La relación entre el kitsch (cuya dependencia de la moda y el rápido desuso lo convierte en la principal forma de «arte» de consumo) y el desarrollo económico es tan estrecho que se puede decir que la presencia de lo kitsch en países del «segundo» o «tercer» mundo es un signo indiscutible de «modernización». Una vez que lo kitsch es técnicamente posible y económicamente rentable, la proliferación de imitaciones baratas o no-tan-baratas de todo tipo —desde el arte primitivo o folclórico, hasta la última vanguardia— sólo se ven limitadas por el mercado.
[...] Alexis de Tocqueville, en su famoso libro Democracy in America, fue quizá el primer historiador y sociólogo intelectual que analiza los efectos de la democracia moderna sobre las artes y explicó por qué la democracia conduce necesariamente a un descenso de los estándares tanto en la creación, como en el consumo. En una democracia moderna «el numero de consumidores aumenta, pero los consumidores opulentos y escrupulosos empiezan a escasear». Esta regla general explica por qué los artesanos y los artistas son «inducidos a producir con gran rapidez un (gran) número de comodidades imperfectas» u objetos de arte. Tocqueville describe en 1830 uno de los caminos de la modernidad, «la hipocresía del lujo»:
En la confusión de todas las categorías todo el mundo espera parecer lo que no es, y hace grandes esfuerzos para lograr este objetivo... Cualquier edad imita la virtud; pero la hipocresía de la lujuria pertenece nías particularmente a la era de la democracia... Las producciones de los artistas son más numerosas, pero el mérito de cada producción disminuye. Incapaces ya de aspirar a lo que es grande, los artistas cultivan lo que es bonito y elegante: y se atiende más a la apariencia que a la realidad.
Los interesantes pasajes siguientes se refieren a una experiencia que hoy describiríamos probablemente en términos de kitsch:
Cuando llegué a Nueva York por primera vez... Me sorprendió percibir a lo largo de la orilla, a cierta distancia de la ciudad, un número considerable de pequeños palacios de mármol blanco, muchos de los cuales eran modelos de la arquitectura antigua. Cuando fui al día siguiente a inspeccionar más detenidamente los edificios que atrajeron particularmente mi atención, descubrí que sus pareces eran de ladrillo blanqueado y sus columnas de madera pintada. Todo los edificios que había admirado la noche anterior eran del mismo tipo.
[...] Así. para Thorstein Veblen, toda la cultura no era sino la consecuencia del progresivo exhibicionismo manifestado en lo que en su Theory of the Leisure Class (1899) llamó «el ocio conspicuo» y «el consumo conspicuo». Reaccionando contra la hipocresía cultural contemporánea, Veblen se abandonó a la sombria ilusión de que toda la cultura era reducible a las engañosas estrategias de la moderna pseudoeultura. Consumo por mor de la ostentación, pensó, es la característica distintiva incluso de las primeras culturas, promovida por las castas de guerreros en las sociedades bárbaras en las que todos los valores (incluyendo aquellos denominados estéticos) eran simples símbolos y medios de diferenciación económica. A pesar de sus relaciones más complejas, pensó Veblen, la sociedad moderna ha preservado la característica básica de la «cultura rapaz».
[...] Aunque las auténticas experiencias estéticas fueran escasas, hasta el punto de resultar estadísticamente irrelevantes, y aunque varios factores sociales pueden ayudarlo o impedirlo, la necesidad de arte y el deseo de prestigio son entidades psicológicas diferentes. Esta distinción se puede verificar indirectamente por el hecho de que, incluso el consumo de pseudoarte, no coincide con el consumo con propósitos únicamente de ostentación. Los amantes de lo kitsch pueden buscar el prestigio —o la agradable ilusión de prestigio— pero sus placeres no acaban ahí. Lo que constituye la esencia de lo kitsch probablemente es su abierta indeterminación, su vago poder «alucinógeno». su espuria ensoñación, su promesa de una fácil catarsis. [...] T. W. Adorno correctamente observa que:
La necesidad histórica del kitsch ha sido mal interpretada por Veblen. Para el falso castillo no es sino una reversión. No sabe nada de su intrínseca modernidad y visualiza las imágenes ilusorias de la unicidad en la era de la producción en masas .como meros vestigios en lugar de como «respuestas" a la mecanización capitalista que traiciona algo de la esencia de está. El ámbito de los objetos que funcionan en el consumo conspicuo de Veblen es realmente un ámbito de imaginería artificial. Está creado por la pulsión desesperada de escapar de la abstracta mismidad de las cosas por una especie de autoconstruida y fútil promesse du bonheur.
