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Y en medio de la niebla, solo puedo ver el horror en tu rostro.
El rocío del techo acuoso caía sobre ellos mientras vestían de vigor y metal. El rubio sentía el aire escasear, el pecho subiendo y bajando mientras veía a su antiguo compañero frente a frente; aquel cabello verdoso que tanto le recordaba a los campos silvestres ahora le parecían algas marinas, danzando en este profundo abismo que se encontraban.
El pilar del ártico era imponente detrás del finlandés, aquel obelisco de piedra caliza sin rasguños parecía tan perpetuo e inamovible como lo era la convicción de su amigo.
¿Acaso podía seguir llamándolo amigo?
En aquel iris que le quedaba, que en su momento eran de un verde esperanza que calentaba su espíritu cuando el frío de Siberia llegaba al doble dígitos bajo cero, cuando Camus mantenía un perfil serio mientras los veía corroerse en la ventisca que llegaba a calar hasta los huesos. Maldijo ese momento que lo vio envuelto en una sed de furia y resentimiento, sin poder hacer nada cuando su necia cabeza sabía que su madre estaba tan cerca.
Aun recordaba la heladas del agua, la forma en la que los dedos se le ponían tan morados que temía una necrosis, los labios como si comieran moras, aunque siempre la cena sabía a pescado y pan duro, donde el único consuelo era sumergirse en ese abismo de agua congelada y llevarle una rosa a la bella durmiente que lo protegía en su lecho. Alguna vez, en sus momentos más bajos, quiso llevarlo a verla, pero sus pensamientos se mantenían estancos al mostrar esa parte de su vida, prefería a su pura y tediosa voluntad que Dios solo le permita a él el goce de observarla como un querubín que merecería aprecio.
—Hyoga —La voz ronca de su amigo le hizo salir de aquella ensoñación, la furia se caía como gotas de estalactitas entre sus encías, estaba furioso y le sobraban motivos.
—Isaak, no puedo creer qué estás…
—¿Vivo? —Su risa sonó con algo que era burla y luego rabia —¿Acaso me esperabas muerto?
—¡Claro que no! —Puso una mano en su pecho, ofendido, preocupado, aliviado —Pero si estabas vivo… debías volver, teníamos una promesa.
—No voy a pelear por una armadura que ya tiene dueño, Hyoga —Repasó las manos por su propio ropaje, el orgullo le hizo vibrar los huesos —Además, luego de creerme muerto en aquel inmenso mar, fui salvado por el Dios Poseidón y me brindó una armadura mil veces mejor.
—Tonterías… él no es tu Dios, eras incluso más fiel a Athena que yo.
—Cuando alguien te salva la vida debes ser agradecido, Hyoga.
—¿Esa es tu decisión, entonces?
—Lo es… desde hace años, desde que me abandonaron.
—¡No hubo un día qué no pensé en ti, Isaak!
—¡Mientes! —Su voz hizo eco en medio del campo de batalla —Jamás me buscaste.
—¡Ni siquiera sabía dónde encontrar tu cuerpo!
—Te sumergías por tu madre noche y día, pero supongo que nada valía más.
—Isaak…
Agotado y envuelto en cólera se acercó a él, tan rápido y ofuscado ni siquiera pensó cuando dio el golpe, reventando el costado izquierdo del rostro de Hyoga. La sangre le manchó parte de su perfil, furioso por sus palabras, por las mentiras, por la traición. Su puñetazo fue profundo, cortando más allá del párpado, pudo ver el tajo sanguinolento que chorreaba. Por un momento logró recordar ese escozor, lo que era perder un ojo, perderse en el infinito océano y como la luz cálida de un Dios que no veneraba lo acogió a su lecho y como prometió purgar los males de este mundo.
Nadie era tan estúpido de no permanecer al lado de la mano que te había dado una segunda oportunidad.
Hyoga gimoteó en el piso sosteniendo su cara, el ardor generaba mareo, la sangre no le permitía ver en lo absoluto, le debió cortar desde la córnea hasta profundo en el globo ocular, los nervios de su cabeza punzaban a la vez que intentaba mantenerse alerta, Isaak seguía frente de él, cualquier otro ataque sería su fin si no se mantenía al tanto.
