Delicado lo abracé contra mi pecho como siempre lo hacía a la hora de cenar, antes de acostarnos y aún después de acostarnos. La tienda estaba montada y el cielo oscuro, solo mostrándonos las bellas estrellas que nos decían que aún quedaba esperanza para nosotros, para el pueblo.
—Siempre estaré contigo. Siempre..—susurré, acomodando mi rostro en la curva de su cuello, cerrando los ojos. —Te amo como nunca he amado a nadie. Si tú algún día me faltas, no quedarán mas motivos en mi vida para vivir…—murmuré, apretándolo mas fuerte contra mi.
Mis manos se aferraron a su pecho y pronto rodearon su cuello con delicadeza para esconderme en la curvatura del mismo. Dejé mis manos sueltas hasta deslizarlas por sus omóplatos y aferrarme a estos.
— Tu dices eso, pero yo siento como si fueras mi sol cada mañana. No hay día que no empiece contigo, y no hay noche que me sienta solo si no estás a mi lado… —Murmuré. Besé su cuello y me escondí más.
Lo amaba, lo sabía, no podía negarme, su encanto natural me atraía. Me hacía desearlo. Quería cada vez más.
— Te amo… sé que esta prohibido, que no debería, pero lo hago… algún día tendrás que perdonarme, mi señor, algún día seré digno de merecer tu perdón por desearte tanto… y maldecirte al mismo tiempo. Yo no pedí nacer como soy… yo no pedí no poder controlar mi corazón. — En ese momento besé sus labios de improvisto y me separé, buscando apartarme de su cuerpo inútilmente debido a la vergüenza.
--No tienes por qué disculparte por algo como eso. Yo soy el que te pide que nunca dejes de hacerlo. Que me ames hasta que la vida se te agote, hasta el día en que tus ojos no se abran nunca más. Ese día yo estaré a tu lado, descansando en el mismo lecho de muerte..--
Mis brazos se negaron a soltarlo. Lo atraje de nuevo, queriéndolo cerca, muy cerca de mi, como si tuviera miedo de perderlo en el momento en que abriera los ojos.
El calor me embargó y mis labios se pusieron a besarle el cuello y el rostro y finalmente una vez mas en los labios. --Te amo --repetí. Como si aquellas palabras no fueran a borrarse nunca de mi boca.
Abrí los ojos y le dije —¿Te casarías conmigo? —pregunté. Tomaba su mano y las aguas del río cantaban detrás de nosotros. Me clavé en sus ojos azules y sonriendo dulce hacia mi amado, esperé su respuesta.