[...] Todo el concepto de lo kitsch se centra claramente en cuestiones tales como la imitación, la falsificación, la copia y lo que podemos denominar la estética de la decepción y el autoengaño.
II KITSCH, CAMP Y ARTE ELEVADO
[...] Tras un período medio triunfal del «arte elevado», se creía que lo kitsch estaba seguramente confinado al mercado de la pulga o a la oscura —aunque floreciente— industria de las imitaciones baratas, a los humildes objetos de arte religioso, souvenirs vulgares y retorcidas antigüedades. Pero el monstruo polimorfo del pseudoarte tenía un poder secreto y afianzado del que pocos modernistas eran conscientes —el poder de agradar—. de satisfacer, no sólo las nostalgias populares más fáciles y extendidas, sino también la vaga idea de belleza de la clase media, que es todavía, a pesar de las airadas reacciones de diversas vanguardias, el principal factor en cuestiones de consumo estético y por tanto, de producción. Otros factores e influencias han apoyado la reciente reaparición de lo kitsch en el dominio del arte elevado. Una ventaja «estratégica» de máxima importancia ha sido la tendencia del kitsch a prestarse a la ironía. Desde la alabanza de Rimbaud de la «poética del azar» y la «pintura estúpida» a través del Dada y el surrealismo, las vanguardias rebeldes han hecho uso de una variedad de técnicas y elementos directamente prestados del kitsch para sus irónicamente destructivos propósitos. Así, cuando la vanguardia se puso de moda, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial, lo kitsch comenzó a disfrutar de una extraña clase de prestigio negativo, incluso en alguno de los círculos intelectuales más sofisticados, Este parece ser uno de los principales factores en el surgimiento de la curiosa sensibilidad camp.
[...] El camp cultiva el mal gusto —generalmente el mal gusto de ayer— como forma de refinamiento superior. Es como si el mal gusto, reconocido y perseguido conscientemente, pudiera realmente superarse y convertirse en su opuesto. Esto es al menos lo que sugiere Susan Sontag en su «última» afirmación sobre lo camp, es decir, «es bello porque es horrible». No obstante, externamente lo camp, es a menudo difícil, si no imposible, de distinguir de lo kitsch.
[...] El kitsch puede a su vez imitar provechosamente la apariencia del vanguardismo. Esta es otra explicación del poder de supervivencia constantemente renovado de lo kitsch dentro del dominio de lo que comúnmente es considerado como arte elevado. Ciertamente, el artista kitsch imita la vanguardia sólo en la medida en la que los inconvencionalismos de ésta hayan probado tener éxito y haber sido ampliamente aceptados o incluso convertidos en estereotipos. Ya que lo kitsch, por su propia naturaleza, es incapaz de aceptar el riesgo implicado en todo auténtico vanguardismo.
III ETIMOLOGÍA, CONTEXTOS DE USO, Y LA "LEY DE LA INADECUACIÓN ESTÉTICA"
[...] Del gran número de términos que designan el mal gusto artístico en diversas lenguas modernas, kitsch ha sido el único en lograr un auténtico status internacional. En alemán, de donde proviene, kitsch tiene un número de sinónimos o cuasisinónimos tales como schund o trivial. y compuestos léxicos, como Schundliteratur o Trivialliteratur se emplean indiscriminadamente para denotar lo kitsch literario. En francés, camelote sugiere la baratura o la pobre cualidad de muchos objetos kitsch. pero no puede ser utilizado como un concepto estético. También en francés, la noción de style pompier se refiere a una variedad de mal gusto pictórico pomposo y academicista, pero carece tanto de la complejidad semántica como de la flexibilidad del kitsch. En hebreo y en inglés americano palabras como schlock (algo de poco valor o calidad) o schmaltz (arte sentimental y exageradamente florido) se acerca a ciertas tonalidades de significado implicadas por kitsch. pero están lejos de cubrir toda el áera referida por este último concepto. El español cursi, por lo que sé, es la única palabra que sugiere el aspecto engañoso y de autoengaño del mal gusto que se implica en kitsch. Las paradojas estéticas, envueltas en la noción de cursi, son similares a las del kitsch. como lo revela una lectura del brillante ensayo sobre Lo cursi (1943) de Ramón Gómez de la Serna. La circulación del termino cursi, no obstante, queda limitada al mundo hispánico. Tan próxima a kitsch como cursi es, quizá, el término ruso poshlust, al menos en su interpretación y transcripción nabokoviana. en la que «la primera o es tan grande como el plop de un elefante al caer en un charco de barro y tan redonda com los pechos de una belleza bañándose en las postales alemanas» [Nikolai Golol (Norfolk. Conn., New Directions. 1944. p. 63]. Las aproximadamente diez páginas del ensayo de Nabokov sobre Gogol en el que se discute lo poshlust están entre las más ingeniosas y perceptivas que se hayan escrito jamás sobre lo kitsch y —aunque nunca se menciona la palabra alemana.
