Admito que el cargo del que se me acusa es grave, su señoría. Lo que pretendía al quemar neumáticos en el medio del reloj de arena, era parar un poquito todo. Pausas entre lo mismo de siempre. Me atacaron, su señoría. Me ataca el tiempo todos los días cada hora cada minuto cada segundo de mi vida, que como usted bien sabe, se termina. Mi tiempo lo consumen en su mayoría otros: Me ataca el reloj de mis jefes, el reloj que marca el horario de oficina para hacer trámites, el reloj del horario comercial que nos permite comprar lo que necesitamos y con mucha suerte lo que queremos. Mi reloj está en minoría, su señoría. La única batalla digna que puedo ofrecer es la pausa a esos otros. Hay demasiadas cosas que hacer sólo para poder existir (pagar cuentas, conseguir el dinero para pagarlas, comer, dormir, arreglar lo que se rompe, lavar la ropa, dejar de vivir con tus padres y que no te falte nunca el papel higiénico). Luego de hacer todo lo necesario solo para seguir existiendo ¿qué hago con esa existencia? ¿Queda tiempo para hacer algo más, me lo permiten esos otros relojes, me dejan margen para ser yo y para hacer algo con eso que soy? Me niego a pensar constantemente en cosas que no tienen que ver con lo que soy, que apenas tienen que ver con lo esencial para que pueda seguir respirando, condición indispensable para estar vivo, lo sé, pero con eso no alcanza.
Su señoría: Cuando me interpuse en el tráfico de arena de aquél reloj, cuando le grité al tiempo a la cara diciéndole que afloje, que pare un poquito, cuando luego de llorar la muerte de mi abuela falté al trabajo, cuando decidí quedarme todos esos días con quien amaba en lugar de ir a donde todos iban de “vacaciones” (limosna que nos mantiene en el corral)... el tiempo me atacaba, su señoría. Me desgarraba, mire mi piel, usted sabe bien que las arrugas son sus cicatrices. Me declaro culpable de golpear al tiempo con pausas, su señoría, en legítima defensa.