Pero en cambio, Isaak se agachó a su altura y lo observó.
—¿Duele, Hyoga? ¿Duele perder un ojo, perder todo lo que amas, perder el rumbo totalmente?
Iba a contestar qué se lo merecía, obtener una herida igual a la que el finlandés se había sometido, nivelar la balanza, pero algo en su expresión le decía que no era suficiente, en lo absoluto.
Sintió la gelidez de esos dedos tocar su pómulo, haciéndole saltar como un gato asustado, pero inmovilizándolo a la vez que su excompañero retiraba su mano para ver la herida. Había rasgado buena parte del párpado, el globo estaba casi partido en dos, irrecuperable cuanto menos, aquellos bonitos ojos de hielo se habían puestos tremulosos, la adrenalina mezclada con pavor, con condescendencia. Manchó sus dedos con sangre mientras observaba el desastre que había provocado su golpe, pero aún no era suficiente, él había perdido la totalidad de su ojo y Hyoga debería obtener el mismo destino.
Ante la sorpresa del ruso, sus dedos se infiltraron entre las pestañas, uno por el lagrimal y el otro por el costado contrario, con un movimiento rápido se adentró a buscar el nervio, Hyoga gritó, tan alto que creyó que todo el ártico lo habían escuchado, hasta su madre debía haberse removido en su tumba ante los alaridos desesperados de su hijo. Escarbó como quién busca quitar un diamante de un hueco, dejando que el cosmos frío fluya entre sus dedos para ir anestesiando la zona. Al sentir aquel hilo que conectaba en la mácula clavó sus uñas buscando cortarlo, dejando que el hielo tome más fuerza, escarchando la zona a la vez que la suturaba con su cosmos.
Hizo palanca con una destreza nata, el sonido de pop pareció hacer eco en el silencio que de pronto ambos se habían sucumbido. Hyoga parecía haber entrado en estado de shock, Isaak solo observó su premio escurrir entre sus dedos. Había obtenido lo que siempre quiso, jugueteó entre sus dedos mirando la pequeña pelota que una vez tuvo la función de observar, ahora, sin mucha utilidad. El iris celeste tenía la pupila dilatada, el corte vertical lo abrió en capas y él, eufórico, megalómano hasta la médula, lamió frente a Hyoga, el pedazo muerto de su anatomía. Eso pareció volverlo a vida, el sabor salado de sangre y lágrimas se impregnó en su boca antes de que con sus colmillos desgarrar los tejidos y masticarlo en su boca sintiendo la masa asquerosa mezclarse en su boca hasta hacerlo salivar. Lo pasó por la garganta sin mucho problema, Hyoga tenía la boca abierta, no podía encontrar palabras para descifrar lo que su mente estaba formulando, así que solo permaneció en silencio, esperando que Isaak diga algo.
—Siempre fuiste un llorón, espero que esto te haga entrar en razón —Con el dorso de su mano limpió los restos de sus labios, una expresión maníaca en su rostro —Aunque aún puedo llenarte de lágrimas.
Hyoga quiso balbucear algo, debía congelarle las piernas y pelear, morir con honor como un guerrero, aunque todo su cuerpo le pedía inhabilitarlo y correr, lejos, tan lejos que Isaak jamás pueda encontrarlo, lejos, para poder temblar y llorar contra el lecho de su madre, donde Camus le arropara por la fiebre alta, donde los muchachos le hicieran bromas y no tuviera que enfrentarse a este demonio.
Oh, señor Jesús Cristo, salve la vida de este miserable.
El sonido de metal cayendo nuevamente lo alertó, con la poca visión que tenía por las lágrimas logró observar como la silueta que estaba de un dorado oxidado mostraba los harapos de entrenamiento, aquella tela que mostraba algo de polvo y una gran mancha húmeda. Pudo notarlo, el relieve de una calentura que conocía bien en su propia fisonomía tragó lento, viendo como su hermano de armas liberaba de su confín a su verdugo. Isaak se frotó frente a él sin pudor, dejando que su propia simiente sirva de lubricante para luego presionar la punta entre los labios de Hyoga, este se negó en un principio, abstenido a sufrir más humillaciones de las necesarias, pero un jalón en aquella melena rubia y una cachetada le hicieron separar los dientes y obligarlo a tomar en su lengua el peso caliente de la carne.
