Jacob von Uexküll: Umwelt y biopolítica.
En contra de la concepción moderna, derivada de Hobbes, de que sólo se puede conservar la vida si se instituye una barrera artificial frente a la naturaleza, de por sí incapaz de neutralizar el conflicto e incluso proclive a potenciarlo , vuelve a abrirse paso la idea de la imposibilidad de una verdadera superación del estado natural en el estado político. Este no es en modo alguno negación del primero, sino su continuación en otro nivel, y está destinado, por consiguiente, a incorporar y reproducir sus caracteres originarios.
Este proceso de naturalización de la política, que en Kjellen[1] todavía se inscribe en una estructura histórico-cultural, se acelera decididamente en un ensayo del barón Jacob van Uexküll, quien más tarde habría de volverse célebre justamente en el campo de la biología comparada. Me refiero a Staatsbiologie , publicado asimismo en 1920, con el sintomático subtítuIo de Anatomie, Phisiologie, Pathologie des Staates. También en este caso, como antes en Kjellen, el razonamiento gira en torno a la configuración biológica de un Estado-cuerpo unido por la relación armónica de sus órganos, representativos de las diversas profesiones y competencias, mas con un doble desplazamiento léxico, que no es en absoluto irrelevante, respecto del modelo anterior. En primer lugar, ya no se habla de un Estado cualquiera, sino del Estado alemán, con sus peculiares características y necesidades vitales. Pero lo que hace la diferencia es, sobre todo, la importancia que, precisamente en relación con aquel, adquiere la vertiente de la patología respecto de la anatomía y la fisiología, que se le subordinan. Ya se entrevén aquí los pródromos de una urdimbre teórica –la del síndrome degenerativo y el consiguiente programa regenerativo que habrá de alcanzar sus macabros fastos en las décadas inmediatamente sucesivas. Amenazan la salud pública del cuerpo germánico una serie de enfermedades que, con referencia evidente a los traumas revolucionarios de esa época, son identificadas en el sindicalismo subversivo, la democracia electoral y el derecho de huelga, todas ellas formaciones cancerosas que anidan en los tejidos del Estado llevándolo a la anarquía y a la disolución: «como si la mayoría de las células de nuestro cuerpo, y no las del cerebro, fueran las que decidieran qué impulsos se han de transmitir a los nervios[2]”
Sin embargo, en el avance hacia los futuros desarrollos totalitarios adquiere mayor relevancia todavía la referencia biopolítica a los «parásitos» que, una vez que han penetrado en el cuerpo político, se organizan entre sí en perjuicio de los demás ciudadanos. Se los divide en «simbiontes», incluso de distinta raza, que en determinadas circunstancias pueden ser de utilidad para el Estado, y parásitos propiamente dichos, instalados como un cuerpo vivo extraño dentro del cuerpo estatal, de cuya sustancia vital reciben sustento.
En contra de estos últimos - concluye Uexküll de manera amenazadoramente profética- hay que formar un estrato de médicos de Estado, o conferir al Estado mismo una competencia médica, capaz de regresarlo a la salud mediante la remoción de las causas del mal y la expulsión de sus gérmenes transmisores:
«Todavía falta una academia de amplias miras, no sólo para la formación de médicos de Estado, sino también para la institución de una medicina de Estado. No contamos con ningún órgano al que se pueda confiar la higiene del Estado».
R. Espósito, Bíos. Biopolítica y filosofía. Amorrortu Ed. (2006)
Escultura: Born. Kiki Smith 2002
[1] En su libro de 1916, Estado como fo rma de vida (Staten som livsform), Kjellen afirma esta necesidad geopolítica en estrecha relación con una concepción organicista irreductible a las teorías constitucionales de matriz liberal. Mientras estas representan al Estado como el producto artificial de una libre elección de los individuos que le dieron origen, Kjellen lo entiende como "forma viviente» (som livsform, en sueco, o als Lebensfonn, en alemán) provista, en cuanto tal, de instintos y pulsiones naturales. Ya en esta transformación de la idea de Estado, según la cual este no es un sujeto de derecho nacido de un contrato voluntario, sino un conjunto integrado de hombres que se comportan como un único individuo espiritual y corpóreo a la vez, puede detectarse el núcleo originario de la semántica biopolítica. En el Sistema de política, que compendia estas tesis, escribe Kjellen:
“Esta tensión característica de la vida misma […] me ha impulsado a dar a esa disciplina. por analogía con la ciencia de la vida, la biología, el nombre de biopolítica. ; esto se comprende mejor considerando que la palabra griega ‘bíos’ designa no s6lo la vida natural, física, sino tal vez, en medida igualmente significativa, la vida cultural. Esta denominación apunta también a expresar la dependencia que la sociedad manifiesta respecto de las leyes de la vida; esa dependencia, más que cualquier otra cosa, promueve al Estado mismo al papel de árbitro, o al menos de mediador.”
[2] J. van Uexküll, Staatsbiologie. Anatomie, Phisiologie, Pathologie des Slaates, Berlín, 1920, pág. 46.












