Que infidelidad de mi papá estaré pagando yo.
seen from United States
seen from Finland
seen from China
seen from Malaysia
seen from Malaysia

seen from Morocco
seen from United States

seen from United States
seen from United States
seen from Slovakia

seen from Australia
seen from United States
seen from United States
seen from Germany
seen from Russia
seen from China
seen from Canada
seen from United States

seen from Italy
seen from Lithuania
Que infidelidad de mi papá estaré pagando yo.
¿Por que a veces la vida duele tanto?
He sido un mal hombre para la mujer correcta y uno bueno para la equivocada.
-Karma le dicen.
Habitación 93
Summary: Dos infieles mantienen una relación durante un año, hasta que terminan y pasan su última noche juntos de manera dramática como telenovela de Telemundo.
Tags: infidelidad, sfw, compañeros de trabajo, rompimiento, angst. Se menciona a Patrick que puede ser Patrick Stump o tu tío Patrick, no sé, usa al Patrick de tu preferencia.
Gerard tomó su rostro y le dio un beso en la frente. Se recostaron incómodamente cerca y desnudos en un vacío apenas habitable gracias al ruido del ventilador. Está situación era habitual una vez por semana: ella lo llamaba cuando su esposo no estaba, se sentía asfixiada o tenía ganas de coger. No había más razones que esas, y no las necesitaba, la etapa de la intelectualización de sus emociones había dejado de ser algo importante hacía más de un año, después de la primera vez. Ella juraba que no volvería a pasar, que era un desliz. Ahora era más sencillo; aceptaba la infidelidad y su incapacidad de deserción, inclusive su cobardía e indecisión ante Patrick. Si se lo decía lo perdía, si no lo decía, igual y el estrés lo hacía por ella en un arranque de ira y reproches.
Eso nunca iba a pasar.
Alguna vez intento confesarse con algunos de sus amigos, siempre poniendo ejemplos absurdos. Era dolorosamente obvio que era ella la protagonista de aquellas historias, pero también era obvio que cualquier solución hipotética que le dieran le parecía deliberadamente estúpida. Así que ahí estaba, limpiando el semen de su abdomen mientras procesaba la sensación del papel higiénico sobre su piel como siempre lo hacía, mientras Gerard parloteaba sobre alguna tontería referente a su novia. Eso era otra cuestión, Gerard tenía novia.
Dato importante en la mente de nuestra protagonista cuando trataba de llegar a un consenso con la parte media de su cerebro aquellos días que era especialmente ruidosa acerca de sus decisiones de vida. Era sencillo bajo su lógica, él la usaba tanto como ella lo hacía, no había ninguna base sentimental o mínimamente fraterna entre ellos, eran lo que eran y eso estaba bien.
Por eso me llama por su nombre cada vez que se viene
¿Cómo habían comenzado?, no estaba segura. Tal vez había sido ella cuando lo dejo llevarla hasta su edificio, o había sido Gerard cuando comenzó a acompañarla a fumar a la azotea en sus horas de descanso. No lo sabía con certeza, tal vez incluso pudo haber sido algo fatídico, y aquella sensación de estar al borde era la culminación de su vida. Eso mismo se había dicho el martes que comenzó todo... ¿o era jueves? no, tal vez incluso fue un lunes. Qué raro, no encontraba natural que las infidelidades comenzaran en lunes, aunque ¿qué es verdaderamente normal en una infidelidad? no hay una lista que seguir, e incluso si existe, pensó con gracia, ya habría llenado todas las casillas.
Sonrió para sí y dijo "Aja" como respuesta a algo que Gerard le pregunto. Eso era lo normal en su relación al menos. Se recostó más cerca de Gerard y cerró los ojos, en aquella tarde de verano prefería escucharlo que repasar su ritual mental cuando recordaba a Patrick.
