El rockero jíbaro de Boyacá
A sus 57 años José Rubio recuerda con emoción sus días formando parte de la miniteca “Yes”, pionera en la zona. Busca dentro de su memoria todos los momentos relacionados a su época como disc-jockey para soltarlos cada vez que le preguntan sobre su pasado delincuencial. José era el vendedor de marihuana más solicitado en Boyacá, una pequeña urbanización de Barcelona. Su padre fue un policía respetado, pertenecía a la PTJ (actual Cicpc) honesta, la que luchaba contra la droga.
La vejez no ha marcado la cara de José Rubio, a su edad aún se encuentra en muy buenas condiciones físicas, trabaja y cuida a su familia de cinco integrantes. Es un hombre entregado al arte y a su vieja pasión, la música. Hace 40 su musa era la cannabis sativa, fue su modus vivendi, su distracción y su placer.
Su época como jíbaro comenzó cuando un colombiano, dueño de un famoso concesionario de autos importados, ubicado en el Centro Comercial Géminis, en la avenida Intercomunal, se acercó a la “placita del centro” –lugar donde fumaba marihuana con sus compañeros y que más adelante sería el “centro de venta”-, para ofrecerles un kilo de marihuana gratis. Él aceptó sin chistar.
El 4 de abril de 1974, en pleno boom hippie, José Rubio comenzó a ser el dealerde Boyacá. El junto a su hermano, Miguel, vendían la hierba desde las 4:00 pm hasta las 9:00 pm, sólo a personas conocidas. –Dame 50 bolívares, dame un puñito- le dijo su interlocutor, adicto a la marihuana. –Es lo último que me queda, porque lo demás me lo fume y no sé con qué le voy a pagar al colombiano.
Pensó que el colombiano lo iba a asesinar, era su primera venta y se había fumado la mitad de la mercancía. –Tranquilo, pero que no se repita- dijo el colombiano con ese acento marcado, a lo “gocho” como recuerda.
José veía en Radio Caracas Televisión un concierto de Queen, fumaba marihuana, y en la televisión sonaba Freddy Mercury y su tema “Radio Gaga”, de repente, un viejo colega de su padre entra a la casa y saluda como si el olor del no estuviese en el aire. “Me sentí muy apenado”, recuerda.
Su padre, Vladimir Rubio, era Comisario de la PTJ, él usaba la marihuana medicinalmente, para untarla en sus piernas y evitar la artritis. José jugaba vivo a veces, cuando el colombiano le daba una marihuana “mala” entraba a la habitación de su padre y las cambiaba.
-Él no será dará cuenta de esto, ni nada, ni la huele – le dijo a su hermano, menor, Miguel.
José Rubio recuerda con orgullo que él nunca robo. Sólo vendía la hierba, por diversión y para tener “la vaina” más fácil. Todas las tardes iba, junto con sus compinches a la placita de Boyacá. Armaban cigarros del tamaño de una regla, casi 30 centímetros de largo. La gente se acercaba a la plaza con la intención de fumar un poco de lo que dejaran los “Pablo Escobar” de la zona. Se mataban por un cachito, por las sobras.
José era la sensación de la urbanización, con su miniteca hacía las mejores fiestas. El humo del hielo seco se confundía con el que desprendía su cigarro de cannabis.
-¿También vendes aquí?, eres arrecho José…- le preguntó un conocido.
-No, pero mañana te acercas a la casa y te vendo sin problemas.
Ese mismo día un par de sujetos llegó a la casa de José, tocaron la ventana con determinación. “¿No tendrás un poquito de marihuana que nos vendas?”, José sólo dijo: “Si no se van les meto un tiro”. Mentira. No tenía pistola, ni nunca aprendió a usar una.
Los hermanos Rubios tenían un equipo de fútbol. Su nombre era “Los Dragones”, al comienzo eran el hazme reír del campeonato. Conocieron la marihuana y en esa etapa de sus vidas ganaron todos los torneos donde jugaban. “Nosotros metíamos goles a fuerza de monte, nos decían ‘Los drogones’, ya teníamos la fama”, dice mientras enciende un Marlboro.
“Yo era conocido como el héroe de la música y el héroe de la droga en Boyacá”, interrumpe su anécdota con esa frase, como para darse una inyección de ego.
Después de un año la situación de torno difícil para José. La policía estaba coloquialmente “arrecha” porque no habían encontrado a los jíbaros que vendían la droga en Boyacá. Muchos operativos terminaron con cientos de gendarmes en la placita. Nunca dieron con ese muchacho, con “El capo” de la droga en ese sector.
Un día se les acercó un efectivo policial en encubierto, vestía una gorra negra, lentes de sol y una chaqueta de cuero. No era la típica vestimenta de un consumidor. José y su hermano se dieron cuenta de esta anomalía y emprendieron la huida, de inmediato, unas patrullas sonaron a lo lejos y como pudieron llegaron a una parada de autobuses y se montaron en el primero que iba a Puerto La Cruz. De nuevo se habían salido con la suya.
“El éxito de nosotros fue nunca haber caído presos”. Admite.
Fue un día lluvioso por la mañana, el viento soplaba frío y expectante, ese día caería uno de los mayores traficantes de droga que se haya conocido en el estadio Anzoátegui.
Un gran despliegue policial alrededor del Centro Comercial Géminis acabó con la dispensadora de marihuana del José Rubio se abastecía para venderla a sus amigos. En ese momento él supo que debía encaminar su vida en otra dirección, sino tendría la misma suerte que sus surtidores colombianos.
Ya no tendría con que llenar su almacén, la “marihuana amarilla” y la famosa “Golden Acapulco” no estarían más a la venta. Ya ese ciclo había cerrado.
“La diferencia entre un vendedor y un consumidor adicto es que el vendedor puede salir de eso más rápido”, y así fue, José Rubio pudo seguir con su vida musical, se graduó de Ingeniero industrial y sólo en sus ratos de ocio se atrevió a fumar otro “cachito”.