Teatro en cartel: Piedra sentada, pata corrida de Ignacio Bartolone
La identidad del otro
A lo largo de este mes, el Festival Novísima Dramaturgia Argentina pone al espectador teatral frente a una variopinta oferta de puestas tan disímiles como originales. En su tercera semana, el Centro Cultural de la Cooperación albergó la árida puesta de la celebérrima Piedra sentada, pata corrida, cuyo dramaturgo y director, Ignacio Bartolone, muestra que la historia no siempre la cuentan los vencedores.
En una sencilla puesta en escena, a cargo de Mariana Gabor y Paola Sigal, un fondo pinta un infinito desierto pampeano del siglo XIX, al cual se introduce el espectador mediante un presentador/perro/dios que nos cuenta, en un cordobés aggiornado y gauchesco, cómo vive una etnia en extinción tras una zanja cloacal: el cacique-padre Olorá-Potro (Jorge Eiro), la madre Lachigi-Vieja (Cristina Lamothe), los hijos Guai-Mayén (Gustavo Detta) y Duglas-Canejo (Eugenio Schcolnicov) y Faustino (Juan Pablo Galimberti), su perro. Únicos miembros de su tribu, los Lechiguangas adoran a su propio dios,“El gran peludo” –un perro que se yergue en dos patas cuando se manifiesta ante Duglas-Canejo–, y buscan mantener sus propias costumbres sin mezclar su identidad con cualquier otra cultura. Mitad araucanos, mitad paisanos, aunque en realidad mitad mapuches, este grupo se compone de verdaderos parias. Expulsados de “la toldería mayor”, viven de la bebida, sumidos en la vagancia y el canibalismo en un intento por mantener viva su estirpe.
Sin embargo, luego de una noche de malonaje y canibalismo, los dos hijos de la tribu presentan síntomas que vaticinan un futuro difícil de interpretar: a Duglas lo visita en sueños el mismísimo Gran Peludo, quien abre la pieza divisando un ñandú en llamas confundiendo tanto al dios como al pequeño aborigen[1]. Asimismo, a Guay-Mayén, la resaca caníbal le produce un extraño modo de defecar: cada vez que desea hacerlo, eructa frases pronunciadas en un excelente castellano cristiano, como si estuviera poseído luego de comerle la cabeza a su víctima “civilizada”. Ambos sucesos darán origen a una serie de conflictos dentro de la tribu que pondrán en cuestionamiento las bases de su propia identidad. Al mismo tiempo, la aparición de un español, Luciano Ceballos (Julián Cabrera), pondrá en jaque la tradicional concepción civilizatoria escolar sobre la que fue construida toda una nación, junto con toda la terminología utilizada para persuadir al país de los aparentes avances culturales que introdujo el europeo en nuestra tierra.
En clave humorística, esta farsa civilizatoria, haciendo justicia al género en el que se encierra, mediante la exageración y la comicidad, los personajes problematizan sobre la cuestión de la identidad. Combinando una hilaridad irreverente, gestos clownescos y términos escatológicos, gauchescos y nativos, los Lechinguangas ilustran que la cultura no es un producto unívoco, sino más bien una combinación de lenguajes de distintas procedencias. La identidad es un constructo del ser humano, al igual que los conceptos de civilización, barbarie, evolución, progreso, género, masculinidad y femineidad.
En esta puesta, Bartolone muestra desde otra perspectiva, cuánto se parece el aborigen al blanco: ambos comen, beben, cagan, reniegan de sus raíces, de sus costumbres, sus religiones y hasta construyen sus familias sobre estereotipos heterosexuales de dominación y sumisión. Sin embargo, no resulta casual ver que una mujer y un perro consideran a los dioses como ficciones que introducen un simulado orden en el caos, y ante la irresolución masculina, es Lachigui quien impone modificaciones: “A partir de hoy, cambio de historia. Cautiva-varón, Cacique-mujer.”
Por último, pero no menos importante, cabe destacar la intensa y creativa labor de todo el equipo que monta cada domingo en La Casona Iluminada esta obra, desde la mirada de unos jóvenes que también cuestionan los modos de narrar el pasado, reescribiendo el lenguaje de una cultura mestiza. Términos como civilización y barbarie sólo son ecos de una génesis caníbal heteronormativa y lentamente se van disipando en la diversidad cultural y las nuevas leyes de identidad de género.
La obra puede verse en La Casona Iluminada (Avenida Corrientes 1979), todos los viernes a las 23 horas. Entrada, $80.
[1] Aquí el término es utilizado según su definición etimológica: Sin origen, ya que en ningún momento se determina la procedencia de esta tribu.
Ficha técnico artística Dramaturgia: Ignacio Bartolone. Actúan: Julián Cabrera, Gustavo Detta, Jorge Eiro, Juan Pablo Galimberti, Cristina Lamothe y Eugenio Schcolnicov. Escenografía: Mariana Gabor y Paola Sigal. Iluminación: Claudio Alejandro Del Bianco. Diseño de vestuario: Paola Delgado. Realización de objetos: Lucia Costantino. Música: Ariel Obregon. Letras de canciones: Ignacio Bartolone. Diseño: Daniela Rizzo. Fotografía: Agustín Suárez Pumar. Asistencia de vestuario: Belén Biniez. Asistencia de dirección: Inés López Vicente. Producción: Inés López Vicente. Coreografía: Carolina Borca. Dirección: Ignacio Bartolone.
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