Él es tactista. Maneja con excelencia ese sentido.
Se trata de su agilidad para posar su mano sobre la mía, sin que la última se dé por enterada sino hasta el último segundo.
Casi ni se siente su contacto y; sin embargo, deposita una conexión que me hace sentir presente.
Sus dedos han paseado delicadamente sobre mi cuello, bajaron sobre mi espalda y asaltaron mi tensión.
Como si no me cubriera la tela y acariciara directamente mis poros.
Todos sabemos que algunos hombres te desnudan con la mirada. Él podía alcanzar mi desnudes sencillamente con tocarme y no lo imaginaba.
Ay de mí si la carne aullara cada que la roza. Pero ésta calla, como prestándose al secreto.
Es la lucha de mi silencio contra su astucia. Es la guerra para evitar una caricia descarada e intentar sostener al autocontrol sobre una prosible manipulación.