La impulsividad que nace desde adentro y que se disfraza de calma me inquieta profundamente. Esa aparente serenidad funciona como una trampa: otorga tiempo para estimar escenarios, medir probabilidades, alimentar pensamientos sobre lo que puede fracasar y sobre lo que, en ocasiones, podría “funcionar”. En ese cálculo no hay virtudes ni razón. Cuando la gobernanza interna, mis frenos, la reflexión, las normas a las que decido ya no sujetarme, y falla frente al impulso de ceder, se desata algo más oscuro: una furia que borra matices, una ira que empuja hacia la eliminación de cualquier amenaza. Entonces ya no buscaré justicia ni reparación: buscaré aniquilar la posibilidad misma de ser herido otra vez.










