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"Daishidō – Stone Buddhas of the Saigoku 33 Sacred Sites" 大師堂 西圀三十三箇所霊場石仏
This peaceful temple is Kichijoji, found in Saijo, Ehime Prefecture. It's temple number 63 on the famous Shikoku Pilgrimage. Saijo sits between the sea and mountains in western Japan, known for spring water and spiritual heritage. Today’s images take you above and around this quiet sacred site.
From the air, you can see the whole temple complex tucked into the town. Traditional rooftops and straight garden paths stand out against the nearby houses. These photos capture the clean geometry and calm that draw visitors here. Up close, you’ll spot a tall statue of Kūkai—also called Kōbō Daishi—holding his staff and beads. He's the monk who founded this pilgrimage over a thousand years ago.
The temple bell rests under a finely built wooden belfry. These bells are rung during ceremonies to mark time and invite stillness. The main hall (hondō) has wide eaves and a simple gravel courtyard. This building holds the temple’s main object of worship—Bishamonten, a guardian deity often linked to protection and good fortune.
Kichijoji blends the local feel of a small town with the timeless pull of Buddhist tradition. The details—statues, gates, bell—show care and history in every stone.
Curious about more temples like this? I capture drone shots and scenes across Shikoku. You can find more on my Linktree: https://linktr.ee/shikoku4k.
益田池碑銘帖 空海 書 1903年 国立国会図書館デジタルコレクション
天長年間設立碑之臺石現立之圖
順徳天皇陛下御製 おもひのみ ますたのいけの 水かくれに しらぬあやめの ねにみたれつゝ 順徳院
此圖ノ中央ニ示ス千古ノ臺石ノ上ニ大和益田池碑銘ノ大建設物アリシヲ高取城ヲ数百年前ニ築城ノ時用材ニ大碑石ハ哀哉破壊サレ城ノ石垣ニ畳マレリ○臺石ノミハ昔ノ如ク大和高市郡見瀬領ニ今尚現存セリ○臺石ノ高サ貳丈七尺頂塔長貳丈五尺横巾壱丈五尺頂ニ孔凹貳個アリ深サ四尺四方五尺○臺石ノ北ハ畝火及橿原宮並ニ久米寺ナリ○南ノ山ニアルハ高取城ナリ(破壊サレシ元ノ大碑石ノ高サ七間五尺ナリト云爾)
空海大師眞蹟大龢州益田池碑銘帖
大和州益田池 碑銘幷序 沙門編照金 剛文幷書 若夫咸星銀
漢下灑之功 深湖水天池 上潤之徳普故 能屮芔因之而 鬱茂蟲卵頼之 長生至若八
…(中略)…
天長 弐年 歳在 大荒 落玄 月弐 拾五 日建之 池□ 上~~Q
※参照:Eureka!: 益田池碑銘 [空海] 解説1 ※参照:性霊集講義 坂田光全 著 1942年
En el pueblo de Ōka, en la provincia de Ise, vivía un hombre de la casa de los Hayashi que donó prematuramente sus bienes a sus herederos, y sin otro temor se tonsuró y cambió su nombre por el de Muzen. Nunca en su vida había caído enfermo y la diversión de su vejez era viajar pasando cada noche en un lugar distinto. La tosquedad de su benjamín, Sanoji, le era causa de preocupación y, con el fin de que viera los modos de la capital, pasó allí con él más de un mes, en su residencia de la Segunda Avenida. Cerrando el tercer mes vieron las flores de cerezo sierra adentro en Yoshino y pasaron una semana divirtiéndose con los monjes de cierto monasterio, conocidos suyos. Por entonces se les ocurrió que aún no habían visitado el monte Kōya y decidieron ir. En los primeros días de estío, abriéndose paso entre la espesa vegetación, cruzaron Río del Cielo y de allí alcanzaron el Monte Santo. Lo abrupto del camino los retrasó y antes que se dieran cuenta se había puesto el sol.
Se prosternaron ante cada altar, templo o santuario, sin saltarse uno solo; pero por más que pedían posada, nadie les respondía. Preguntaron a alguien que pasaba y así supieron de la costumbre del lugar: «Quien no tiene familia o amigo en alguna de las congregaciones ha de bajar la montaña para encontrar alojamiento, aquí no se da posada a ningún peregrino.» No les quedaba otra. Al escuchar aquello, como es natural, al anciano, que acababa de recorrer una empinada senda de montaña, se le cayó el alma a los pies.
