Su pequeña nariz, curiosa del aroma a pinos altos, se asomaba por una rendijita, intentando captar el olivo que desprendía el armonioso baile de vientos; cuando la chimenea elevaba el humo del horno, sin dejarse la mínima miga sin hacer. Tan bella, en el desierto en el que estaba; me encontraba contemplándola suya en su espejo. Ella reía y los faros brillaban a lo lejos sin intermitencias. Tal vez, encontrarnos sin reconocernos era lo nuestro; porque podía entenderla, aun cuando los silencios y sus alfombras tercas de vacío nos opacaban; porque así era la vida. Pero a veces el terciopelo y la valentía nos miraban de reojo, obsequiándonos el maravilloso deseo de seguir viviéndonos.
Álex Hernández.

















