La biblia dice que Dios olvida nuestros pecados cuando nos arrepentimos y buscamos su perdón, los echa al fondo del mar, los lleva tan lejos de nosotros como está el oriente del occidente; ¡Wow! Dios es supremamente sorprendente e incomparable. Esto último lo digo porque nadie más puede hacer lo que Él hace.
Nosotros, en nuestra humanidad, no podemos olvidar las ofensas de otros fácilmente porque nos duelen, nos hieren, nos dañan, se crea una sed de justicia (la nuestra), y nos taladran la mente una y otra vez haciendo eco, como si la ofensa reviviera junto con los sentimientos y los recuerdos, solo para exprimirnos el corazón.
Pero nosotros, en Jesús, podemos perdonar hasta que ya no duela más. Dios nos capacita a través de su Espíritu para que podamos hacerlo. No quiere decir que perdonamos y no recordamos, sanamos nuestro corazón mágicamente y ya está. ¡No! Creo en que es un proceso que consiste en perdonar una y otra vez con ayuda del Espíritu Santo, y nuestro corazón irá sanando a medida que sacamos el veneno de él. Perdonar es como limpiar el corazón.
Hay algo que me duele todavía cuando lo recuerdo, y lloraba. Vi mi humanidad ahí, yo, mi dolor, mi tristeza, mi rabia... Pero casi de inmediato viene un recuerdo aún mayor que me lleva a perdonar y a extender gracia. Recuerdo que Jesús, sin merecerlo, murió para que yo pudiera tener el perdón de mis pecados, de todos, por muy oscuros que sean. Ahí, justo ahí, veo al Espíritu de Dios ayudándome a dar de lo que recibo todos los días.
Jesús nos llama a amar, a tener compasión, a dar gracia, porque Él la tuvo y la tiene con nosotros.
Leía en alguna publicación: "estamos llamados a ser compasivos, no a criticar", es cierto.
Ser como Jesús no es fácil pero lo intento confiando en que Dios mismo terminará ese trabajo en mí.
13 de mayo, 12:07 a.m.