Dijo Sanoji: «Ya cerró el día y nos duelen las piernas ¿cómo podríamos bajar de nuevo? A mí que soy joven no me importaría dormir al sereno, pero me enojaría que os hiciera mal». Contestó Muzen: «Es por tales lances que amo viajar. Ya esta noche, por más que nos partamos las piernas y nos dejemos la vida bajando, no nos espera ningún hogar. ¡Y quién sabe cuánto habremos de caminar mañana! Este lugar es el más sagrado de nuestro país. ¡Incontables son las virtudes excelsas del Gran Maestro! Ya sólo por esto habría razón de venir de intento para pasar la noche en vela rogándole por nuestras vidas venideras. Así pues hagamos de la vicisitud virtud y velemos esta noche ofreciéndole nuestras preces». Avanzaron por el penumbroso vial de cedros y luego subieron a la galería de la Sala de las Linternas, que se alza ante la capilla; allí extendieron sus corozas para sentarse. Mientras musitaban sus jaculatorias y según avanzaba la noche, iba calando en ellos la soledad del lugar.
El recinto se extendía una yugada, y como era tierra santa, los pocos árboles crecían atusados y estaba limpio del último guijarro; los monasterios quedaban lejos de allí y no se escuchaban ni las voces entonando ensalmos, ni el titilar de las campanillas o de las sonajas de los báculos. Más allá los árboles de la selva pasaban las nubes con sus frondosas cimas. El murmullo atenuado del arroyo que corría a la vera del camino se percibía no obstante muy claro, acentuando la quietud nocturna y colmándolos de melancolía. Sin poder dormir Muzen peroraba: «Pues la divina diligencia del Gran Maestro abre hasta las almas de rocas y plantas, es venerada por portentosa desde hace más de ocho siglos. Esta cima fue escenario primero de sus muchos milagros y fundaciones. [...] No hay árbol, mata, fuente o piedra de esta montaña que no tenga un alma. Que hoy, por un extraordinario concurso de circunstancias, nos sea posible pernoctar en tal lugar no es fruto sólo de nuestras obras en la vida presente. ¡Aún siendo joven como eres nunca te apartes de la fe sincera!» Hablaba quedo, más su voz vibraba clara y a ellos mismos los sobrecogía.
Entonces, de la arboleda tras el santuario, les pareció escuchar el canto de un pájaro: ¡Buu-da! ¡Buu-da!, que resonó cercano, retomado por el eco. A Muzen le pareció que despertaba y dijo: «¡Qué maravilla! ¡El pájaro que canta no puede ser otro que el Ave de los Tres Tesoros! Había escuchado que mora en esta montaña, aunque nunca supe de nadie que la hubiera escuchado. ¿Será esta vigilia señal verdadera de la remisión de nuestras faltas y de nuestro renacer en la sabiduría? Dicen que esta ave sólo anida en lugares puros. [...] ¡Y por milagro ha cantado esta noche! ¿Cómo no habría de conmoverme?». Inclinando la cabeza, caviló un instante, y luego recitó estas diecisiete sílabas en forma de haikai, género que le gustaba cultivar:
Canta el pájaro... ¡y de la selva arcana la fronda espesa!
Sacó su escribanía de viaje y anotó el poema a la luz de una linterna sagrada. Alargaba el oído con la esperanza de volver a escuchar al pájaro cuando, inopinadamente, resonaron lejos, del lado de los monasterios, y luego cada vez más cerca, voces imperiosas ordenando despejar el camino. ¿Quién podía venir a visitar el santuario en noche alta? Padre e hijo se miraron desazonados y retuvieron el aliento, sin apartar los ojos de allá de donde venían las voces. Enseguida irrumpieron mozos espoliques pateando las tablas de la pasarela.
Los hombre de escolta avistaron de inmediato a Muzen y a su hijo, que se habían arrimado al edificio, amedrentados. «¿Quiénes son estas gentes? ¡Viene su señoría! ¡Bajen presto!» Así conminados, bajaron precipitadamente de la galería y se prosternaron con la frente en tierra. Al punto, entre el pisoteo de una multitud, resonaron pasos de pies calzados y un noble señor con túnica de exaltado rango y capirote negro lacado ascendió al templo y fue a sentarse en el pórtico con cinco guerreros de su séquito a cada lado. [...]
