80 La Noche Sin Palabras
Florencia cerró la puerta con llave detrás de ella y me ordenó subir por las escaleras. Yo le hice caso sin chistar, porque seguía sorprendido. Llegamos a una pequeña habitación con dos puertas. Florencia abrió la primera, vio un inodoro y la cerró de inmediato. Abrió la otra, encontró una cama que parecía hecha hacía unos días, y me hizo entrar, pidiéndome que me sentara. Se paró frente a mí y finalmente volvió a abrir la boca.
—No entiendo —dijo—. No entiendo nada.
La miré a los ojos, pero no pude hablarle.
—¿Qué es esto? —me preguntó—. ¿Qué es esto que nos pasa?
Me imaginaba de qué estaba hablando, pero no podía contestarle con seguridad. Sabía lo que pasaba dentro de mí, pero en Florencia todo era un enigma imposible de resolver.
—Antes tenía las cosas bajo control… hasta cuando terminé con mi novio. Cinco años. Cinco años invertidos en alguien… yéndose a la mierda de un día para el otro porque uno no quiere más a esa persona. Eso también lo tuve bajo control. ¿Pero esto? Nunca pensé que me iba a pasar algo así. —Sus labios se contraían, cerró los ojos lentamente y volvió a hablar—: Yo quería divertirme con vos, pasar ratos lindos, acostarnos, escuchar discos… querernos un rato… pero esto…
Miraba el piso, hablaba con frases entrecortadas; vi que sus ojos húmedos comenzaban a derramar lágrimas sobre sus pómulos.
—Flor —le dije, levantándome y apoyando mis manos sobre sus hombros— ¿Qué te pasa?
—No controlo más mi vida —respondió.
No sabía qué decirle. Mi boca se cerró por completo y mis ojos se abrieron de par en par. La niebla alrededor de Florencia se disipaba. Ya no era esa mujer segura hasta en sus lágrimas.
—Ese chico que estaba abajo es un compañero de cursada. Es lindo, inteligente, me gusta.
—¿Y entonces? —pregunté, con tristeza.
—Me gusta. Pero no es Hipólito. No es Bob. No sos vos.
—Pero cuando te dije que te amaba vos no me quisiste ver más.
—Porque no te podía ver más. No te puedo ver más. Vos me pedís algo que yo no te puedo dar. Te dije en esta misma casa, en ese patio, que yo no te quería lastimar.
—Y te dije que no me ibas a lastimar. Fue por vos que empecé a ser el que soy, y me gusta ser así. Vos me ayudaste a salir de mi encierro, a despertarme. No sos cualquier persona. No me podés pedir que dé media vuelta y me vaya.
—Vos tampoco sos cualquier persona —dijo en voz baja, casi en un susurro.
Florencia me miró y cerró los ojos. Estaba llorando. Se inclinó hacia mí, apoyó sus rodillas en mis piernas y me abrazó. La tomé de la cintura y acerqué su cuerpo hacia el mío. Florencia. Apareció disparando una escopeta de verdades mientras mi vida estaba dormida. Ahí había estado desde entonces, demoliendo cada pedazo de mi mundo para que yo volviera a construirlo, más fuerte y seguro que antes. Ahí estaba todavía, gritando adentro de mi mente, desordenando la casa reconstruida.
Florencia me acarició el rostro y puso sus labios sobre los míos, pero no fue un beso. Presionó su rostro contra mi rostro, pero no fue una caricia. Teníamos los ojos abiertos tan cerca del otro que no veíamos nada. No hacía falta hablar. Me recosté en la cama y Florencia se acostó sobre mí. Estuvimos mucho tiempo estudiando cada rasgo de nuestras caras sin pronunciar palabra. Las recorríamos con nuestros dedos como si estuviéramos tratando de leer un texto en braille. Nuestros ojos hablaban de amor, de decepción, de ilusiones que se transformaban en tormentosas realidades. Del peso sobre los hombros del mundo de todos los “Te amo” dichos hasta entonces. Éramos el refugio en la tormenta de nuestros sentimientos. Explosiones de gente compleja. Choques de gente compleja. Colisionábamos una y otra vez.
