Cicatrices a los 16
Los dĂas se escurren como arena entre los dedos, pero aquĂ la arena no tiene textura, solo la uniformidad opaca de la rutina. IntentĂ© llevar la cuenta. Doscientos y pico. DespuĂ©s, la monotonĂa me venciĂł, no por pereza, sino por la futilidad de los nĂșmeros. Contar no altera este presente hueco.
La liturgia es inamovible: el deslumbramiento brutal de la luz artificial al amanecer, el eco metĂĄlico de las botas arrastrĂĄndose por el pasillo, las Ăłrdenes lacĂłnicas que nos moldean a golpe de palabra y ejercicio. Somos engranajes destinados a girar sin descanso en una maquinaria indiferente.
Patrick, con su voz ĂĄspera como dos metales rozĂĄndose, me arranca del duermevela una vez mĂĄs.
âArriba, Binary.
La bilis me sube a la garganta.
âNo es mi nombre.
âEs el Ășnico que te permitirĂĄ seguir respirando aquĂ dentro. Es el que importa.
Me calzo las botas gastadas, sintiendo la familiar falta de amortiguaciĂłn contra el suelo frĂo. Si tan solo... Si tan solo tuviera la libertad de estampar estas botas en su rostro adusto. Pero el pensamiento se disipa tan rĂĄpido como llega. AquĂ, la mente divaga sin costo, pero la acciĂłn se paga con creces.
El comedor es un hangar frĂo donde el silencio pesa mĂĄs que la cuchara de metal en mi mano. La sopa, hoy como ayer, exhibe una tonalidad grisĂĄcea que desafĂa toda lĂłgica culinaria. Kic se sienta frente a mĂ, su delgadez un recordatorio constante de las privaciones.
âÂżOtra vez te dejaron sin cena? âpregunto, la voz apenas un murmullo en el ambiente opresivo.
âDijeron que no alcancĂ© el ritmo en la pista. Demasiado lento.
âÂżY? Un tropiezo no te hace menos... nada.
âPara ellos, sĂ. Los lentos no comen. Los dĂ©biles no existen.
Deslizo mi mendrugo de pan duro hacia su lado de la mesa. Ăl lo toma con dedos huesudos, la mirada fija en la sopa insĂpida. AquĂ, los ojos evitan el contacto. Si miras demasiado tiempo, terminas viendo la verdad en los demĂĄs, y ese reflejo es demasiado doloroso para soportar. Recuerdas lo que eras antes de convertirte en este espectro.
El entrenamiento es una sinfonĂa de jadeos y golpes secos. Mi cuerpo es un saco de carne magullada, lanzado una y otra vez contra la lona. El impacto sacude mis huesos, pero la verdadera contusiĂłn es interna, una acumulaciĂłn de frustraciĂłn y rabia contenida.
Golpe. El aire se escapa de mis pulmones con un gemido reprimido.
CaĂda. El suelo frĂo presiona contra mi mejilla, el olor a sudor rancio me invade.
Golpe otra vez. Mis nudillos arden, la carne viva bajo la piel enrojecida.
Mi respiraciĂłn es un estertor ĂĄspero, como si mis pulmones estuvieran llenos de cristales rotos.
La voz del instructor, un latigazo verbal, me taladra los oĂdos.
âÂĄLevĂĄntate, nĂșmero 02! ÂĄNo eres un adorno!
âEstoy de pie âmascullo entre dientes, el cuerpo dolorido protestando con cada mĂșsculo.
âNo lo suficiente. Tu espĂritu estĂĄ en el suelo. RecĂłgelo.
A veces, en el instante posterior a la caĂda, cuando el cuerpo suplica quedarse inmĂłvil, escucho un susurro familiar en el laberinto de mi memoria. "LevĂĄntate, Ray." La voz de a***o. Un eco fantasmal de un tiempo que se siente como un sueño lejano. Y me levanto. No por la orden del instructor, no por el miedo al castigo, sino para silenciar ese recuerdo persistente, para no quedarme postrado sintiendo la punzada de su ausencia.
Las noches son la verdadera tortura. En la estrechez de la litera, el colchĂłn delgado ofreciendo poco consuelo, Kic rompe el silencio con un susurro cargado de incertidumbre.
âRay, Âżcrees que... quĂ© va a ser de nosotros al final de todo esto?
Mi respuesta es un eco de mi propia desesperanza.
âNada bueno, Kic, Nada bueno para los que estamos aquĂ.
âPero... Âży si nos estĂĄn preparando para algo grande? Algo que valga la pena.
âLo "grande" aquĂ siempre se cobra vidas, Kic Siempre. Y las nuestras no valen mĂĄs que las de los demĂĄs.
