El sacrílego acto de criar a un niño me parece letal, corruptivo, inhóspito. Al menos que se lo encerrara en una burbuja para evitar el contacto, educar significa una condena a lo perecedero.
Cuando me enteré de mi embarazo, abandoné de inmediato a mi marido. Pensar en la hostilidad de seguir viendo su cuerpo desnudo, arremetía en mi consciencia como una carne llena de nódulos. Mirar los músculos de su pecho tosco y su pelvis fluida, sujetando un libidinoso falo… ¡pobre expedito!
Fui a dar a la habitación de un hotel lejano y tapicé absolutamente todo de blanco. Deseché el reloj porque me recordaba al sexo y prescindí del radio donde todo lo que se transmitía me parecía sicalíptico. Dejé de beber agua en vasos porque el grosero acto me resultaba obsceno: líquido entrando y saliendo en un chorro como el semen cayendo de un pene erecto a una mucosa con su repliegue hendido. Hasta respirar me parecía impúdico: inhalación, introducción, orgasmo.
Tuve que reprimir muchas veces las necesidades de mi sistema exocrino. Permitir el desfogue anal me parecía un cometimiento lúbrico; orinar por mi abultado conducto, un comportamiento lascivo. ¿Por qué no se creó un sistema de expulsión menos lujurioso que tener que arrojarlo todo con las piernas abiertas?
Me amarré una soga desde la cintura hasta los pies y caminaba ahora dando pequeños saltos. Cagaba parada y meaba sobre mi propio cuerpo. Cuando quería dormir, simplemente me inclinaba sobre la cama y dejaba caer todo mi peso encima. Era una doncella púdica, inocente, inmaculada.
Todo parecía casto hasta un día sabatino en el que me sorprendió una inevitable concupiscencia: llegó a mi puerta mi remoto marido. Cuando abrí con la lengua el picaporte, porque estaban ajustadas mis manos a la zona de mis genitales, entró, soltó y dio movilidad a mis brazos para poner en ellos al niño. De pronto, me sentí atraída por su cuerpo lívido, rijosa quité el hedor de mi sodomítico bulto y empecé a penetrar el olvidado hueco para que el que lloraba en mis brazos, no se sintiera solo.