Siendo docente de alumnos adolescentes, siempre procuré improvisar clases orientadas a la Educación sexual, aún cuando la materia no se relacionaba directamente. En la mayoría de los casos se trataba de chicos y chicas de 17 o 18 años, con un pasar económico estable y un acceso aparentemente irrestricto a la información y la tecnología. Sintiéndose libres y cómodos, se sinceraban. He escuchado a uno de ellos decir, "Que suerte que no somos gays, nunca vamos a tener Sida". Otra vez preguntaron si era verdad que la masturbación hacía crecer pelos en las manos y si podía nacer un bebé producto de un encuentro sexual entre un hombre y una chancha. Otra, si podía haber embarazo tras mantener sexo anal, y "que bueno que no, así no me cuido"; también, si una mujer podía concebir en su primera vez y si el sexo oral conllevaba algún riesgo de E.T.S. Hablando sobre métodos anticonceptivos, uno de ellos dijo que su novia tomaba "la pastilla del día después" luego de cada coito, creyendo que eran las pastillas conocidas como anticonceptivas. Muchos, contaban los días de manera errática o lo echaban a suerte. Entre las chicas, era habitual escuchar que les daba vergüenza pedir a sus parejas que se cuidasen, sin mencionar las que accedieron a tener relaciones por sentirse presionadas o directamente forzadas, y las dificultades para identificar todo aquello como un abuso, y estoy obviando aquí los casos más graves de vulneración. Estamos hablando de personas sexualmente activas, que carecen de la información necesaria para cuidarse y cuidar. Tal vez, incluso con familias que creen haber tenido un diálogo fructífero con sus hijos y que no necesitan saber más. Y lo necesitan mucho. El bombardeo de información al que acceden a veces los confunde más si no cuentan con espacios de libertad y expresión en los cuales no sientan vergüenza de no saber, de no querer, de no responder a estereotipos, de expresar sus vivencias, sus miedos y dudas. Para algunos el hogar es el refugio; pero no para todos. Y si la escuela tampoco lo es, no habrá espacio para ellos y serán personas presas de sus secretos, o avergonzadas de lo que son, o transitando vivencias que no eligieron vivir. La Educación Sexual Integral es identidad, protección y decisión. Como suele suceder con la información, es poder. Es libertad. No tuvimos acceso a eso, hace siglos que la sexualidad se vive como la Ley de la Selva: se aprende como se puede, con pares, con información confusa que se recibe desde medios hegemónicos o de fuentes no profesionales. Es el momento de que eso cambie, y la Educación Sexual Integral es la herramienta. Se lo debemos a las generaciones venideras.