Violeta Beaudrembour estaba frente a mí con una sonrisa de oreja a oreja, como quien encuentra algo que ha buscado por mucho tiempo. Tenía un mechón rojo sobre su cabellera azabache, sin un solo rastro de ese pasado gótico que la había marcado más que la palidez de su piel; una palidez mermada por el sol, astro que yo creía que Violeta desconocía completamente. A veces, una primera impresión te da la pauta de que una persona no es la misma de antes. Su forma de sentarse, de sostener el cigarrillo entre los dedos, la forma de sonreír… nunca había visto sonreír así a Violeta. Yo estaba inmóvil, un poco por el alcohol en mi cuerpo y un poco porque sí, porque era Violeta, la Emperatriz del Mundo Gris.
—¡Lito! —me dijo, sorprendida, apoyando una mano sobre mi pierna— ¡Sos vos!
Y si, era yo, obnubilado ante la presencia de quien había sido la soberana de todas mis depresiones.
Qué alcance épico tienen los desamores. En nuestra mitología personal los evocamos como enormes dragones, pérfidas gorgonas que aterrorizan nuestros recuerdos. Allí donde pisó un desamor, no volvió a crecer el pasto, los animales temen sentir su aroma, y los niños se mueren de miedo al percibir el veneno de su nombre. Gigantescas, monstruosas, violentas criaturas de nuestro pasado, fantasmas asesinos, psicóticas hadas de la noche. Los rememoramos como seres terribles que nos hirieron con acero maldito. Los desamores son los terrores. Pero cuando el tiempo pasa los corazones cambian y los tenemos frente a nosotros, están a nuestra misma altura. A veces, quizás, un poco más cerca del suelo. Poco pueden hacer los desamores frente a Los Gigantes.
—¡Viola! —le dije, recordando la primera vez que la había tuteado; recordando ese cine, con más nostalgia que melancolía—. Hace bastante, ¿no?
—Qué cambiado estás, Lito, ¿qué te pasó?
—Crecí —le dije, con una sonrisa pícara. Si hubiera crecido tanto por fuera como por dentro, ya habría atravesado el techo.
—Me doy cuenta, estás diferente, muy distinto.
—¿Eso es bueno? —pregunté, mientras tomaba un trago de cerveza.
—¡Muy bueno! —contestó, agitando la cabeza y siguiendo el movimiento con la mano que sostenía el cigarrillo—. Antes, no te habría cruzado en un boliche.
—Algunas cosas cambian —le dije, mientras terminaba mi cerveza como si fuera combustible de coraje—; vos, por ejemplo.Te vi el jueves, pero recién hoy te reconozco.
—¡Yo también te vi! Pero estabas con alguien… —agregó, con esa ligera maldad que todas las mujeres arrullan en la lengua—. No quería molestarte ¿Estás de novio?
—No. Solo, como siempre —dije, sin contar a la inquilina que se había ido hacía unas horas de mi corazón—. ¿Vos? ¿Seguís con el forastero?
—¿Con quién? —preguntó, soltando una risita.
—Con el tipo por quién me dejaste.
Violeta se sorprendió por mi respuesta. Y yo también. Todos los cambios que sentía dentro de mí no habían salido aún. Era como si estuviera firmando un cheque y sellando mi transformación, como si abriera la boca y dejara salir al gigante que dormía en mis pensamientos. Fue una respuesta intimidante. Pero no tuvo ese resultado. A Violeta la sorpresa no la había horrorizado. Había pateado un barril lleno de petróleo al centro de una hoguera.
—¿Estás seguro de que sos vos? —dijo, riéndose nerviosa—. Nunca te había escuchado hablar así.
—Pero no me contestaste —continué, mirándola fijo a los ojos.
—No, corté al poco tiempo de empezar a salir. Era muy… apegado. Demasiado apegado a mí. Me aburría.
—Si era demasiado apegado no se quería mucho él mismo —acoté con frialdad, mientras pedía otro vaso de cerveza.
—Tenés razón, Viola. Era.
Tomé un trago de la cerveza que el barman ponía frente a mí, miré a Violeta, y levanté el vaso.
—¿Querés una cerveza? —pregunté con amabilidad, para borrar la mala sensación de mi último comentario.
—No, gracias, Lito, ya tomé bastante. Estoy un poco para atrás. —Se acercó a mi banqueta. No parecía estar borracha.
—¿Querés ir a bailar un poco? —le pregunté, acercándome a su rostro, lo que no pareció generarle incomodidad.
—No, ya bailé bastante —respondió, sonriendo y acercando su boca a mi oreja.
—Está bien —le dije, y la tomé de la mano. Ella se sorprendió, pero pareció una sorpresa agradable, porque la pude ver sonrojándose mientras abría la boca de forma lasciva.
—¿A dónde me llevás? —preguntó. Pero no pudo escuchar respuesta alguna, porque hundí mis labios en los suyos, mientras atraía su cintura hacia la mía. La sentí derretirse contra mí. Sentí el poder de los corazones hambrientos de vida. Sentí por primera vez lo que era salir a la vida, a ser salvado o muerto. Sentí quemarse las hojas del otoño, luego el bosque, y luego el planeta. Otro planeta destruido, y yo emergiendo de las cenizas. Insistió—: ¿A dónde me llevás?