Hyoga siempre había sido complejo de operar, un egoísmo que no le permitía ver más allá de lo que amaba, Isaak creyó en un inicio que no duraría ni medio mes, Camus estaba tenso en esos momentos, como si hubiese demasiados problemas que no estaba comentando, pero de cierta manera pudo instruirlos a ambos, en llegar más profundo en Hyoga, en lograr ir codo con codo ante el duro entrenamiento de los santos de hielo. Todo eso había sucumbido a escombros, más cuando se veía a si mismo hundirse en la cavidad de Hyoga, cálida y húmeda, mientras tomaba todo lo que había perdido cuando tuvo que salvarlo.
Se meneó como las corrientes de esa noche, errático, furioso, escuchando al rubio ahogarse en él, se salía para asegurarse que estuviera vivo, manchaba un poco su rostro con la punta antes de volver a pasar entre las perlas de sus dientes buscando la garganta desesperado. Igualmente, ese no era su objetivo, no era su fin sino un medio.
Salió de la boca ajena de un empujón, tirando de sus mechones hacia atrás, hilos salivosos conectando su longitud con los labios hinchados, las comisuras le tiraron con sorna y riendo bajo, deslizó la punta humedecida hacia el pómulo, manchando con algo de sangre su virilidad. Hyoga maldijo bajo, fijo en su lugar, no atreviéndose a hacer algo que quizás le haga perder otro miembro. El nórdico entonces se ubicó en aquel nuevo agujero de su autoría, el pecho se le infló de golpe y cuando Hyoga quiso detener sus caderas él empujó. La estrechez de aquel nuevo orificio le hizo sisear, se sentía tan distinto, los tejidos blandos y el conjunto óseo del cráneo lo envolvieron, aun algo frío de sus tratamientos previos, se movió contra su escarmiento, un pequeño rechinar se oyó ante la presión, no podía ir profundo, pero sí podía ir rápido.
Jadeó ante el gran sentimiento de dominio, vencedor de esta batalla mientras su compañero intentaba detenerlo con uñas y carne, pero cuando golpeaban tu cerebro nadie podía lograr articular un movimiento coherente. Se sentía cerca mientras veía a Hyoga llorar, su boca entreabierta y la saliva escurriéndole por las comisuras, completamente en shock, completamente suyo. Penetró con furia sintiendo cosquillas por las pestañas, las arrugas del párpado y como el lagrimal estaba arruinado. Cambió de ángulo gimiendo cuando sintió la suavidad de los tejidos, el hilo del nervio aplastado contra el fondo; el cosquilleo le subió por el vientre sin aviso y se volcó contra él dejando que el torrente perlado le decore como lágrimas.
Isaak salió lento viendo su obra, como había inutilizado al cisne a ser solo un muñeco de tela estropeado. Se agachó a verlo, tomándolo del mentón mientras gozaba de la irresistible sensación de querer besarlo. En cambio, pasó su lengua por el desastre que dejó en su cuenca, lavando el pecado a base de lamidas lentas. Hyoga lo observó abatido, viendo como Isaak hacía lo que quería con él. Con un último torniquete de su lengua dispuso un beso corto en su párpado, luego de sus propias vendas tomó una y con cuidado brindó un parche para su antiguo compañero. Acomodó sus escamas sobre él, se ordenó el cabello y volvió frente al pilar bajo la mirada seria del santo.
—Eres mi enemigo, así que, en guardia, Hyoga —Tronó sus nudillos, la balanza ya de su lado —Muéstrame lo que el maestro Camus te enseñó.
El ruso pareció dudarlo, poniéndose de pie con lentitud, aun aturdido por todo lo ocurrido, pero el trauma no podía durar demasiado.
—Vas a pagar por esto y por lo que tu Dios le está haciendo a la tierra —Voz ronca, enojada, gélida; un santo en toda regla.