Catoptrofobia
Nunca he permitido que en mi casa hayan espejos. Esquivo incluso toda materia que ofrezca un reflejo a través de su forma. Nadie diría que es posible tenerle miedo a su propia existencia; sin embargo, cuando la imagen que se proyecta reclama tu vida, ¿quién no temería?
Cuando me veo en el espejo, siento que mi vida se paraliza. Enormes gotas de sudor descienden por mi cara mientras la proyección de mi cuerpo recobra su aliento. Si las personas observaran las imágenes obscenas que mi cuerpo me ofrece, seguramente compartirían mi desesperación y mi tristeza.
La mujer tierna y hermosa que tengo de mí misma se convierte en una imagen de facciones aberrantes. La nariz chueca, los ojos en cada una de las mejillas, las orejas en la boca y la boca en una de las orejas. ¡Dios! Qué tipo de monstruo es el que se refleja haciéndome perder mi gracia sin misericordia.
Aquel tiempo de inicio de semana me prometí darle término al clamor de mis angustias. El espejo de cuerpo completo que había adquirido estaba en medio de la sala, cubierto por una gran cortina. Cuando quité la tela blanca, mi figura monstruosa, desde el rincón más lejano, astutamente me acechaba. Yo la veía sacar su lengua huraña a través de su oreja recortada y sucia.
– ¡Perra! ¡Perra! –le decía, como si con insultos mis asperezas conmigo misma se olvidaran–. ¡Perra! De este lado soy una mujer bonita.
Obstinada por acabar finalmente mi batalla, me dispuse a darle un golpe que quebrara por completo sus entrañas bifrontistas; sin embargo, en el impacto incontenible, mi cuerpo entero cayó en el lugar donde se encontraba mi reflejo. Ahora que yo estaba dentro del espejo, me veía a mí misma intentando ser hermosa de una manera desesperada. Convine inoportuno mostrarme entonces como el reflejo en el que ahora yo consisto. En vez de hacer las sornas y los agravios que antes mi reflejo me hacía, me acomodé las mejillas, metí la lengua dentro de mi oreja y succioné mi nariz a través de mi boca. Con un poco de dificultad, pero con éxito, logré atisbar una incipiente sonrisa.
La mujer que miraba tal vez no era del todo hermosa pero guardaba en su mirada, por fin, una contemplación más tranquila.
Jordy Robles










