En tiempos antiguos vivió un hombre llamado Minamoto no Hiromasa Ason, hijo de un príncipe y ministro de la guerra, que a su vez lo fue del emperador Engi. Era docto en todas las artes y ciencias, pero en particular adepto de la vía de la música instrumental. Su destreza con el laúd era inigualable, inefable la belleza con que tañía la flauta. Durante el reinado del emperador Murakami sirvió en la corte con rango intermedio.
Por aquel tiempo había un ciego que se había levantado una choza en la barrera de Osaka, donde vivía. Su nombre era Semimaro. Una vez fue simple criado en la casa del príncipe Atsumi, ministro de ceremonia. Este príncipe era hijo del emperador retirado Uda y asimismo maestro en la música instrumental. Durante años Semimaro lo escuchó tocar el laúd, hasta que él mismo aprendió a tañerlo con arte excepcional.
Pues Hiromasa era tan devoto de la vía de la música y se afanaba con pasión en conocer todo lo relativo a ella, cuando supo que el ciego que vivía en la barrera de Osaka era un músico consumado, determinó que tenía que llegar a escucharlo a cualquier precio. Pero la morada del ciego era tan singular, que en vez de ir en persona, envió a su criado para que le hablara en privado, diciéndole: «¿Por qué vivís en tan extraño paraje? ¿No os estaría mejor venir a la capital?».
El ciego escuchó y por toda respuesta recitó estos versos:
En este mundo pasamos nuestros días de cualquier arte... Temporales moradas son choza o palacio.
El mandadero volvió y refirió esto. Hiromasa quedó conmovido por el noble espíritu del ciego. Reflexionó: «Mi fervor por esta arte me persuade de la necesidad de conocerlo. Además es incierto cuánto más viviremos él o yo mismo. Hay dos aires de laúd llamados Aguas de primavera y El picapinos que podrían perderse para siempre. Como sea me las ingeniaré para escuchárselos tocar a él».
Con tal fin viajó una noche hasta la barrera de Osaka, pero en aquella ocasión Semimaro no tocó ninguna melodía. Y de la misma suerte siguió yendo cada noche hasta la choza de Osaka durante tres largos años. Se ocultaba y aguardaba, atento, pensando si por fin tocaría aquella noche. Pero el ciego nunca tocó.
Al tercer año, la noche del decimoquinto día del octavo mes, una leve neblina velaba la faz de la luna y soplaba una brisa suave. «¡Qué noche encantadora! —pensó Hiromasa— ¡De cierto que esta noche el ciego de Osaka ha de tañer Aguas de primavera y El picapinos!» Allí se dirigió y cuando acechaba a la escucha, el ciego pulsó las cuerdas, como quien está hondamente conmovido. Hiromasa escuchó cada vez más exultante, mientras el ciego entonaba este poema para divertir su soledad:
Son bravíos del paso de Osaka los vendavales, donde paso mis días empecinado y ciego.
Según hería su laúd Hiromasa sentía correr las lágrimas. El ciego hablaba para sí: «¡Ah, qué deliciosa noche! ¿Habrá alguien más que la estime? ¡Si solamente viniera un visitante que apreciara mi arte y pudiéramos conversar!».
Cuando Hiromasa lo escuchó, habló: «He aquí que un tal hombre ha venido de la capital y está presente». «¿Quién me honra pues con tales palabras?», inquirió el ciego y Hiromasa le dijo su nombre y nacimiento: «Pues sigo con determinación esta vía de la música he venido a vuestra choza durante tres años, y esta noche os he conocido al fin, para gran dicha mía». El ciego se alegró. Entonces Hiromasa entró en la choza, alborozado. Departieron. Dijo Hiromasa: «Quisiera escuchar los aires Aguas de primavera y El picapinos». «Mi difunto señor los tañía así», dijo el ciego y le traspasó el conocimiento de aquellas piezas. Hiromasa no llevaba con él su laúd y las aprendió de oído. Tras agradecerle repetidamente, partió al alba.
Pensad que tal es la devoción que ha de mostrarse por cualquiera de las vías que sigamos. En nuestra baja época los que alcanzan la maestría en una de ellas son muy pocos. Esto es en verdad lamentable. Aunque Semimaro era de bajo nacimiento, adquirió un arte consumado tras escuchar al príncipe tocar años y años. Cuando encegueció se fue a vivir al paso de Osaka. El mester de los tañedores ciegos se originó con él. Así se cuenta y hasta nosotros ha llegado.
Konjaku Monogatarishū









