Y ahí estaba, en lo alto, observando por la ventana desde el altillo de nuestra casa. Veía a los niños jugar en las calles empedradas, como siempre, como en los últimos años. Los miraba con tristeza, pues sabía que, aunque lo intentara, no podía salir de día. Mi madre decía que a medida que creciera, mi piel se acostumbraría a los rayos del sol, pero por el momento, a mis jóvenes 99 años, solo podía asomarme tímidamente entre las cortinas, anhelando ser libre.
Mi padre siempre estaba volando de una ciudad a otra, buscando un lugar donde nos aceptaran, pero el tiempo seguía pasando y la esperanza de una vida mejor se desvanecía como sangre entre mis dedos. Desde pequeño sabía que no era como el resto, y eso me había preocupado siempre. No podía salir durante el día, y durante la noche no me lo permitían, pues mi madre pensaba que los humanos podrían hacerme daño. Yo nunca creí que fueran tan malos. Se parecían un poco a nosotros, al menos...
Aquel día lo recuerdo muy bien. Mi padre había regresado hacía unas semanas por mi cumpleaños número 100. Mi madre me había estado preparando para aquel gran acontecimiento que, según ella, transformaría por completo mi vida. Después de la cena, mi padre me pidió que lo acompañara y, al subir por las escaleras del patio trasero, un sudor frío recorrió mi espalda.
Me llevó al alto techo, caminando como si no le importara estar a varios metros del suelo. Me dio unas últimas indicaciones y me informó que era hora. Las campanadas de la vieja iglesia de la cuadra acompañaban aquella escena. Respiré profundo. Mi cuerpo temblaba, pero sabía que tenía que hacerlo. Mi madre me alentaba desde abajo, y mi padre me dio una palmada en la espalda, como haciéndome saber que todo iría bien.
Una brisa despeinó mi negro cabello y entonces sucedió. Me dejé caer desde lo alto, mientras mis gritos espantaban a más de un vecino. Un cosquilleo me invadió, y sentía cómo mis brazos se convertían en negras alas, mientras mi cuerpo se encogía cada vez más. Me impulsé hacia arriba, logrando ver la gran luna llena que nos iluminaba y fue allí que, por primera vez en años, me sentí en completa libertad.