Lloré mucho. Lloré como nunca pensé llorar por alguien. Lloré en silencio, lloré sola, lloré preguntándome qué tenía de malo yo para no ser suficiente. Cada duda me rompía un poco más, cada ausencia suya me hacía sentir pequeña. Me llenó de inseguridades, de miedo a perderlo, de una ansiedad que se volvió parte de mí.
Acepté migajas sabiendo que merecía más. Acepté sentirme menos, dudar de mí, romperme por dentro mientras él seguía como si nada. Y eso es lo que más duele ahora: no solo lo que él hizo, sino saber que yo me quedé aun cuando el mundo entero parecía decirme que no lo hiciera.













