El arte de hacer la guerra es el arte de evitar los conflictos
Siempre recordaré "Teléfono Rojo" (how i stopped worrying and learned to love the bomb). En la película se sugería a un hecho asombroso: ninguna de las naciones atacará primero y todo armamento es sólo una estrategia de disuasión. Para ello, Americanos y Soviéticos debían mantener la idea de que cualquiera de los dos podía atacar en cualquier momento. Entonces la arquitectura (tecnología) se convierte en una simulación constante de poder (y estilo de vida).
Ahora, Corea del Norte, sumida en una pobreza, es uno de esos países enamorados de las exhibiciones públicas de poder, donde quieren demostrar al mundo (en especial a sus apreciados vecinos) cuan fuertes son y a donde pueden llegar. Esta vez, el conflicto lo genera el lanzamiento (expuesto al público) de un cohete para enviar al espacio un satélite, pero que, según los países limítrofes, encubre pruebas de armamento nuclear.
No hay más simulación que aquella que oculta otra cosa... ¿o es acaso una estrategia de evitar conflictos?.
La arquitectura (y sus habitantes) pasa a ser entonces sólo una escenografía, una representación del poder, preparada única y exclusivamente para ser fotografiada. No hay más información que lo visible y, como en los parques de disneylandia, somos incapaces de ver que existe detrás, que sostiene toda esa construcción. Aunque especulemos y lo imaginemos. La arquitectura es pura imagen, una fotografía, y la foto miente siempre, recuerden sino como Neutra vaciaba de muebles sus edificios. Arquitectura como una imagen, para ser publicada en periódicos o revistas. Arquitectura nunca vivida sino tomada como algo estático, donde los usuarios se convierte en una pieza más de mobiliario.
Cuando toda la arquitectura se convierte en una postal, los usuarios son reducidos a elementos de la composición y sus acciones sólo pueden ser "unas cuantas posibles": No hagas en la calle nada salvo aquello que te ordeno. Luego, más de 1000 cámaras velan por tu la seguridad de que todo se cumpla. ¿Es entonces cuando nos hemos convertido en prisioneros voluntarios?
Pero, un segundo... Esperen, ¿alguna vez nos ofrecimos como voluntarios?
¿Cómo escapar entonces? Aquí nos sirve un texto publicado en Arquine por Ethel Baraona en el numero 59 de la revista. En él nos relata el proyecto "Notausgang 73". En el los prisioneros de la arquitectura-ciudad-Zurich pueden encontrar válvulas de escape (libres de vigilancia).
Encontrar esos espacios libres puede ser el primer reto del que desee escapar.
¿Cómo pervertir? El segundo (no por orden) debería ser reclamar esos espacios para el uso y disfrute fuera de los límites impuestos. La disidencia establecería mecanismos para la recuperación urbana a través de la lucha (física o no) frente a la autoridad.
La máquina de guerra es la invención nómada que ni siquiera tiene la guerra como objeto primero, sino como objeto segundo, suplementario o sintético, en el sentido de que está obligada a destruir la forma-Estado y la forma-ciudad con las que se enfrenta.
Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia.
Si la maquina de guerra se plantea más allá de la idea de conflicto, esto es que no tiene por objeto hacer la guerra, sino establecer lineas de fuga que permitan escapar de la opresión del Estado entonces, esta practica se trataría de encontrar los mecanismos de acción para conseguir escapar desde dentro del mismo espacio del poder y no fuera de este ni como excepciones. Llegados a ese punto, el conflicto aparecerá cuando el Estado trate de absorber o reprimir la maquina nómada.
Escapar, evitar el conflicto... pero a sabiendas de que puede llegar... pero todo sea por destruir la imagen, ¿no?