Cómo “adaptaron” a los líderes “progresistas”…
James Petras*
Publicado por Crónica Digital el 16 de febrero de 2026
Las dictaduras de la década de los setenta jugaron inicialmente un importante papel en el cambio del mundo intelectual latinoamericano. En primer lugar asesinaron, encarcelaron o desterraron a muchos de los intelectuales señeros, particularmente, a aquellos vinculados con activistas sociales.
Los encarcelados que tuvieron la suerte de ser puestos en libertad, los exiliados y los expulsados de las universidades, perdieron su principal fuente de ingresos. Los diarios fueron cerrados; los movimientos, sindicatos y partidos políticos parcialmente destruidos; las revistas y periódicos fueron cerrados o sufrieron una rígida censura.
La clase intelectual política y económicamente vulnerable, estuvo crecientemente dispuesta a aceptar el financiamiento externo como una forma de supervivencia.
Por otra parte, debido a las presiones de la opinión pública internacional (incluyendo a los activistas por los derechos humanos, la Iglesia, los partidos políticos, etc.), las agencias gubernamentales de asistencia en Europa y Canadá, así como fundaciones privadas en Estados Unidos aumentaron sus subsidios y liberalizaron sus criterios ideológicos con respecto a beneficiarios potenciales en América Latina.
Los programas de ayuda así liberalizados y las purgas que los regímenes aplicaron a instituciones políticas y movimientos, fueron bases para la creación de un nuevo mundo intelectual: el de los centros de investigación financiados desde el exterior. Para los intelectuales política y económicamente vulnerables; esto fue en algunos casos un salvavidas: la vinculación a agencias gubernamentales subsidiantes de Europa o a fundaciones estadounidenses, proporcionó protección política y una sólida fuente de ingresos, que ayudó a muchos a sobrevivir y proseguir una vasta gama de temas de investigación.
Los resultados inmediatos de esta unión entre las fundaciones liberales y socialdemócratas y los intelectuales vulnerables pareció sólo para bien: mientras las universidades y los institutos públicos eran arrasados, islas de racionalidad, ciencia y análisis crítico continuaban recogiendo datos y publicando estudios científico-sociales.
Los mayores y mejor establecidos institutos fueron controlados y dirigidos por intelectuales de centro-izquierda que habían desarrollado vínculos con fuentes exteriores de subsidios desde fines de los años sesenta y principios de los setenta. El crecimiento y el éxito de estos centros de investigación condujo a la proliferación de nuevos institutos identificados por una literal sopa alfabética de siglas.
Una amplia gama de escritores, intelectuales, políticos y analistas económicos entró en la competencia para obtener fondos. Con el retorno de muchos intelectuales que habían vivido en el extranjero, el número de institutos se multiplicó. En el exterior los intelectuales exiliados habían recibido, en muchos casos, recursos de gobiernos o de fundaciones y estuvieron en estrecha colaboración con las corrientes liberales y socialdemócratas vigentes.
Una conexión directa se estableció entre la integración institucional de los intelectuales latinoamericanos desplazados dentro del welfare state liberal-socialdemócrata y su creciente consumo de corrientes intelectuales posmarxistas.
Luego de su regreso a América Latina, esas redes estructurales e ideológicas del exterior se convirtieron en ingredientes esenciales para la posterior expansión de los nuevos institutos. Tales vinculaciones fueron importantes, porque las condiciones económicas latinoamericanas en el período posmilitar eran altamente desfavorables. La cuestión económica fue particularmente sensible, porque los intelectuales que regresaban experimentaron un agudo descenso de su nivel de vida, en relación al que acostumbraban tener en Europa, México, Venezuela o Estados Unidos.
En resumen, el ejemplo de los institutos económicamente exitosos, el poder de influencia derivado de contactos ubicados en el exterior, las desfavorables condi...