El virus que se comió nuestro tiempo 3: las crisis del futuro / Federico Navarrete
Desde el nuevo tiempo de 2020, el presente inédito en que nos ha colocado la pandemia de covid-19, es posible hablar en pasado de lo que era nuestro futuro hasta hace unas cuantas semanas. Más allá de nuestra voluntad, y más allá también de su propio poder otrora considerado invencible (se decía era más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo), la poderosa maquinaria para predecir y producir futuros rentables y “mejores” que se había extendido por el planeta en los últimos cuatro siglos se ha detenido como nunca antes. Aprovechemos esta circunstancia imprevista, e impredecible, para bajarnos de ese tren averiado, caminar al lado de las vías, tal vez alejarnos lo más posible para observar su maquinaria desde afuera y con cierta distancia.
Las vías de este ferrocarril imparable eran los mecanismos y las prácticas, las tecnologías y los conocimientos, las instituciones y costumbres que definían los futuros predecibles y rentables y luego los hacían verdaderos: mercados de valores, universidades, institutos públicos, hospitales, cárceles, la matemática de las probabilidades y la economía, las estadísticas, las redes de comunicación, aviones, barcos, autopistas, la ciencia, los inversionistas financieros, los mercados, etcétera. La locomotora que corría sobre este balizaje producido por ella misma era la máquina de la acumulación de capital, del avance de la ciencia, de la organización racional de la vida social y de la aplicación ética utilitaria moderna. Se consideraba a sí misma la locomotora del progreso, la vanguardia de la humanidad que inauguraba futuros a la vez redentores y lucrativos.
Entre el siglo XVIII y el XX fue posible imaginar que esa vía y ese tren se dirigían de manera inevitable a ese futuro más distante y más glorioso de la liberación humana, del triunfo de la ciencia y de la razón sobre las fuerzas de la naturaleza, la victoria final de la democracia o de la revolución. En 1784, XVIII, Immanuel Kant desarrolló su propuesta de una historia universal y cosmopolita, es decir, de toda la humanidad, conjuntando estos dos futuros. Utilizando las leyes de la estadística, afirmó que los futuros inmediatos producidos por la máquina de acumulación y conocimiento tenían que producir por necesidad un brillante desenlace final, de acuerdo a los principios de la evolución universal. Por ello aún los porvenires cercanos más atroces, como las guerras, conducirían inevitablemente un futuro glorioso: la instauración final de la paz mundial. Este uso mágico de la estadística servía también para hacer invisibles, irrelevantes los “daños colaterales” y la cancelación de los futuros de quienes fueran arrollados por esta maquinaria.
Desde fines del siglo XX, el distante y brillante porvenir de la liberación humana ha entrado en crisis. Los horizontes promisorios, construidos por la razón humana y su capacidad de “dominar a la naturaleza” han sido sustituidos por otros más amenazantes: las catástrofes ecológicas y humanas, el cambio climático. Por ello, hace unos meses los jóvenes del mundo se manifestaron para exigir un futuro, es decir, simplemente, cualquier horizonte de esperanzas positivas para el resto de su vida.
El derrumbe del futuro distante y liberador, sin embargo, no detuvo la maquinaria generadora de futuros cercanos. La acumulación capitalista, el desarrollo de la ciencia y la tecnología mantuvieron su rumbo, su aceleración desbocada. Más allá de las amenazas que se cernían detrás del horizonte, la política y la economía insistían en sus cálculos y predicciones rentables; casi todos nuestros dirigentes pretendían minimizar los riesgos más lejanos y afirmaban que no había más opción que seguir adelante de la misma manera de siempre. Un número creciente de científicos, mientras tanto, se concentraron en los estudios de riesgo, de las catástrofes naturales, de las epidemias, con la intención de mostrar su eficacia al impedir, o mitigar, sus efectos más nocivos.
De esta manera, la maquinaria de futuro se había convertido en un tren desbocado que no dejaba de acelerarse mientras destruía su entorno. Un creciente número de pensadores indígenas, de ecologistas, de científicos, de críticos culturales, de antropólogos han señalado los peligros de esta aceleración sin límites. Era evidente que el planeta no bastaba ya para que esta maquinaria continuara expandiéndose. La crisis de los incendios en Australia, y la tajante negativa de su gobierno a reconocer las causas profundas de esa emergencia, fue solo el ejemplo más reciente y flagrante de esta disonancia entre la maquinaria de creación de futuros y su entorno.
Y ahora en marzo de 2020, un ser nuevo se ha expandido a una velocidad vertiginosa, infectando y secuestrando los mismos mecanismos de construcción del futuro. La aceleración alarmante de esta epidemia ha sido facilitada por los mismos mecanismos sociales y tecnológicos que aceleraban nuestra vida. Al mismo tiempo esta gran aceleración viral ha logrado parar, ha frenado esas maquinarias que parecían imparables. Un actor no humano, el coronavirus, ha desacelerado a la humanidad, de una manera que hubiera resultado imposible para gobiernos y grandes empresas, para cualquier sociedad, estado u organización humana, como no lo consiguieron ninguno de los movimientos revolucionarios de los últimos dos siglos.
Conforme pasan los días en nuestro nuevo presente, resulta claro que volver a arrancar esta maquinaria, restaurar nuestro viejo futuro, reanudar el camino de la aceleración y la acumulación sin fin, resultará muy difícil, inmensamente costoso. Lo será en términos de vidas humanas si nos precipitamos en “volver a la normalidad”, como están planteando con un cinismo obsceno muchos irresponsables urgidos por volver a la rentable normalidad de sus negocios. Lo será también en términos sociales y políticos si dejamos que pase más tiempo. Y tampoco hay ninguna garantía de que la máquina, una vez restaurada, sea capaz de resolver los problemas que generó la crisis epidemiológica, como antes era evidente que no podía, ni quería, resolver los problemas sociales, ecológicos y políticos que ella misma creaba, las “externalidades” que ignoraba.
Por eso esta es una oportunidad única para que todos pensemos, para que todas decidamos si queremos seguir ese camino, si queremos volver a arrancar a esa máquina, o si podemos imaginar juntas y juntas otros porvenires. Este es el momento para nuestra imaginación creativa, para abrir más espacio a las formas de vida y las prácticas sociales de los grupos humanos que no participaban en esa maquinaria, para dejar crecer, otra vez, la solidaridad y el cuidado mutuos. Este presente inusitado y pasmado nos puede permitir sentarnos a pensar e inventar maneras diferentes de imaginar y construir otros futuros, tal vez menos destructivos y más justos.
Fuente: https://cosmohistoria.wordpress.com/el-virus-que-se-comio/Navarrete
[Publicado 13/abril/2020]