090525
Soñé que estaba parado en la esquina de una tienda y veía a un muchacho mulato, de unos 15 años, caminando sin playera, llevaba un perro negro cargado en la espalda. Parecía herido, pero la imagen era digna de una fotografía, así que bajaba del auto y le pedía la foto. Una mujer que salía de la tienda se quedaba atenta. El chico entonces, por pena, se ponía una camisa antes de la foto y yo pensaba en pedirle que se la quitara, pero dada la presencia de la mujer no quería parecer un pervertido. Aun así le explicaba que me parecía que la foto se vería mejor como él estaba y ya. No recuerdo más. Supongo que tomaba la foto y ya.
Soñé que tenía que salir de viaje en auto, estaba acompañado de un amigo, no recuerdo quién, y le pedía que me acompañara. Era de noche.
Soñé que entraba al vapor de un gimnasio. Era como una gran sala con pequeños recovecos con sillones y mesas donde se amontonaba la gente y de donde salía vapor. El lugar estaba repleto. Más atrás había unos lugares más vacíos y, de vuelta al fondo, otras mesas como de cafetería gringa tipo “retro American diner”. Me estaba un rato, creo que iba acompañado de mi papá y llevaba mi mochila con algunas pertenencias. Las recogía y me retiraba. Afuera había unas escaleras eléctricas.
Desde una perspectiva junguiana, estos sueños exploran símbolos de tránsito, observación y exposición. El primer sueño te coloca como testigo de una escena arquetípica: un joven cargando un perro herido, símbolo del instinto vulnerable. El perro negro evoca la sombra, ese aspecto negado pero esencial del yo. La cámara, símbolo del ojo consciente, quiere capturar y transformar ese momento inconsciente en imagen, en símbolo. La presencia de la mujer inhibe el impulso de mostrar la verdad desnuda —la camisa simboliza el velo moral o social que censura la autenticidad.
El segundo sueño, un viaje nocturno en auto con un amigo anónimo, sugiere una travesía interior por el inconsciente (la noche), acompañado de un aspecto de ti mismo o un guía simbólico cuya identidad no es aún clara.
El tercer sueño, en el vapor del gimnasio, sitúa la transformación en un espacio caluroso y denso como el útero psíquico, lleno de cuerpos (otros yoes, proyecciones) y configuraciones. El detalle del “diner” al fondo añade un matiz de anacronismo o nostalgia, quizás conectando con memorias o arquetipos culturales. La mochila contiene tus pertenencias psíquicas, lo que llevas contigo al retirarte. Las escaleras eléctricas al final indican un tránsito hacia otro nivel de conciencia: ascenso automático, guiado por el inconsciente.










