El mundo gime estéril como un hongo. Es la hoja caduca y sin viento en otoño, la uva pisoteada en el lagar del tiempo pródiga en zumos agrios y letales. Es esta rueda isócrona fija entre cuatro cirios, esta nube exprimida y paralítica y esta sangre blancuzca en un tubo de ensayo. La soledad trazó su paisaje de escombros. La desnudez hostil es su cifra ante el hombre.
Apuntes para una declaración de fe | Rosario Castellanos