Me ama, pensaba repetidamente al quitarse la ropa. Amor, ¿qué es el amor? puro, cálido, vago, inquebrantable, furtivo, doloroso, había tantas descripciones para el amor que en cuanto su cuerpo sentía la dureza de las sábanas y el peso de Gerard sobre su espalda, repetía con más fuerza aquel mantra. No estaba muy segura de por qué lo hacía, tampoco si tenía que dejar de hacerlo. Fuera de la habitación 93 el mundo parecía inútil. Incluso alguna vez mientras trataba de responder, pensó que un pedazo de cielo debía existir entre esas cuatro paredes para hacerla sentir tan vulnerable, ahí la intimidad se mezclaba con el hambre, con la necesidad, con la ternura y la desgracia, existía en la piel de Gerard, en las costilla de su lado derecho, en la parte interna de su cérvix, era la humanidad reclamando en cada embestida. Qué dichosa, pensó burlona, qué dicha, qué dicha, que dicha, el cielo se encuentra a solo 200 por cuatro horas.
En aparente sosiego, con la voz ronca y entrecortada, Gerard la sacó de sus pensamientos.
—Me voy a casar
La joven parpadeó incrédula. Él repitió otra vez de manera más seria. Atónita, volteo a verlo acomodándose en la cama dejando que la sábana mostrará su pecho desnudó.
—¿Por qué?
Su semblante cambio ante la pregunta, y se recostó más cerca de ella.
—No veo por qué no debería hacerlo
Gerard lo dijo lo suficientemente serio para creerlo. Días antes cuando lavaba la ropa pensó en ella. Lejos de ser algo sexual, era algo más simple: sus ojos. Su amante tenía ojos grandes que contrastaban fuertemente con su nariz, un detalle insignificante que la hacía interesante y atractiva. Había pensado si Patrick podía creer lo mismo, era sabido que la idealizaba llamándola «su dulce esposa», algo irónico según él, ya que aquella mujer era todo menos dulce, al menos no con él.
No con él.
Sabiendo lo que sabía ahora, ese debió ser el momento para detenerse y pensar en algo más. Sin embargo, sus reflexiones ante la lavadora llena de ropa de color y jabón en polvo lo llevaron a una conclusión inequívoca; no la conocía.
Ese era el problema.
Sabía sobre sus caderas, y espalda, reconocía las cicatrices pequeñas en sus rodillas y podía decir sin duda cuántos lunares tenía en todo el cuerpo. Pero no sabía otra cosa. No como Patrick. Él la tenía todos los días, comía con ella en la intimidad de su casa y la abrazaba para dormir toda la noche, no solo unas horas. Observó la carga de ropa de la que destacaba un suéter negro cubierto de jabón. Ella tenía uno similar, lo recordaba bien, llevaba ese suéter cuando la conoció. Cerró la tapa de la lavadora y se quedó un rato viendo como la máquina hacia su trabajo.
¿Cómo podía sentir celos de alguien a quien no conocía?
Perdía el tiempo con ella, era un error cuando su novia estaba en su cama usando una de sus playeras para dormir, y él mezclaba su ropa para tener una misma carga y no gastar tanto jabón. Era un error condenarse a la habitación 93 y la azotea de su trabajo, a los cigarros de menta, a labial rojo, y a aquellas piernas alrededor de su torso por un simple capricho de validación. Era un error, un error, error, error, error. Respiro profundo, hasta que el pecho dejó de dolerle y las manos volvieron a sentirse tibias. No la amaba, no lo creía, menos por qué ella no lo amaba tampoco, era patetoso un intento de maniobra mental para argumentar lo contrario. Era lo que era, y eso era... ¿que era?
El llamado de su novia lo sacó de sus contradicciones, quería que fueran a cenar con sus padres para formalizar su relación y ser una pareja más madura. Sabía que ella quería una familia y un esposo, y él solo quería no tener que lidiar con todo eso. Apenas respondió cuando ella le pregunto si estaba listo, y solo apresuro su lavandería lo suficiente para ocultar su desorden mental. Para su desgracia, aquella idea impulsiva no desapareció el resto de la tarde, e incluso cuando se acomodaba la camisa dudo. Formuló la idea de huir e ir a buscar a su amante, decirle que la amaba, tomarla de la mano y abandonar toda esperanza mientras se ahogaba entre sus piernas y ella le jalaba el cabello. Durante la cena, la imagen se volvió diáfana, dejando un sabor amargo en cada bocado de carne y distrayéndolo de la conversación. Su novia lo quería, él también lo hacía, sus pensamientos no definían nada.
