El amor después del amor es, necesariamente, un acto iconoclasta. El nuevo sentimiento se apodera como un parásito del pecho huésped y se dedica a destruir y reemplazar símbolos y significados, hasta dejar en ruinas todo lo que del mismo amor se creía y sabía, sustituyéndolo todo con nuevas creencias y saberes.
Empezando por el sustantivo “Amor” que se usará y recordará con nuevos rostro y voz, todo lo que fue debe ser removido. Basta con susurrar algunas palabras al oído para empezar el proceso, y matar así la santidad de lo vivido. ¿Acaso no se sobreentiende cuando hablamos de conquista? Si no, ¿qué es la conquista sino la remoción de lo pasado para implementar un nuevo régimen? Y que no se hable del famoso amor libertador, pues éste es el que más símbolos derribará con su revolucionario impulso reformista.
Pero yo he tomado precauciones, sabiéndome iconoclasta hasta el tuétano. He reservado en mi pecho un pequeño búnker, amoblado con los más bellos recuerdos e historias, he guardado allí mis más preciados tesoros, y he sellado la puerta desde adentro. Puedo jurar que allí habita hasta la más infantil e inocente de mis ilusiones, puedo jurar que no morirán mientras yo viva.