraban llorando bajo las hojas verdes, cubiertas de relente. Tenían que ser niños muy recios y vivaces. Cuando un niño seguía vivo al día siguiente, lo llevaban a casa y lo criaban. Supongo que lo hacían en la creencia de que un niño tan fuerte crecería para convertirse en un gran trabajador y buena ayuda para la familia.
Yasuke de Kanzaemon nació en la cuneta y fue expuesto por el viejo Shōza; pero a la mañana, cuando Shōzaemon volvió al moreral a ver, lo encontró plácidamente dormido bajo los árboles. Algo extraordinario. Los adultos lo declararon un milagro: Yasuke era el primer hijo del moral del pueblo, y lo miraban con estupor.
Aquella noche del día quince del segundo mes, a mis seis años, cuando el viejo Shōza llamó hijo del moral a Yasuke junto al hogar de la Casa de Kannon, no lo estaba ofendiendo. Le estaba diciendo que era el muchacho más fuerte de la aldea. Ahora que me acuerdo... una mañana temprano, como diez días después que yo participara por primera vez en el Shaka-Shaka, antes de fundirse la nieve, cuando las ventiscas azotaban la aldea día y noche, el viejo Shōzaemon murió de repente.
Las palabras del viejo todavía suenan en mis oídos, pero Yasuke, el hijo del moral, murió de cólera con trece años. Los amigos de la infancia no se olvidan. Yasuke era más alto y más fuerte que yo; su nariz chata le moqueaba sin parar mientras llamaba «Shaka Shaka» bajo la cellisca, llevándome de la mano por las calles del pueblo en busca de golosinas. Es como si lo viera.