Para adquirir esa soledad absoluta que necesita si desea realizar su trabajo – surgida de una nada que a la vez se colmará y se hará perceptible – el poeta puede exponerse al peligro en una posición que será para él la más peligrosa. Cruelmente, aparta todo
curioso, todo amigo, toda solicitud, que pudiera inclinar su obra hacia el mundo. Si quiere puede proceder así: soltar a su alrededor un olor tan nauseabundo, tan negro, que se extravíe en él y se medio asfixie a sí mismo. La gente le huye. Está solo. Su aparente maldición le permite todas las audacias puesto que ninguna mirada le turba. He ahí que se mueva en un elemento que se parece a la muerte: al desierto. Su palabra no despierta ningún eco. Como debe expresarse sin dirigirse a nadie, sin que deba ya ser comprendido por ningún otro ser viviente, es una necesidad que no se requiere para la vida, sino para la muerte que es la que manda.