Hungría, en el siglo XIV
El ambiente que reinaba sobre la amplia estancia podía atravesarse con la hoja de una espada; sólo el ruido del metal de las armaduras al rozar, al caminar, así como el sonido que generaban las espadas, podían perturbar el silencio que, sólo ratos antes, había sido el verdadero protagonista de aquella larga y negra noche. La retenían allí como un incentivo antes de la batalla, un amuleto para asegurar la suerte de aquellos que, ingenuos y confiados, se dirigían a un muy probable y despiadado final a manos del enemigo. Se había convencido de no decir palabra alguna, de mantenerse en las sombras observando cuan ave nocturna entre las ramas de un árbol y, sin embargo, para su mala suerte, su verdadera tarea no podía alejarse más de lo que ella hubiese querido cumplir con todo el peso de su ya tan torturada alma. Iban y venían, alzaban su cabeza con sigilo, suspiraban; le dirigían miradas fugaces, a sabiendas que su vista nunca estaría sobre ellos, aún así ella lo quisiese. La joven doncella prometida se mantenía quieta, ambas manos entrelazadas justo sobre la tela que cubría su estómago. Daba la impresión de ni siquiera respirar, sorprendiendo a aquellos que osaban verle con su postura y su rostro casi inexpresivo, inexpugnable. «No hables, no pienses. Sólo asiente», se repetía. Una y mil veces. Sentía náuseas tan sólo de imaginar la cercanía de su prometido, aquel verdugo de su inocencia, de su bienestar. Una lágrima solitaria descendió, surcando su mejilla con prolijidad. Una gota de rocío sobre el pétalo de una rosa al amanecer. —Tranquilízate, niña tonta —la voz de su madre impactó en su mente, como el filo de la espada impacta en el cuerpo del enemigo. Se acercó con decisión y, posándose a su espalda, añadió—: guarda las lágrimas para la despedida. Szofia asintió, sintiendo todo el peso de las decisiones de terceros cayendo sobre su débil, frágil cuerpo. Levantó la vista, apretó la mandíbula con ligereza, mientras que aquella lágrima terminaba por alcanzar su mentón, cayendo al vacío. Ya no tenía razones para resistirse ante su desdicha, ya no podía dejarse llevar por sus fantasías y las canciones, por los caballeros y las princesas. Aquella era su realidad: la sangre y la violencia eran los tópicos recurrentes, los caballeros no eran caballeros, eran hombres, simplemente hombres. Las cosas como el honor y la caballerosidad no existían más allá de las páginas de los poetas, de los estudiosos, de las tonadas de los juglares. En la realidad, las bestias eran más comunes que los héroes. [...] —No llore, bella dama, que pronto volveré a su lado portando el arma enemiga en mi mano izquierda, así como en la derecha la cabeza de aquél que ose impedirme el paso para llegar a su encuentro. La voz masculina le causaba repugnancia, a pesar de la magnificencia y elegancia de su entonación. Era el hombre, la figura que la portaba, quien le ocasionaba pesadillas; sueños terribles y escalofriantes. No quiso abrir los ojos, al menos no en un principio, mas ya no pudo hacer otra cosa que encontrar aquél rostro que tanto dolor le había ocasionado. Intentó espantar el horror de su expresión, sonrió con falsedad. —Esperaré su retorno con ansias, mi señor —entonó la joven pelirroja, la sonrisa sin llegar hasta sus ojos. Krizstian parecía satisfecho, o al menos así fue como lo creyó ella en un principio, sin embargo algo no cuadraba. ¿Sería que su tono no había sido del tono creíble? No lo tenía claro. ¿Había sido su expresión, quizá? Poco probable. Era duda, o más que duda, cautela, lo que cubría su pétreo rostro; Szofia se quedó en silencio, tragó saliva. La hoja de la espada del húngaro rozó ligeramente la armadura del mismo, haciéndole tensar aún más la mandíbula a causa del sonido. Los dientes le dolieron, chocando entre sí con brusquedad dentro de su boca. No sabía qué haría con ella. Sin duda aquél hombre, que para su disgusto y desdicha le desposaría, era un bárbaro, pero no le creía capaz de lastimarle, al menos no usando aquella arma contra ella. Contuvo la respiración, sus dedos se tornaron aún más blanquecinos debido
a la presión que ahora ejercía para mantener sus manos juntas; él sonrió, mostrando una hilera de dientes blancos y sorprendentemente derechos. Temía por su integridad. —Sé que aún no he tenido el honor de desposarle, mi señora —soltó el hombre, bajando la mirada hasta su espada—, sin embargo, me haría plenamente feliz que me diese su bendición para lograr el tan ansiado éxito en esta sagrada contienda. No sabía qué pedía exactamente, no le entendía. Asintió. Sus manos temblaban, así como su cuerpo también lo hacía, todo aquello bajo los pesados ropajes que llevaba puestos. Alzó la vista hacia el rostro ajeno, sólo para encontrarse con una mirada decidida y oscura, rebosante de malas intenciones. Impidiendo que se acercase, el joven marqués alzó su espada a la altura de su abdomen, manteniéndola en el aire a escasos centímetros del pecho de la muchacha quien, asustada, seguía sin decir palabra alguna. Tensó la expresión, fijando la mirada ahora decidida sobre su prometida. —Bésela. La pelirroja tragó con dificultad, con los ojos abiertos de par en par. Su rostro expresaba el horror, la desdicha de un siervo a punto de ser atravesado por la flecha del cazador. No avanzó ni retrocedió, El silencio era su arma. —Bésela, mi señora —su tono era ahora demandante, violento en su propia forma. No titubeó esta vez, mientras que sus manos se separaban con lentitud, cayendo lánguidas a sus costados. Tanto su pulgar como índice derechos retorcieron ligeramente la tela de su vestido, para luego soltarlo con desgano. Sus piernas parecieron obedecerle al hombre con una decisión implacable, haciéndole caer sobre sus rodillas, postrándose ante él quedando con el rostro apenas más arriba que el acero que se empuñaba en su contra. No levantó la vista, ni siquiera respiró. Sus labios se acercaron, presionando la acanaladura con desconfianza. La superficie era fría y peligrosa, así como quien la portaba. Cerró sus ojos con fuerza, buscando encontrar confort dentro de aquella, para su parecer, humillante y aberrante situación. Alzó el rostro, levantándose con la moral herida y su alma pisoteada. —Traeré la victoria a sus pies, mi señora.












