Viajar con el paladar
Gerswalde, Alemania, abril 2020
Siempre fui del equipo de los que ponen la mesa y lavan los platos. He tenido la intención de aprender a cocinar “en serio” en varias oportunidades, pero nunca fue tan fuerte como para ejercitarlo. O por tiempo o por prioridades, siempre quedaba a lo último del listado. Creo que porque nunca me tomé el cocinar como un momento de distinción o disfrute, sino más bien como un medio para un fin: cocinar para comer.
Ahora el destino me puso en un lugar donde diariamente ayudo a Lola, una directora de cine amante de la cocina, quién nos sorprende cotidianamente con platos de diferentes partes del mundo: Masala Dosa de India, Spaghettis al Nero di Seppia de Italia, y el Okonomiyaki de Japón (mi preferido), entre tantos otros. Siempre hay un libro de recetas de India, Japón, Italia, Alemania o de cualquier otra parte del mundo dando vueltas por la cocina. Y como estoy en un país que no es el mío, hasta lo que para ellos es cotidiano y no necesitan de la receta, a mí me resulta nuevo, como el Sauerkraut, también conocido como Chucrut, o el Brozeit (traducido al inglés como "bread time", algo que se asemeja a nuestras brusquetas: rodajas de pan con diferentes ingredientes arriba). Yo tomo apuntes y fotos de todo.
Sin darme cuenta, se fue despertando en mí un gran interés por estar al lado de ella a la hora de cocinar.
A las semanas llegó a la casa Anna, que tiene una mano increíble con los postres y con la cocina, aunque ella solo diga que es "simplemente seguir las instrucciones". Y además de permitirme saborear sus recetas, y compartirmelas (algún día las traduciré del alemán al español), tiene un libro de hierbas silvestres comestibles. Cuando salimos a caminar o a andar en bicicleta por el campo de Uckermark, y frenamos a las orillas del camino, ella, atenta al suelo, empieza a recolectar hojitas y flores y me da de probar, mientras me explica qué características tienen que tener para saber cuáles se pueden comer y cuáles son de las venenosas (al personaje de la película Into the Wild le hubiera servido mucho conocer a una Anna). Yo le digo que con esto ya está preparada para el apocalipsis.
Hace unas semanas vino de visita Gonzalo, un chef y fotógrafo madrileño que vive hace varios años en Berlín, de quién había tenido la oportunidad de conocer parte de su historia en uno de los libros de recetas que hay en la casa. Y de repente estábamos todos alrededor de la cocina, experimentando con ingredientes, mientras mis ojos no dejaban de lado ningún detalle: Brusquetas con ajo, tomate, aceite de oliva y flores silvestres salteadas en manteca; Salteado de raíces de una planta que habíamos desenterrado del jardín esa tarde con Marie y Lola; Un revuelto de lentejas y papá agridulce; Ensalada de hojas silvestres con semillas y aceite; Sopa de hojas silvestres y papa; Pan improvisado con hojas silvestres y miel; Hummus con flores y hojas silvestres, semillas y aceite; Y, como frutilla del postre justamente: Cheesecake, el clásico porque es inmejorable!
Aprendí a disfrutar que con el paladar también se viaja, algo que mi amigo Ernesto sabe bien, y su cara es inigualable cuando está a punto de probar el jugo típico del lugar, mientras yo le saco fotos intentando captar el momento justo.
Pero hoy ya no me quedo con solo probar, quiero llevarme como souvenir esas recetas de las cosas que más me gustan, de las más raras o de las más simples.
Entonces, comiendo comidas de diferentes partes del mundo, y otras veces platos experimentales, en una cocina del noreste de Alemania, pienso en que el disfrute no solo es sentarse todos alrededor de la mesa a compartir los alimentos, sino también compartir ese proceso de elaboración, que a veces nos conecta más, y se transforma en un momento más íntimo para conocernos mejor, compartir, entre otras cosas, secretos y no solo de cocina. También que podemos experimentar, no siempre hace falta seguir las recetas.
Gerswalde, Alemania