Detrás del pabellón, muy cerca, se elevó el reclamo: ¡Buu-da! ¡Buu-da! El señor alzó su copa y proclamó: «¡Cuánto tiempo que no cantaba nuestra cara ave! Esto hace solemne la ocasión. ¡Mostraos a la altura, reverendo!». El monje se sometió humildemente: «Un estribillo mío por fuerza ha de sonarle rancio a su señoría. Mas hay aquí pernoctando un peregrino que se ejercita en el género de moda: el haikai, ¡quizá le resulte curioso a usía! Tenga a bien llamarlo a su presencia y escucharlo». «¡Sea!», asintió el señor y un paje se dirigió a Muzen: «¡Te llaman!». Sin saber si era sueño o realidad, éste salió arrastrándose atemorizado hasta la presencia del señor.
El monje se volvió a Muzen y le dijo: «Recita a su señoría el poema que recién compusiste». Muzen, intimidado, contestó: «¿Qué sería aquello? No logro acordarme, ¡tened compasión!» El monje insistió: «¿No hacías alusión a la selva arcana? Su señoría te lo manda ¡pronto!» Y Muzen, cada vez más amilanado: «Aquél al que tratáis de usía... ¿quién puede ser para celebrar un banquete nocturno en tan sagrado lugar? ¡Es algo tan peregrino!» «Al que nombro con deferencia su señoría no es sino el regente, el príncipe Hidetsugu, con su séquito. Y quien te habla es el preste Jōha. ¡Jamás pudiste imaginar una audiencia tal! ¡Tus versos de antes, aprisa, recítalos al señor!» Tan espantado que, de haberlos tenido, se le habrían erizado los cabellos, Muzen, tembloroso y sintiendo que el sentido le iba y le venía, sacó de su escarcela un papel limpio, escribió su poema con mano vacilante y lo entregó. Un samurái lo tomó y lo entonó estentóreamente:
Canta el pájaro... ¡y de la selva arcana la fronda espesa!
El señor escuchó y declaró: «¡No carece de agudeza! ¿Quién lo remata?». Se adelantó Yamada Sanjūrō y, tras inclinar la cabeza un momento, escribió:
Ofreciendo el beleño pasó la noche de estío.
Luego lo mostró a Jōha, quien, aprobándolo, lo presentó al señor. Éste lo miró de soslayo y se dignó a alabarlo: «¡No está mal concebido!». Tras esto se alzaron las copas y comenzó la ronda. De pronto el llamado Awaji se demudó: «¿No es ya la hora de los demonios pendencieros? Los escucho venir del infierno. ¡En guardia!» A esta voz los rostros de todos los presentes se encendieron: «¡Arriba! ¡Pongamos otra vez en fuga, como espuma al viento, a la ralea de los Ishida y los Masuda!» Entre gritos y alboroto se levantaron todos, llenos de brío. Hidetsugu se volvió hacia Kimura y ordenó: «Nos hemos dejado ver por estos truhanes. ¡Despachadlos con los demonios!». Pero sus vasallos de más edad se interpusieron, diciendo unánimes: «¡Aún no se han cumplido los destinos de esta gente! ¡Cesad en vuestras fechorías!», y al punto sus dichos y sus mismas formas parecieron elevarse más allá de las nubes.
Padre e hijo perdieron el sentido y quedaron un rato como transidos. El reflejo del alba y la frialdad del relente los reanimaron. Empavorecidos, y todavía entre luces, invocaron atolondradamente el nombre del Gran Maestro, y nada más vieron salir el sol emprendieron el descenso a toda prisa. Camino de la capital se sometieron a cocimientos y agujas. Cierto día que Muzen pasaba el puente de la Tercera Avenida se fijó en el templo donde yacen todos aquellos facinerosos: «¡Hasta a plena luz del día siento escalofríos!», dijo a otro conciudadano, y le narró lo que fielmente he transcrito aquí.
Ueda Akinari
The content of the word is broad, yet no confusion can be found; the form of the word is simple, yet nothing is missing
Vibrating in each other's echoes are the five great elements
That give rise to languages unique to each of the ten realms
All in the six sense-fields are letters, the letters
Of the Dharmakāya, which is reality
To unsheathe the wisdom sword of the one mind is the exoteric teaching. To swing down the vajra of the three mysteries [i.e., the weapon capable of instantly destroying all sorts of delusions] is the esoteric teaching