Profanación. Es una costumbre que ejercen personas que no tienen ni idea de como ayudar, pero eso no las detiene, entonces lo intentan. En casi cualquier situación solo se convierten en obstáculos. En casos más graves, como el que viví recientemente con la muerte de mi padre, se convierten en profanadores. Son personas que apenas te conocen, el vínculo jamás fue más allá de un hola y chau, pero de repente se enteraron que se murió mi padre y pretenden exprimir a mi madre y a mí confesiones profundas, charlas intensas, quieren que nuestro corazón se abra frente a sus narices que huelen dolor, congoja, sufrimiento. Y eso les atrae como moscas. ¿Cómo voy a hablar yo de mi dolor más desgarrador con alguien que me cruzo menos de 10 veces al año por puro azar, únicamente en la calle, cuando hago algunas compras? Profanadores. Quieren desesperadamente ser parte de un momento trascendente sin poder aceptar que como personas o como vínculos son intrascendentes. No tienen guion pero hablan, a veces parece que hasta les molesta no tener el protagonismo de la tragedia de turno. Mucho mejor hicieron las personas que supieron exactamente qué decir o qué callar, sin importar si era mucho o poco, en el momento correspondiente, al margen de que el momento fuera descomunal. Mucho mejor hicieron también quienes fueron conscientes de su inutilidad en momentos como este y se quedaron al margen, con un breve saludo respetuoso a la distancia, sin molestar. Lo peor son estas otras personas que no me conocen, no se conocen, y tienen una desesperación inagotable de pasar a la historia ante la mínima o máxima oportunidad que se les presenta, sin importar quien sea afectadx en su camino a la fama. Profanadores.
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