/𝑰𝑺𝑳𝑨𝑺 𝑩𝑹𝑼𝑴𝑨
Cada puerto es una historia mal cerrada, cada taberna una trampa, cada esquina un posible final. Los niños aprenden a remar antes que a caminar, y las canciones de cuna son viejas baladas de piratas colgados por traición. Hay leyes, sí, pero son delgadas como las redes de pesca y se rompen igual de fácil.
La diosa Seldrae —madre de las aguas, patrona de las mareas, protectora de lo que se esconde bajo la espuma— es la única autoridad que todos temen de verdad. Su rostro aparece tallado en proas de barco, en las monedas oxidadas que pasan de mano en mano, en las paredes de los templos hundidos que sólo las sirenas visitan. Nadie se atreve a blasfemar contra el mar: porque el mar escucha, y el mar castiga.
Las Bruma son el refugio de quienes no encajan. Piratas, semisirenidos, ladrones, mercaderes sin bandera y criaturas que no podrían sobrevivir en ningún otro lugar. Sus calles se inundan cuando llueve y su gente canta cuando muere. Las pescaderías son catedrales donde se negocian vidas a cambio de ostras. Los burdeles están llenos de secretos y los fuertes, de cadáveres olvidados por la justicia.
En las noches se dice que las sirenas entonan himnos antiguos desde los arrecifes, y los marineros borrachos lloran sin saber por qué. Las velas se apagan solas. Las brújulas se vuelven locas. Y sin embargo, nadie se va. Porque las Islas Bruma son peligrosas, sí, pero también son libres. No exigen lealtades, no prometen nada. Solo ofrecen un sitio donde desaparecer… y tal vez, si uno sabe sobrevivir, renacer como otra cosa. Allí donde la niebla es más espesa, donde los barcos se deshacen de sus nombres, las Islas Bruma esperan.














