— { ♕ } Crecer en los primeros siglos del milenio fue difícil, crudo y solitario.
Un pequeño reino aún sin nombre corría descalzo sobre la húmeda tierra, los monasterios ya no eran seguros y tuvo que huir, adentrándose en el bosque donde esperaba encontrar refugio de los invasores.
Se escondió tras el tronco de un grueso árbol, estando seguro de que ahí aquellos extraños que venían de lejanas tierras del norte no lo encontrarían.
A la lejanía escucho el ruido de hachas, espadas chocando entre sí, y los distintivos gritos de las victimas. Cerró los ojos y se tapo los oídos, esperando que las criaturas mágicas que veía llegaran a el en su ayuda.
Al abrir los ojos, el pequeño se encontró en el mismo oscuro bosque, y un súbito pensamiento llego a el.
No dejaría que eso le ocurriera pasara de nuevo. Arthur se encontró caminando por un lugar donde habían caído hombres y flechas reposaban con sus puntas aún ensangrentadas. Podía reconocer a esos hombres como suyos.
Ahora tenía un enemigo distinto, alguien a quien bien conocía. Apretó la empuñadura de su espada fuertemente, sintiendo como sobre esa arma recaía la responsabilidad de evitar algo como lo que paso cuando el aún era tan solo un niño.
Aún era bastante joven, pero no lo suficiente como para llevar a cabo el ajusticiamiento. El hombre que habían llevado hasta el estaba de rodillas y esperaba su destino. Era “un traidor al reino” o algo así decían, por lo tanto debía deshacerse de el por sus propias manos.
Levantó la espada sintiendo como sus manos temblaban levemente, al bajar el arma y dar un golpe contra el cuello del hombre vio la sangre corría como nunca antes lo había visto. Bastaron un par de golpes más para que la cabeza rodara junto a sus pies.
Arthur observo lo que acababa de hacer con una extraña calma, presentía que aquello sería algo a lo que tendría que acostumbrarse.