[...] El término kitsch. como el concepto que designa, es bastante reciente. Comenzó a utilizarse entre 1860 y 1870 en la jerga de pintores y marchantes de Munich, y se utilizaba para designar material artístico barato. El kitsch no se convirtió en un término internacional hasta la primera década del siglo XX. Como ocurre con frecuencia con etiquetas tan ambiguas y de tan amplia circulación, su etimología es incierta. Algunos autores creen que la palabra alemana se deriva de la inglesa sketch (esbozo) mal pronunciada por los artistas de Munich y aplicada derogatoriamente a esas imágenes baratas compradas como souvenirs por los turistas, especialmente los angloamericanos (cf. Gero von Wilpert, Schwórterbuch der Literatur, Stuttgart, 1969). Según otros, su posible origen debe buscarse en el verbo alemán verkitschcn. que en el dialecto mceklenburgués significa «fabricar barato» (cf. Triibners Deutsches Wórter buch, vol. 4, Berlín, 1943). Ludwig Giesz en su Phünomenologie des Kitsches también menciona la hipótesis que une kitsch al verbo alemán kitschen, en el sentido de «recoger basura de la calle» (den Strassnenschlamm zusammenscharren); kitsch tiene desde luego este significado específico en la parte suroeste de Alemania; también puede significar «hacer muebles nuevos a partir de los viejos» (neue Móbel auf alt zurichten). Estas tres principales hipótesis etimológicas, aunque sean erróneas, me parecen igualmente sugerentes de ciertas características básicas del kitsch. Segundo, para ser producible, lo kitsch debe ser relativamente barato. Y, por último, hablando estéticamente, lo kitsch debe ser considerado como basura o chatarra. Permítaseme añadir que, aparte de quienes derivan kitsch bien del inglés (la «teoría del esbozo») o del alemán, hay escritores que abogan por puntos de vista menos plausibles. Según Gilbert Highet, kitsch viene del verbo ruso keetcheetsya, que significa «ser arrogante y engreído». De ahí su afirmación de que kitsch significa «ostentación vulgar» y «se aplica a todo lo que se construye con muchos problemas y es bastante feo» . Por muy improbable que sea, esta derivación tiene el mérito, no sólo de enfatizar las incertidumbres básicas con respecto al origen de la palabra, sino que también sugiere la auténtica flexibilidad de su significado actual. Además, Highet está en lo cierto hasta el punto de que señala que lo kitsch no es siempre fácil de hacer, y que producir mal arte y poesía puede requerir a veces bastante esfuerzo.
[...] Sin importar cómo clasifiquemos sus contextos de uso, kitsch siempre implica la noción de inadecuación estética. I'al inadecuación se encuentra a menudo en objetos cuyas cualidades formales (materiales, forma, tamaño, etc.) son inapropiadas en relación a su contenido cultural o a su intención. Una escultura griega reducida al tamaño de una chuchería puede servirnos de ejemplo. Pero la «ley de inadecuación estética» cubre un campo mucho más amplio y podemos hablar de efectos kitsch con respecto a combinaciones o conjuntos de objetos que, tomados individualmente, no tienen en sí nada de kitsch. Así un auténtico Rembrandt colgado en el ascensor de la casa de un millonario resultaría indudablemente kitsch. Obviamente, éste es un ejemplo hipotético y una caricatura, pero tiene el mérito de sugerir el uso del auténtico gran arte como mera decoración ostentosa. Un objeto estético mostrado como símbolo de abundancia no se convierte en kitsch, pero el papel que desempeña es típico del mundo de lo kitsch. Ciertamente, lo opuesto ocurre con más frecuencia, es decir, una variedad de cosas fácilmente adquirióles, que tienen poco o nada que ver con el arte, pueden adquirir significancia estética y ser tratadas con el respeto debido a los auténticos objetos de arte. Sólo tenemos que pensar en las horrendas viejas «curiosidades» que se venden en las cada vez más numerosas tiendas de nostalgia - robots oxidados, ruedas de carro rotas, orinales de porcelana, pesados grifos oxidados de hace dos o tres generaciones, y un sinfín de otras andrajosas y chatarrosas «antigüedades»—, con las que mucha gente disfruta como con reliquias poéticas del mundo mejor de nuestros abuelos. Kntre los dos extremos del arte auténtico reducido a significar mera riqueza y el patente no arte vestido de prestigio estético, hay un sinfín de ejemplos a los que se puede aplicar el concepto de inadecuación estética.