Nos miramos por última vez y nos dimos un beso que borró todos los besos que había dado antes. Tenía muy claro en mi corazón que Florencia era su única habitante. Su boca actuaba como portal a estados de ánimo que no sabía que existían. Era un lanzallamas frente a cualquier otro tipo de experiencia, que agonizaba hasta convertirse en cenizas. Florencia no era una mujer, era una fuerza de la naturaleza. Seguramente, cualquier persona que ama a alguien, ve en esa persona la fusión de todas las fuerzas existentes.
No hubo despedidas tristes. No hubo más lágrimas. Nos miramos y no dijimos nada. Era una noche sin palabras, y todas las revelaciones vibraban en el aire. Nuestros cuerpos hablaban. Cada elemento que los conformaba nos decía algo. No iba a ser la última vez que nos veríamos. El ramo de flores que había terminado en manos de Fernando y se había marchitado con el paso del tiempo, volvía a florecer. Un pequeño milagro en la mitología de nuestras vidas. Otra prueba de la marca que había en nuestro interior. La marca del otro grabada con el fuego de lo que nunca antes habíamos sentido.
Florencia se paró. Yo le tomaba las manos. Dio un paso hacia atrás. La sostuve un poco más, y finalmente la solté. Ella me sonrió y permaneció inmóvil un instante, observándome, cuidándome con su mirada. Dio la vuelta, abrió la puerta y desapareció. Me quedé un rato más en la cama, mirando el techo, analizando cada minuto que había pasado.
Tenía que hablar con Violeta. Ella ya no era la misma mujer que me aterraba, a quien odiaba; era una persona cambiada. Parecía haber sido en otra vida que se movía sin importarle lo que hiciera con los corazones de los demás. Merecía que fuese franco con ella. Ya no podría verla. No después de esa noche. Ya no podría seguir jugando a ser otra persona. Fuera bueno o malo, mi futuro estaba con Florencia o con nadie más.
Bajé del segundo piso, cerré la puerta para que ningún idiota tratara de arrojarse por la ventana, me acerqué a Kuni, y le di la llave. Mi hermana me preguntó si me iba, y le dije que era sólo por un momento.
Mi cabeza estaba nublada. Necesitaba salir y despejarme.
Tomé un taxi y fui hasta el departamento de Ezequiel. Era hora de cobrarme favores de oído. Si llegaba a encontrarlo en la casa, pensaba agarrar una de sus botellas de vodka y embriagarme sobre su sillón, mientras le contaba cada detalle de esa noche. No esperaba más que una atenta escucha de su parte. Cosa de amigos.
Llegué y toqué timbre un par de veces, pero no hubo caso. Me quedé unos minutos esperando y pronto apareció uno de los amigos músicos, uno de los idiotas. Me dijo que vivía en el edificio y me preguntó si quería entrar. Lo hice, le agradecí, lo despedí en el primer piso, y subí hasta el tercero donde vivía Ezequiel. Escuché música del otro lado de la puerta pero no la pude identificar. Toqué la puerta una vez y se abrió sola. Era de madrugada y de pronto me sentí un intruso. Planeé dar media vuelta e irme, y me di cuenta de que así la puerta permanecería abierta y que a Ezequiel podría pasarle cualquier cosa. Entré con cuidado, por si se estaba drogando o estaba con una mujer. Eran dos situaciones en las que no quería encontrarlo desprevenido. No parecía haber sucedido nada extraño. El departamento estaba tan desordenado como siempre. De repente, solo en su comedor, sentí un temor recorriendo mi espina dorsal. ¿Y si le había pasado algo? ¿Y si había pasado algo terrible? Caminé rápidamente hacia el baño y lo encontré vacío. Solté un suspiro. Lo llamé en voz alta, pero no había chances, la música estaba demasiado fuerte. Arrepintiéndome antes de haberlo hecho fui hacia su habitación, que era la fuente de la música. Mi corazón se aceleraba a cada segundo y en mi mente aparecieron imágenes horrendas, todas bañadas de rojo o repletas del negro del luto. Abrí lentamente la puerta… y encontré a Ezequiel Ravelli cogiéndose a Violeta Beaudrembour.