El silencio vuelve a caer sobre nosotros, denso y opresivo como una manta hĂșmeda. Yo me quedo mirando fijamente el techo de metal, la mente acribillada por pensamientos oscuros hasta que el parpadeo cansino del fluorescente del pasillo se apaga, sumiĂ©ndonos en una oscuridad aĂșn mĂĄs profunda.
La Guerra del Sur: El Desierto del Alma
Nunca hubo una pregunta. Nunca hubo una opciĂłn. La orden llegĂł, frĂa e impersonal como una notificaciĂłn de error de sistema. "Binary, despliegue inmediato. Sector siete. Necesidad de contenciĂłn nivel cinco." Antes de que pudiera procesar la noticia, ya estaba atrapado en el vientre metĂĄlico de un transporte, el aire viciado con el hedor a combustible y el miedo coagulado de los que ya habĂan visto el infierno y regresado... o no.
El aire del sur era un abrazo sofocante, caliente y hĂșmedo, como si el propio planeta conspirara para ahogarte sin necesidad de agua. El primer dĂa, la tierra temblĂł con la furia de las explosiones, un rugido constante que hacĂa vibrar mis huesos. El segundo dĂa, la ilusiĂłn de que habĂa algo que salvar se hizo añicos. Solo quedaban directrices frĂas y cuerpos que obedecer.
Un chico de mi escuadrĂłn, Matt, un crĂo con el rostro aĂșn imberbe, intentĂł aligerar el ambiente tenso con una broma forzada.
âEh, Binary. No es tan malo, Âżverdad? Al menos el clima es cĂĄlido.
Mi réplica fue seca, desprovista de cualquier intento de humor.
âClaro. Si te gustan las postales donde todo estĂĄ en llamas.
Su sonrisa se desvaneciĂł, reemplazada por una palidez preocupada. Nadie se reĂa mucho en ese lugar. La risa era un lujo que la guerra no podĂa permitirse.
La primera vez que desatĂ© mi poder en ese pĂĄramo desolado, no hubo premeditaciĂłn, no hubo estrategia consciente. Solo una necesidad visceral de detener la carnicerĂa, de silenciar el griterĂo. Y entonces... lo hice. La energĂa brotĂł de mĂ, una fuerza incontrolable que arrasĂł todo a su paso. Cuando el humo acre se disipĂł, revelando un paisaje devastado, no vi siluetas enemigas desmoronĂĄndose. Vi gente. Seres humanos convertidos en escombros humeantes. Y esa distinciĂłn... esa fue la verdadera punzada de horror.
Un sargento corpulento, con la mirada curtida por mil batallas, me dio una palmada en el hombro, la fuerza del golpe casi me hace tambalearme.
âBuen trabajo, Binary. Eficiente como siempre.
No pude responder. Las palabras se habĂan atascado en mi garganta, ahogadas por el sabor metĂĄlico del miedo y la culpa. No querĂa que ese lugar, ese acto, manchara el nombre que me habĂan impuesto. No querĂa que mi nombre quedara grabado en esa tierra maldita.
Por las noches, acurrucado en la trinchera frĂa, el estruendo lejano de la artillerĂa como un latido constante, las voces regresaban. No eran los gritos de los heridos, ni los lamentos de los moribundos. Era la voz de a***o. Fragmentada, distante, como si llegara desde un abismo insondable en mi propia mente. âLevĂĄntate, Ray.â Y yo lo hacĂa. Me enderezaba en la oscuridad, aunque ya estuviera de pie, aunque mis piernas temblaran de agotamiento. Una necesidad compulsiva de obedecer a un fantasma.
Al final de mi primer mes en ese infierno terrenal, encontrĂ© un fragmento de espejo roto clavado en un trozo de metal retorcido. La imagen que me devolviĂł era la de un extraño. Los rasgos eran los mismos, el corte de pelo reglamentario, el color de ojos... pero la luz se habĂa extinguido. HabĂa una opacidad, una dureza que no recordaba haber visto antes.
PensĂ© en mi hermano, en la forma en que su rostro se iluminaba al verme, en su reconocimiento instantĂĄneo. Y luego, un pensamiento mĂĄs oscuro y punzante me atravesĂł: tal vez... tal vez ya no me reconocerĂa. Y esa posibilidad, esa fractura en mi Ășltimo lazo con el pasado, doliĂł mĂĄs que todas las explosiones, mĂĄs que toda la sangre derramada.
âNo hay escapatoria de las cicatrices Son la tinta con la que el destino ha escrito mi nombre en las pĂĄginas de una guerra que nunca pedĂ. Y aunque el eco de un pasado perdido me llama, lo Ășnico que me queda es levantarme y avanzar en el desierto de mi alma.