IV. KITSCH Y ROMANTICISMO
[...] Muchos románticos (algunos de ellos verdaderos grandes poetas o artistas y. por supuesto, sin nada que ver con lo kitsch) promovieron una concepción del arte sentimentalmente orientada, que a su vez abrió el camino a varias clases de escapismo estético. Ya se ha señalado antes que el deseo de escapar de una realidad adversa o simplemente aburrida es quizá la principal razón del amplio atractivo de lo kitsch. [...] Un sociólogo de las instituciones y la vida cultural como Tocqucville no podía dejar de tratar las destacadas características que distinguen la literatura de épocas democráticas (él no utilizó la palabra «romanticismo») de la literatura producida en períodos de aristocracia (obviamente tenía in mente a los grandes poetas franceses del siglo xvu). En las democracias, los hombres no creen que los placeres de la mente constituyan el encanto principal de sus vidas; pero se consideran recreos transitorios y necesarios entre las serias labores de la vida. Y Tocquevillc sigue describiendo con más detalle las necesidades del lector medio en un período de democracia:
Como el tiempo que pueden dedicar a las letras es muy corto, intentas sacar lo mejor de todo ello. Prefieren libros que puedan procurarse con facilidad, se lean fácil, y que no requieran investigaciones eruditas para ser comprendidos Piden bellezas que se brinden y se disfruten con facilidad;sobre todo, deben poseer lo inesperado y nuevo. Acostumbrados a la lucha, las cruces y la monotonía de la vida práctica, requieren emociones rápidas, pasajes deslumbrantes... l.os autores aspirarán a la ejecución rápida. más que a la perfección del detalle. Las producciones pequeñas serán más comunes que los libros voluminosos. El objetivo de los autores será sorprender más que agradar, y remover las pasiones más que encantar el gusto.
Tocqueville es uno de los primeros en señalar que la democracia anima el comercialismo en la literatura y las artes. Dejando de lado un gran número de autores, los escritores en una democracia trabajan para el mercado:
La democracia, no sólo inculca un gusto por las letras entre las clases mercantiles, sino que introduce un espíritu mercantil en la literatura... Entre las naciones aristocráticas nadie puede esperar tener éxito sin grandes esfuerzos, y... estos esfuerzos pueden conferir gran cantidad de fama, pero nunca mucho dinero, mientras que entre las naciones democráticas, un escritor puede hacerse la ilusión de que obtendrá a un coste barato una magra reputación y una gran fortuna.
Lo que es remarcable de pasajes como éste es que muchos de los puntos que señala pueden aplicarse al kitsch: arte como recreo y entretenimiento. facilidad de acceso, efectos rápidos y predecibles, «espíritu comercial» por parte de los escritores (que están más interesados en la recompensa financiera inmediata que en lograr la fama), la necesidad psicológica del lector de escapar del aburrimiento de la vida cotidiana —estos son algunos de los elementos recurrentes en las definiciones sociológicamente orientadas del kitsch—.
V. MAL GUSTO, IDEOLOGÍA Y HEDONISMO
[...] Ciertamente, una de las principales razones del crecimiento de lo kitsch desde el comienzo del siglo XIX. citando a otro sociólogo de la cultura moderna, Dwight Macdonald. es el hecho de que «las empresas encontraron un mercado lucrativo en las demandas culturales de las recién despertadas masas, y el avance tecnológico hizo posible la producción barata de libros, cuadros, música y muebles en cantidades suficientes como para satisfacer el mercado»
[...] Debemos, por tanto, reconocer la existencia, junto con las modestas variedades del kitsch, de un kitsch suntuoso que es privilegio de los ricos. Además, aun cuando no sea caro, a menudo se supone que lo kitsch sugiere riqueza y superfluidad: los objetos de imitación de oro o plata y las joyas de cristal coloreado que se venden en los almacenes tienen sin duda mucho que ver con el kitsch. En cuanto al kitsch rico, de clase alta, la segunda mitad del siglo XIX y esa extensión de tiempo que se ha llamado la helle époque nos pueden proporcionar numerosos ejemplos. Incluso los reyes que reinaban durante ese bendito período se convertían a veces al kitsch, como Luis II de Bavicra, que se entregó frenéticamente a la clase más lujosa de mal gusto.
