Después de treinta libros escritos en sueco continúo siendo un escritor inmigrante, un extranjero con criterios y expectativas peculiares.
¿Me duele?
No especialmente, solo que me impresiona lo difícil que resulta ser aceptado. Recuerdo que a quienes habían llegado de Asia Menor y del Ponto, hasta los años sesenta en Atenas los llamamos refugiados. En el Polígono vivían los refugiados que, cuarenta años después, seguían siendo refugiados.
Millones de personas, emigrantes y refugiados, viven en ese desconcierto, incapaces de orientarse tras haber perdido la brújula del yo. Personas que no únicamente han perdido la Tierra Prometida, también han perdido la Tierra de la que partieron.
El desconcierto de vivir como extranjero, que al final se convierte en el resultado de tu vida. Ahí es cuando más que nunca tienes necesidad de tu mitología personal. Solo con su ayuda puedes enfrentar la soledad que se teje a tu alrededor con relativa discreción.