Una sonrisa ladeada atravesaba su rostro, mientras caminaba con la liviandad y el sigilo que caracterizaba a su fantasmal cuerpo, a lo largo del silencioso pasillo. Sus ojos se habían encontrado con una figura que no reconocía como una de los suyos, ya que en ella, a diferencia de lo que pasaba con él, aún se podía percibir vida. No tenía pensado mostrarse ante aquella muchacha que yacía abrazando sus piernas en el frío suelo del pasillo del instituto, así que no le extrañaba que, como tantas otras personas lo habían hecho con anterioridad, ella ni siquiera se inmutara ante su presencia. Después de todo, aquella era su intención al presentarse frente a ella como un ente invisible, imperceptiblemente silencioso, y que ante los ojos de la muchacha ni siquiera existía.
Espió sobre su hombro, para confirmar que nadie más estuviera cerca, y tras comprobarlo avanzó un par de pasos hacia ella. La postura en la que se encontraba la hacía parecer frágil e inofensiva. Era evidente para él, que ya acostumbraba a reconocer a las personas que se hallaban en un abismo exhaustivo de dolor, de sufrimiento, o de desesperación, que bastaría con provocar un pequeño sobresalto para hacerla perder por completo la poca calma que le quedaba, y oírla gritar con una voz tan aguda que sonaría como música para sus oídos. Luego huiría espantada por un acto que posteriormente sería atribuido a delirios provocados por algo que tuviera explicación lógica, y él reía burlonamente, como de costumbre.
Sonrió, observando a cada rincón del pasillo y preguntándose cuál de todos los objetos a su alcance resultarían más efectivos, aunque estaba seguro de que cualquiera le alcanzaría para cumplir su objetivo. Acortó la distancia que lo separaba con la pequeña y frágil muchachita, y al encontrarse junto a ella, sus oídos se llenaron instantáneamente con el sonido más lastimoso que podían oír: un sollozo. Una mueca se trazó sobre sus labios, mientras su mirada se dirigía de lleno al rostro pálido que, como acababa de percatarse, estaba cubierto de lágrimas. Ella estaba en su estado más vulnerable, el estado en que cualquier poltergeist aprovecharía para hacerla perder la cordura, y presenciar un espectáculo sin dudas divertido. Ella, gritando desesperada, llorando por su dolor y la confusión del momento, y posteriormente corriendo lejos del lugar, en busca de ayuda si era tan estúpida como para confiar a alguien lo presenciado, o en busca de un refugio si aún le quedaba un poco de sensatez. Sin embargo, Grisam no podía más que relacionar aquél suave y casi imperceptible sollozo con aquellos que había escuchado soltar su hermano en más de una ocasión, cuando a mitad de la noche lo invadían aquellos sentimientos de desazón que desataban dentro de su cuerpo la más profunda depresión, aquél desgano por continuar soportando situaciones desagradables, que lo llenaban de ansias suicidas.
Aquél sonido le hería el alma, si es que aún poseía alguna, y le impedía actuar con la naturalidad que caracterizaba a los de su tipo. Su mente y cuerpo se paralizaban, como si el sonido lo anonadara, e inevitablemente retrocedía en el tiempo hasta aquellas terribles noches que en más de una oportunidad le quitaron el sueño. La figura de la chica se transformaba por milésimas de segundos en una idéntica a la suya, y sus sollozos se transformaban en los de su hermano gemelo, destruyendo cualquier fortaleza que aún poseyera en su interior. Siendo apenas consciente de ello, se había acuclillado frente a la joven, con su rostro a pocos centímetros de las rodillas que ella abrazaba; el aire se había acumulado en su garganta, y al ser consciente de ello lo soltó sin más, provocando que su frío suspiro chocara contra la piel desnuda de la muchacha. Ella levantó su cabeza, escondida anteriormente en su regazo, y sus grandes ojos azules se cruzaron con los de Grisam, sin que siquiera pudiera observarlos de la manera en que él podía. Su llanto había cesado, porque aquella inesperada brisa percibida por la piel de sus rodillas, que instantáneamente se había erizado, habían logrado distraerla de cualquiera fuera el motivo que la llevaba a llorar. Como si estuviera siendo víctima de la hipnosis, los ojos de Grisam se enfocaron fijamente en los de la muchacha, en aquél brillo lleno de vida que los caracterizaba, y que le provocaban una terrible sensación de vacío. Observaba en ella todo aquello que él ya no tenía, todo lo que había perdido por su estupidez, y todo lo que ella aún conservaba. Quería sentir la calidez del aquél cuerpo que aún tenía vida hacer contraste con la frialdad de su piel, aquello que desde su muerte se había convertido en uno de sus nuevos y más satisfactorios placeres, y que ahora lo llevaba a alzar delicadamente su mano para acercarla hacia aquella mejilla cubierta por lágrimas. La joven se sobresaltó, antes de que siquiera pudiera tocarla, y por un momento él creyó haberle permitido accidentalmente, o sin pensarlo, que ella pudiera verlo. Se alejó instintivamente, y fue entonces cuando escuchó los sonidos de suelas de zapatos golpear contra el suelo de madera: alguien se acercaba. Supo, entonces, que aquello era lo que había sobresaltado a la muchacha, haciendo que se levantara inmediatamente de su lugar, y que luego corriera casi tan sigilosa como él, gracias a que sus pies estaban descalzos, a lo largo del pasillo. Al llegar al final, se detuvo, y se giró en dirección al espacio que había abandonado recientemente, como si esperara ver a alguien o algo detrás de ella, como si esperara verlo a él. Al no tener éxito en ello, se volteó nuevamente y retomó su marcha. Grisam, aturdido por el acontecimiento reciente, dejó caer su peso contra el muro que conformaba las paredes del pasillo, y fijó su vista en el suelo, tratando de aclarar sus pensamientos, sus sentimientos, y tratando de recuperarse para regresar a ser quién siempre era. Tendría que acostumbrarse a escuchar aquellos sollozos sin pensar en su hermano, tendría que inmunizarse ante ellos, y evitar que lo hicieran perder la consciencia otra vez, porque no podía permitirse pasar por algo así nuevamente, no podía dejar que sus debilidades se expusieran tan libremente fuera de sí.