@cazarez_edmundo entrevista exclusiva a Jacobo Zabludovsky Amigos queridos les dejo la entrevista exclusiva que le hice Jacobo Zabludovsky, la cual se publicó en el diario…

seen from United Kingdom
seen from United States

seen from Russia
seen from Hong Kong SAR China

seen from Germany
seen from Germany
seen from Thailand
seen from Austria

seen from Singapore

seen from Germany
seen from China
seen from France
seen from China
seen from France

seen from Morocco

seen from France
seen from United States
seen from France
seen from United States
seen from France
@cazarez_edmundo entrevista exclusiva a Jacobo Zabludovsky Amigos queridos les dejo la entrevista exclusiva que le hice Jacobo Zabludovsky, la cual se publicó en el diario…
HELIOS vs PERSEFONE
Vamos a ser claros, esto que estoy a punto de contarles no me sucedió a mí, le sucedió a M. M era un niño cuando todo ocurrió pero escuché su historia muchos años después, cuando ya era un adulto, de su boca, en algo parecido a una borrachera; hubieron lágrimas, lágrimas del tipo que caen de pronto, rectas, sin previo aviso, lágrimas del tipo que a la persona que llora le importa un carajo que broten y se les vean los surcos mojados en la cara. Cuando M estuvo sobrio no volvió a hablar del tema. Nunca.
Como he dicho, M era un niño, aquél día vagaba por la ciudad, había acompañado a su padre a un asunto de trabajo. Se detuvieron en una nevería. Antes las neverías eran preciosas, salones enormes con refrigeradores metálicos gruesísimos, en su interior había paletas, incluso paletas de refresco de cola y baldes hondos con crema de helado, los dependientes estaban uniformados de blanco, con mandil y gorra y por lo regular eran hijos del dueño del lugar, la última que vi de ese tipo la cerraron hace algún tiempo y de verdad era así como les cuento, sólo que en los últimos años los dependientes, que eran hermanos, hombre y mujer, ya no usaban sus respectivos uniformes y se veían amargados, habían engordado y a uno de ellos, el varón, le habían salido granos por toda la cara y por los brazos; con todo, siempre fueron corteses, pero un día simplemente cerraron el local y en su lugar abrieron una de esas tiendas asquerosas que venden electrodomésticos a plazos indefinidos, lo que es como sacarse un ojo de la cara. Bueno, pues M y su padre pararon en una nevería así. Cerca del lugar todo era algarabía, hacía meses que se respiraban aires peculiares, se oían cantos y exclamaciones, ingeniosas, provocadoras, agudas, o al menos eso le pareció al padre de M, y lo dijo, por eso, después de pagar por la paleta de coca-cola de M y por el helado de grosella para él -lo tiene claro-, su padre sencillamente dio media vuelta y se puso a ver el espectáculo mientras lamía su helado. M lo recuerda así, tomándolo de la mano, con un sombrero similar al panamá hat y lamiendo su helado. Ese es el último recuerdo claro que tiene de él. De pronto el padre de M aprieta fuertemente la mano de su hijo, un tanque militar pasa frente a la nevería, el soldado con la cabeza afuera de la carrocería voltea a mirarlos, sus facciones son duras, imperturbables. El tanque pasa de largo, la mano del padre de M suda en exceso, el padre de M dirige su mirada a M, quiere decirle algo, se acuclilla pero un resplandor blanco en el cielo los distrae a ambos. En ese momento empieza la balacera.
Lo siguiente fue confuso para M, lo que hacen padre e hijo es meterse al establecimiento, los metrallazos no dejan de oírse y a esto se suma un azoro estremecedor de voces, gritos, llantos. Al lugar llegan soldados, dan órdenes, amenazan, intimidan. El padre de M abraza a M con todas sus fuerzas, los soldados están a punto de marcharse pero algo ocurre, en medio del alboroto M pierde contacto físico y visual con su padre, hay reclamos, nervios, súplicas y de improviso unos brazos lo meten a un congelador y M deja de oír la voz de su padre. Por más que llora, por más que lucha por salir, queda atrapado. Horas. Algunas horas pero a él le parecen días. En algún momento un viejo abre la portezuela del congelador, es el dependiente, el dueño de la nevería, ni siquiera mira los ojos de M, tiene el seño gravemente fruncido, saca al niño y se limita a pasarlo a los brazos de una mujer también mayor que M presume es la esposa del viejo. M pregunta por su padre, la mujer está llorando, lo acaricia, pronto se dirigen a la calle, hay mucha gente muerta, el viejo va adelante, cada cuerpo que encuentran el viejo y la mujer lo inspeccionan, luego siguen, en la esquina de una calle hay un camión militar, los soldados arroban cuerpos, decenas de cuerpos, lo mismo ocurre en otras partes, cuando el viejo, la mujer y M llegan al camión y preguntan por sus hijos un soldado les responde algo así como: A chingar su madre, rucos, a ver si así aprenden a respetar. Y además agrega: En los putazos a su padre lo respetan. El camión arranca. Continúa la búsqueda, pero es infructuosa. Pronto no quedan cuerpos en ningún lugar.