Una semana después de la cena; ambos estaban en la boda de su hermano menor como padrinos de anillos. Gerard no pensó en su amante hasta bien entrada la noche, cuando solo la familia cercana queda esparcida por el salón. Algo ebrio de vino y conversaciones invasivas sobre cuando iba a dar el siguiente paso, vio a su hermano menor feliz con su nueva esposa, sonrió débilmente y se preguntó si alguna vez escaparía lo suficiente del karma para vivir lo mismo, o su castigo sería por defecto, jamás experimentar besar con la consciencia tranquila. Tomó otra copa de vino de la barra y vio a su novia sentada con algunos invitados hablando y riendo, el cuadro era encantador, casi doméstico contrario a sus pensamientos que la dirigían a ella: la mujer extraña, casada y misteriosa a la que amaba más por el deseo que en ella proyectaba que por quien era. Ella no encajaba en la escena delante de él, no combinaba con sus amistades y familiares, ni mucho menos con él mismo. Suspiró profundamente, y miró al techo; las grietas y luces blancas le parecian insípidas con los arreglos florales desprendiéndose poco a poco, la fiesta ya había terminado, debía regresar a su hotel y besar a su novia, pero, ella, la otra, ¿qué estaba haciendo, pensaba en él también, lo extrañaba? Tal vez Patrick se la estaba cogiendo y ella lo miraba como lo hacía con él. Detente, se dijo, pero lo repitió una y otra vez hasta sentir náuseas. Terminó su copa de vino de un trago y regresó a la mesa donde su novia lo esperaba, tenía el rostro pálido, y los ojos vidriosos, ella le pregunto si estaba bien, y él, como si no hubiera mentido lo suficiente, respondió que estaba cansado.
En su cama de hotel, los sueños intermitentes y sonidos de autos en la carretera de al lado terminaron de dar forma a sus impulsos. A la mañana siguiente, lleno de culpa y ansia, le propuso matrimonio a su novia, que sonrojada y ligeramente somnolienta aceptó eufórica.
Ahora, una semana después, estaba frente a su amante explicándole que aquella era la última vez que la vería y que esperaba que pudieran ser amigos. Debía estar atada a Gerard para mirarlo fijamente y solo morderse las mejillas en un intento de evitar caer en llanto frente a él. Quería explicaciones que no necesitaba y disculpas que no merecía. Sonrió débilmente mientras se vestía con cuidado. Pregunto naturalmente sobre la fecha de la boda, los planes de vida, su trabajo, e incluso en su angustia, le recomendó un buen servicio de catering. Gerard no sabía que responderle, o si debía hacerlo más allá de agradecer de manera desmesurada mientras la veía moverse por la habitación con sus tacones de aguja ruidosos que la hacían parecer más alta. Cuando terminó de vestirse camino a la puerta. En tiempos más simples sería el momento cuando él la tomaba de la cintura, ella sonreía ante la muestra de cariño, y caminaban de la mano hasta la puerta del edificio donde se soltaban rápidamente en cuanto la luz exterior los rozaba. Ahora, contrario a esos días, estaba sola sosteniendo la perilla fuertemente, observando al hombre en aquella cama, incapaz de decidir si escapar o quedarse.
—¿Puedes decir mi nombre? —preguntó impulsiva—Nunca me llamas por mi nombre cuando estamos aquí.
Gerard no la miró. Se acomodo en la cama y suspiro con pesadez.
Se quedaron así unos minutos hasta que ella acomodó su abrigo y se despidió de él formalmente. Salió con el paso decidido de aquella habitación aparentando tranquilidad, pero en cuanto sintió el cuero del volante de su auto el llanto la sobrepaso. Manejo sin rumbo hasta eso de las nueve, cuando su esposo le llamo preguntándole si quería cenar fuera.
Gerard, por su parte se quedó unas horas tendido en la cama; repitiendo su nombre hasta pronunciarlo sin emoción como lo haría el siguiente lunes cuando la viera en la oficina. Pasadas las once regreso a casa, la noche dio entrada a la madrugada, la habitación 93 siguió existiendo, allí regreso cada vez que se permitió sentir vergüenza.