Hombre roto: Diez poemas
Ilustración: Maan Ali
Estos diez textos breves son un homenaje respetuoso a RBN
I
Desde la soledad que se desprende de las paredes, escribo.
Desde el silencio que enmarca las ventanas.
Desde las manos desnudas, que da miedo acariciar los espejos
y descubrirme, de nuevo, solo con mis arrugas.
Desde la música que respiro, repitiendo tu nombre como camaleón herido.
Desde este espacio vacío, entre mis dedos y el teclado:
Les grito en silencio, en esta oscuridad que cala los huesos.
Desde esta soledad de hombre, converso contigo, sea quien seas en este momento.
II
Miro el cielo, caer la noche por las aceras,
alguna pareja de ocasión extraviada bajo los árboles.
Escucho la tristeza patear las sillas.
A favor de nadie enciendo un cigarrillo y pienso en mi padre.
Cansado, viejo, me escurro como una sombra por estos rincones amarillos.
Busco entre el polvo melodías de antaño, la voz de mi madre pronunciar mi nombre.
Encuentro las puertas desorbitadas, habitaciones, camas vacías que dan miedo.
Miro mis ojos, soy yo, soy yo repito y miro mis ojos.
Me reconozco en las facciones de hombre viejo.
En la voz de ultratumba que tanto desprecio.
De mis manos nacen grietas, abismos, sitios fantasmales que cierro los ojos para no llorarlos.
Entonces pienso en largas escaleras y me cuesta despertar de ese sueño espantoso.
III
Desde lo solos y angustiados que nos sentimos rodeados de personas,
hasta la noche amorosa en que después quisiéramos recorrer las frías calles de la ciudad
e incendiar cuanto automóvil encontráramos.
Los que acudimos a lugares tan tétricos que los presentes tachonan las paredes con sonrisas y besos falsos que duele el cuerpo de solo pensarlo.
Somos los que buscan los rincones más oscuros para beber una cerveza y deshacer el nudo en nuestra garganta.
Quizás ver bailar a las damas y guardar un bonito recuerdo en nuestra eterna soledad de seres extraños.
Somos los que regresan solos a casa, destruidos del alma, con nuestras manos pesadas de tanto vacío.
Los que siempre despertamos a media noche y volvemos silenciosos a mirar fotografías de otros tiempos.
IV
En nuestra desventura, encontramos herméticas y tóxicas oficinas o supermercados, plagados de seres fríos que da la sensación de estar en otro mundo o de ser unas sombras.
Miro las paredes desprenderse de su sitio y derrumbarse como se derrumba una canción sobre los pechos tristes.
Y desde las bancas, en los parques, solitarios como estatuas, grises, arrastrados por el tiempo en su muerte lenta, nos encontramos resignados.
Contemplamos, de esa forma, lo ridículo, como un don en el cual nos refugiamos placenteramente.
Entonces, volvemos a nuestra tristeza y nos refugiamos como caballos desahuciados, temerosos y angustiados.
V
Como esperando la bofetada o el desprecio, abrazamos.
Nos entregamos fácil a la grilla dejándonos llevar río abajo.
Y en la ruta, se nos confunde con pordioseros escapados de manicomios o venidos a menos.
Entonces, en la penumbra de nuestra alcoba encendemos cigarrillos de muerte y leemos poemas garabateados en los muebles.
Volvemos pateados por nuestra desdicha, iluminados por una luz opaca, de lluvia, en nuestra desgracia de moluscos prietos.
VI
Atormentados por las noches de lluvia, iluminados ligeramente por pálidas velas, practicamos un novenario a servicio de nadie y nombramos apenas con los dedos de una mano a nuestros amigos, pensando menos de dos.
Entonces, escribimos largas cartas a destinatarios fantasmas y volcados en nuestra depresión de viejos abrimos una cerveza a salud de alguien y miramos por la ventana sombras cortejando la nada.
Pensamos en los necesitados de compañías fúnebres, como carroña de aves rapaces.
Quizás también, que los tristes somos lisiados o enfermos terminales.
Y despertamos, destruidos, enfermos de nuestra propia melancolía como seres extraños en un país de mierda.
VII
Reventados de lo mismo, entendemos que la vida es una especie de plano en el cual no se brilla desde la experimentación artística sino desde la pulcritud de la tiranía y la corrupción del poder.
Pensamos esto y, retratamos la historia en blanco y negro o escribimos la partitura de nuestra propia desgracia.
Por decirlo de alguna forma, nos arropamos en un lado b de la existencia y colgamos en el cascaron de nuestras paredes las prendas íntimas de nuestra soledad.
Seguimos de largo, hasta estrellarnos de frente con nosotros mismos como un deja vu de nuestra roída vida de vagabundos del karma.
VIII
Celebramos la soledad desde el silencio en los bordes de las camas.
Desde nuestra sombra clavada en la pared,
como pinturas de bisontes en las cavernas.
Somos los inadaptados, los dementes,
los que al pretender la charla alzamos la voz y somos señalados.
Los que a pesar de nuestras corbatas pretendemos el salto, el puñetazo.
Los que a media noche abren las ventanas y aúllan a la luna.
Somos los que deprimidos salimos a las calles dejando un rastro de moho.
Iluminados, por una luz opaca, de muerte.
IX
Extraviados, en terroríficos pasillos, como de hospitales o sanatorios,
encontramos la paz.
Trazados, bruscamente, en pinceladas grotescas que da asco estar vivo,
nos vemos siempre.
Nuestra condición de pordioseros nos protege de la intemperie y de bombas atómicas.
Elogiamos la nada, pretendemos la nada.
Buscamos en mugrosos rincones, el equilibrio, la calidez de una tormenta en un charco tocado por dios o ciudadano del mundo.
Vivimos con la música en un frenesí epiléptico, motivado por los tendones de nuestros brazos.
Exigimos a golpe de nuestros puños la serenidad, fruto de nuestra congoja.
Y entonamos nuestra derrota como un triunfo en la melodía del placer.
X
Héroes de los caídos en cualquier barrio de la ciudad.
Individuos, como sombras o sueños en callejones llenos de ratas.
Almas condenadas, arrastrándose por la ciudad.
Esos y muchos más soy, en las noches de juerga en que pretendo el rayo fugaz de la bebida correr por mi cuerpo, decrepito y mal oliente.
Miro el cielo, caer la noche entera.
El oscuro dolor frenar mis pasos, el frío en mi rostro, besar asfalto.
Los héroes son luchadores de plástico guardados en la infancia.
Recuerdos que me hacen llorar y ser un hombre roto.












