Les presento a su majestad El Flamboyán. Para quien ha vivido en la Ciudad de México y ha visto la lluvia de jacarandas pintar las calles de lila, esto es lo más parecido que encontrará en este lado de la Península. No es que estén por todas partes… Todavía. Algo pasa con estas bellezas que la gente empieza a plantarlas y a procurarlas. El árbol de las flamas rojas (etimología rocks) parece ganar terreno en esta ciudad tan ingrata con la naturaleza. Los chaparritos que se ven en los camellones han de ser bebés. Pero hay unos veinteañeros inmensos cubriendo las esquinas con su domo encendido. Su sombra es bella y generosa. Además, dan unas semillas que más bien parecen cartuchos; vienen en unas vainas duras que cuando las agitas al ritmo del cumbión, hacen chhh chk chhhh chk chhhh, como maracas, pues. A ratos también huelen a almizcle, pero no tanto como las jacarandas. Eso es lo de menos, en verdad. Cuando puedes detenerte bajo su sombra y llenarte los ojos con sus contraste, entiendes que en el corazón siempre hay lugar para nuevos amores forestales. Y sí, la del vestido color Flamboyán soy yo, posando ridículamente sobre una de mis piezas de ingeniería tropical favorita, la celosía, que se merece su propio post.













