Teatro en cartel: Sudado.
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Bajo la sombra del Machu Picchu
El constante zumbido de un taladro, el denso vaivén de un serrucho y el copioso golpeteo de un martillo sobre la madera reciben al público de Sudado, los sábados a las 23 horas en Timbre 4. Para llegar a las butacas nos hacen pasar por el medio de una remodelación, de una obra. Sólo en el universo construido dentro de esta sala es posible perderse en el encanto que puede producir serruchar una pared para abrir una ventana. Este ejemplo confirma que el arte es esa “madre” que tiene la capacidad de lograr, como dice la canción, que lo cotidiano se vuelva mágico.
En plena remodelación de un restaurante peruano del Abasto, Alejo (Julián Cabrera), el hijo del recién fallecido dueño de la empresa reconstructora, junto con dos obreros –Ricky, oriundo de la provincia (Facundo Livio Mejías) y Lalo, inmigrante peruano (Facundo Aquinos)–, vuelven a las labores un día después de acontecido el velorio. En el aire se instala una tensión creciente cuando llega Alejo, a tratar de concluir una parte del trabajo y, al mismo tiempo, reconstruir la relación jerárquica entre los obreros y él, flamante dueño de la compañía. Allí, mediante múltiples y vanos recursos, intenta remodelar él mismo su relación con el pasado, con el presente y el futuro de estos vínculos laborales, pasando por el uso del autoritarismo, la búsqueda de empatía, la fraternidad de ser uno más y demostrar que, tanto el duelo como su nuevo rol, son pesos muy difíciles de cargar sobre sus hombros. Asimismo, cada uno de estos personajes aquí reunidos presenta una historia tan particular y tan característica de Buenos Aires que, por momentos, la puesta pareciera ser un corte hiperrealista de una típica obra de remodelación. Los diálogos, movimientos, chistes, la jerga que se maneja, los secretos que se comparten, el desarraigo de Lalo y su persistente apelación a la cultura peruana mediante su música, su historia, su religión, su gastronomía y hasta su lunfardo, pintan los modos de construir los vínculos en el ámbito laboral de la construcción, así como también reflejar el sentimiento de desarraigo y la añoranza del pasado. Y es precisamente esta remembranza por el pasado –más precisamente, por la figura del padre de Alejo– que une a estos tres jóvenes bajo una memoria colectiva, construida a partir de la memoria individual de cada uno, ya sea como un padre o como un jefe paternalista. Sin embargo, esta misma ausencia que los une es la causa que los divide, ya que para Alejo resulta muy complicado poder llenar el vacío que dejó la muerte de su padre y esta sensación se transmite en sus silencios, sus expresiones de frustración y en su incapacidad de hallar resiliencia, es decir, la capacidad que tiene una persona o grupo de personas para sobreponerse a situaciones de adversidad o dolor emocional.
Dotando al espacio escénico de una muy verosímil puesta en escena, las acciones de estos personajes se ubican en un entorno gastronómico pensado para el baile y la música. Acompañados de cuadros de platos peruanos, una fonola que muestra videoclips de Néctar y Chayanne, múltiples herramientas y una pared a medio hacer, se yergue una imagen iluminada del Macchu Picchu. Allí, los ojos del espectador se perderán en la nostalgia de Lalo, quien de forma pertinente y a la vez impertinente, añadirá al drama del duelo sus historias sobre el dios Inti, a quien se le rendía culto y respeto, así como también se veneró al ahora difunto padre.
Desde su lugar, cada uno de los actores se luce de un modo impecable a lo largo de toda la puesta. La dramaturgia es producto del director Jorge Eiro, junto con Belén Charpentier, el escenógrafo Paul Romero y los tres actores mencionados. El trabajo de este grupo nos muestra que aquí, la poesía del actor con su trabajo corporal enriquece el texto dramático, haciendo de los diálogos más comunes un elemento sublime y excitante. Mediante la comicidad y la apelación constante a los lugares comunes, Sudado expone y profundiza los estereotipos sociales del albañil de la provincia, el inmigrante limítrofe que busca formar parte y distinguirse al mismo tiempo, y el joven cuentapropista de clase media que pretende ejercer su autoridad de una manera errante. Aquí, tanto el padre/jefe ausente como el desarraigo ubican a este trío al mismo nivel de desamparo, los insta a empujar el duelo a pesar de sus diferencias y no hay canción romántica, ni banalidad diaria que repare ese hueco en sus vidas.
La obra puede verse todos los sábados a las 23 horas, hasta el 31 de mayo, en Timbre 4 (México 3554), y a las 21 horas a partir del 07 de junio hasta el 05 de julio. Entradas, $80 y $60.
Ficha técnico artística
Autoría: Facundo Aquinos, Julián Cabrera, Belén Charpentier, Jorge Eiro, Facundo Livio Mejías y Paul Romero. Actúan: Facundo Aquinos, Julián Cabrera y Facundo Livio Mejías. Vestuario: Paola Delgado. Diseño de escenografía: Estefanía Bonessa y Paul Romero. Diseño de luces: Adrian Grimozzi y Eduardo Pérez Winter. Fotografía: María Sureda. Diseño gráfico: Sonia Basch y Isa Crosta. Asistencia artística: Paul Romero. Asistencia de dirección: Inés López Vicente. Productor asociado: Fabio Petrucci. Colaboración en dramaturgia: Ignacio Bartolone. Dirección: Jorge Eiro. Web: http://www.facebook.com/obrasudado Duración: 60 minutos.
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