[...] La clase de gusto que satisface las formas inferiores del kitsch no deben confundirse con el gusto popular (aunque el epíteto «popular» ha sufrido un cambio importante de significado durante la última década, y la «cultura popular» de hoy es a menudo puro kitsch). A lo largo de los siglos, el gusto popular encontró expresión y satisfacción natural en la poesía y el arte folclórico, que, de ningún modo, son inferiores estéticamente a las creaciones de la cultura elevada. La cultura folk, resultado de un proceso de creación participativa largo, orgánico y múltiple es, a pesar de su apariencia a veces torpe o naive, muy elaborada y refinada. Lo importante —para citar otra vez a Macdonald— es que el Arte Folclórico creció desde abajo, mientras que la «Cultura de Masas se impone desde arriba. Lo fabrican los técnicos asalariados por las empresas; su audiencia son consumidores pasivos, estando su participación limitada a elegir entre comparar o no comprar. En breve, los dioses del kitsch explotan las necesidades culturales de las masas con el fin de lograr un beneficio y/o mantener su clase dominante —en los países comunistas sólo se logra este segundo propósito— .
[...] Para comprender la naturaleza de lo kitsch deberíamos, entonces, analizar el hedonismo particular característico de la mentalidad de la clase media. Su característica principal es quizá que es un hedonismo vacilante, perfectamente ilustrado por el «principio de la mediocridad» que siempre se logra en el kitsch (esta abarcadora mediocridad es más notable en las formas de kitsch más elaboradas y exageradamente complicadas). Siendo la clase media una clase activa, su hedonismo se reduce a la utilización del tiempo libre. Es un hedonismo de relajación y, por tanto, de naturaleza compensatoria. Esta es la razón por la cual lo kitsch se presta a una definición en términos de un intento sistemático de huir de la realidad cotidiana: en el tiempo (a un pasado personal, como lo indica el culto kitsch del son- venir; al «idilio de la historia»; al futuro aventurero por medio de los clichés de la ciencia ficción, etc.), y en el espacio (a la imaginería más diversa y a las tierras exóticas). En un nivel práctico, la finalidad de la relajación requiere que las actividades familiares se ejecuten con el mínimo esfuerzo posible y la máxima diversión: así es como surge el artefacto (artefacto producido por un sector especializado de la industria de objetos kitsch). El hedonismo de la clase media es en principio abierto, sin prejuicios, ansioso de nuevas experiencias, esta apertura, sin el estorbo del sentido crítico, explica la tolerancia y a veces el carácter heteróclito del mundo del kitsch. La superficialidad de este hedonismo sólo puede compararse con su deseo de universalidad y totalidad, y con su infinita capacidad para adquirir bella basura.
[...] Las civilizaciones tradicionales —incluso aquellas que no tienen el trabajo como tal en gran estima— tienden por razones diversas a elogiar las virtudes del ahorro, la frugalidad, la economía, etc. (que no son sino formas de posponer el consumo), y, en consecuencia, a prevenir contra los peligros envueltos en el consumo inmoderado (una palabra que en lenguaje común todavía significa principalmente «destrucción», «derroche», «despilfarro», y que se asocia naturalmente con las nociones de «lujo», «abundancia», e incluso «decadencia»).
[...] El kitsch es el resultado artístico directo de una importante mutación ética de la que es responsable la peculiar conciencia del tiempo de la clase media. De modo general, el kitsch puede verse como una reacción contra el «terror» del cambio y de la insignificancia del tiempo cronológico fluyendo desde un pasado irreal hacia un futuro igualmente irreal. Bajo tales condiciones, el tiempo libre —cuya cantidad está socialmente creciendo— se siente como una extraña carga, la carga de la vaciedad. Lo kitsch se muestra como un modo fácil de «matar el tiempo», como un escape placentero de la banalidad, tanto del trabajo, como del descanso. Lo divertido del kitsch es precisamente el lado opuesto al terrible e incomprensible aburrimiento.
Matei Calinescu, Cinco caras de la modernidad. E. Tecnos