M no se había dado cuenta, pero llevaba horas llorando, en silencio, sin parar. En esta parte de la historia, años más tarde, cuando me la contaba, me di cuenta que M, tal como su proyección infante, también llevaba un rato llorando, pero serenamente, con la mirada fija en algún punto. En casa del dependiente M no es capaz de responder dónde vive, sólo da señas, pero sus señas son inútiles. Semanas después hay una visita inesperada, un muchacho, que dice a los señores ser amigo de sus hijos, afirma haber estado con ellos cuando les hirieron, quedaron con vida, igualmente los subieron a uno de esos camiones. Eso es lo que recuerda M, sobre cómo logro seguir con vida el muchacho no lo tiene claro. El viejo no comía, la mujer comía muy poco, M comía moderadamente, un día de esos la mujer toma la decisión de llevar al niño a la única estación de metro de la que él da noticia. Lo lleva por meses, un par de horas cada vez, hasta que una tarde alguien lo reconoce, se trata de una amiga de la familia de M, las mujeres intercambian palabras, lágrimas, alegría, angustia, frustración. El padre de M no ha aparecido, tampoco los muchachos. Andan diciendo que los fueron a quemar, allá en el campo militar, dijo la amiga de la familia, la mujer del dependiente se llevó las manos a la boca y se echó a llorar. M no volvió a saber de los señores. Tampoco de su padre. Estaba deshecho cuando terminó su historia, respiraba levemente por la boca y continuaba con la mirada absorta, perdida. Pero espera un momento, dijo, con la muñeca a la altura de los hombros y el dedo índice encorvado, quieto, espera un momento: aquella noche… aquella noche, antes de ponernos a buscar a papá, a los muchachos, ese hijo de puta, ese hijo de puta… En ese momento entró la esposa de M, lo interrumpió, me dirigió una mirada terrible y se apresuró a cobijar a su marido en su regazo, M lloraba, lloraba como nunca lo vi llorar en la vida. Minutos después se marcharon, otro día cuando le pregunté a M sobre la historia de esa noche él me respondió que no tenía idea de lo que le hablaba. Me cortó en seco. Yo no pregunté más.
Les he contado esto por dos razones, las dos van muy unidas. La primera es que hace poco más de nueve meses el ejército desapareció a 43 estudiantes de una escuela rural y mató a varios más, también a civiles; les eran incómodos al gobierno porque tenían un noble propósito en la vida, y en una tierra secuestrada por la escoria la nobleza se paga caro. En el servició militar nos dijeron que los habían quemado, que eso hacían con los desaparecidos, que eso se hacía siempre, y se seguiría haciendo siempre. Existe evidencia que confirma las incineraciones. La muerte ronda cerca, los más insensibles la perciben como escalofrío. Pero está cerca, es una perra desquiciada de múltiples rostros humanos, ciega, hambrienta, encadenada, fiel a sus maestros, sus amos, hombres depredadores de hombres de cuyas manos envueltas en sangre beben las masas, la sangre del ganado vil que alimenta al ganado vil que alimentará al ganado vil.
Hoy murió Jacobo Zabludovsky. Pensé en M. Esa es la segunda razón. Quien piense que el círculo maldito está cerrado se equivoca, no diré Gómez Leyva, no diré Alemán ni López-Dóriga, no diré Loret de Mola ni Micha ni Marín, ahorraré palabras pusilánimes. El milenio se abre y sangra y la gran perra sigue entre nosotros; los rebeldes combaten desde sus trincheras, viven, luchan. Aman. Salen al campo de batalla. Digan lo que digan, salen a ser mordidos por la barbarie, a ser desgarrados por la barbarie, a ser desmembrados, a ser tragados por la inmunda y execrable barbarie, pero también, y esto hay que decirlo, a quebrarle dientes, a segarle la maldita lengua, a cortar su yugular antes de desfallecer, aunque se diga que eso no es cierto, que aquí no ocurre nada.
Lo que son las cosas, hoy fue un día soleado. Pero también llovió en la tarde. Esta es mi declaración: Prefiero los cielos nublados; la sangre de Alétheia nutrirá las primaveras.
Es todo.
Publicado originalmente en VIENTO ARTERIAL el 2 de junio de 2015.
Habla fuerte para que te oigan; claro, para que te entiendan y breve para que te aplaudan.
Jacobo Zabludovsky
Molotov - Que No Te Haga Bobo Jacobo
(via GIPHY)
Un Día soleado
Las redes sociales están inundadas con imagenes de odio a Jacobo Zabludovsky por su famosa frase “Hoy fué un día soleado” el supuesto 2 de ocutubre de 1968, día de la matanza de Tlatelolco. Pero ¿estamos 100% seguros de que esto fue lo que en realidad pasó? o simplemente nos mantenemos en la borregada compartiendo imágenes y comentarios en las redes sociales, ¿opinamos en contra o a favor de algo…
View On WordPress
tbh if the 1d fandom thinks that they are having bad days they should see what 2015 july is like in Mexico i'm totally serious we are living the real apocalypse